jueves, 29 de junio de 2017

Ya no quedan sitios dobles

Voy en el autobús medio dormido al curro cuando se sube un gordo. Un gordo de verdad. Un cetáceo, un mastodonte, un planeta. Camina lentamente por el pasillo central, rozando los codos de la gente a su paso. Su tripa está poseída por una especie de ritmo bailongo como si se hubiese independizado del resto de su ser y se montase la guerra por su cuenta. Le cuesta respirar. Recorre el autobús con ese típico bamboleo de obeso. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Va mirando a todos lados buscando un sitio doble. “Es hora punta, tío, no hay sitios dobles“. Va como en procesión, plantando sus manos en cada barra de apoyo, parándose cada tres pasos para coger aire. Logra llegar a mi sitio. Me he sentado al lado de la ventanilla. Grave error si hay un gordo buscando asiento. Si un gordo acecha el hecho de estar al lado de la ventanilla es como dispararse en un pie. Como hacerse un Froilán. Pongo mi mochila en el asiento vacío como hacen las viejas en las cosas gratis en las que luego vas tú y preguntas si esta silla está ocupada y te dicen que sí pero es mentira. Que asco de viejas y que asco de gordo.

El tipo me mira. Le miro. Lleva la típica camiseta de obeso. Las camisetas de gordo son indignantes porque en vez de poner XXXXL en las etiquetas ponen un cuatro con números normales más un XL y se quedan tan a gusto como si los gordos no se mereciesen una etiqueta normal y corriente. Suficiente tienen con lo de la diabetes, la falta de oxígeno en el miocardio y el no verse la polla, digo yo. Pues encima les discriminan las etiquetas. Solo hay una cosa peor que ser gordo y es ser un gordo calvo. Los gordos alopécicos son unos cabrones. Se les ve en la cara. Este gordo también es calvo, pero no parece mala gente. Cómo le cuesta respirar, cómo le brilla el cráneo. Me señala la mochila con un movimiento de cabeza. Le miro como mira Clint Eastwood y quito la mochila. Se sienta lo mejor que puede, saca su móvil y abre Whatsapp. Yo tengo el número de mi madre guardado el primero por si me pasa algo. Supongo que los gordos tienen  a su endocrino y a su pizzero de confianza. Me pregunto como chatea un gordo con esos dedos. Igual se dejan una uña más larga para usarla en las pantallas táctiles. Imagínate un gordo con una BlackBerry. Igual hay teclados especiales para gordos, o mejor, igual todos los obesos llevan en el bolsillo el dedo índice de un flaco muerto y lo sacan cuando chatean para suplir la falta de precisión de sus manos. Igual cuando llegas a cierto peso la Confederación de Gordos Unidos contra el Hambre secuestra a siete vagabundos y te preguntan que qué dedo quieres. Entonces el gordo elige y con unas tijeras de podar le cortan su índice al mendigo y se lo dan al gordo. Sería como una especie de ritual de iniciación en el mundo de la insuficiencia respiratoria. Vuelvo a mirar a este gordo. Estoy convencido de que este se ha comido su índide táctil. Tiene los ojos achinados y la frente arrugada. El tipo no deja de moverse en el asiento, como acomodándose. Media nalga le rebosa por fuera y tiene gran parte de su pierna pegada contra la mía y empieza a no molarme esto porque los gordos sudan y sudor de gordo es lo que menos quiero ahora mismo pegado en mi vaquero. Intento abrirme de piernas y bostezar exageradamente para recuperar algo de mi espacio vital invadido pero al gordo parece importarle tres cojones porque ni siquiera me mira. Empieza a mover su enorme barriga. “Está claro que no cabes, tío. Deja de intentarlo“. Pero si algo tiene un gordo calvo es constancia.

El tipo sigue meneando sus carnes como si así el asiento fuese a crecer de repente. De vez en cuando me mira desde arriba. Yo me siento como en un ascensor pequeño en el que van cuatro vecinos y llega un quinto y pregunta que si cabe y tú le dices que el máximo son cuatro pero el vecino te dice que somos todos flacos y que contamos como uno menos. Pero aquí no somos todos flacos y el gordo cuenta como más de diecisiete. Le miro a través del reflejo de la ventanilla. Está escribiendo mientras sonríe. Igual tiene familia. Igual está casado y hay alguien que le quiere. ¿Pueden ser felices los obesos? Supongo que sí. Pobre gordo, hace lo que puede. Lo mismo no es su culpa todo esto. Igual soy un gilipollas al que le ha dado por odiar esta mañana a los gordos así porque sí o porque estoy amargado. Igual los gordos deberían odiarme a mí por ser un gilipollas. Miro al tipo y le sonrío. Le vuelve a importar tres cojones. Sigue chateando. Igual está pidiendo pizza en Just Eat. Empiezo a imaginar que en la siguiente parada se subirá un repartidor y preguntará por Hugo. Imagino que el gordo se llama Hugo porque Hugo es nombre de gordo. Como Olga. Son nombres predestinados a la burla en las clases de educación física. De pequeño yo también era gordo. Todavía estoy ahí en el límite, pero no lo suficiente como para tener mi propio dedo índice de vagabundo.

Llegamos a la siguiente parada. El tipo se levanta lentamente, se mete el móvil en el bolsillo y se baja del bus. No hay ningún repartidor, solo una señora con un carrito de bebé. Desde fuera veo cómo el supuesto Hugo se pone las gafas de sol y besa a la mujer. Luego ya nada. Se nota que es feliz. Hugo el obeso es feliz. Le envidio con toda mi rabia. Soy casi flaco pero no me importa una mierda. No tengo colesterol pero y qué. Quiero ser un puto obeso con una mujer que me espere en la parada del bus. Quiero tener a mi endocrino grabado en el móvil y que cada viernes mi hijo me salte sobre la panza mientras se ríe. A lo mejor lo que quiero es ser gordo.

 Me quedo empanado mirando por la ventanilla un rato hasta que el autobusero pega un frenazo porque se ha saltado una parada en la que había gente esperando. El conductor frena unos metros más arriba y toca el claxon. La gente que esperaba empieza a correr para subirse. Yo sigo ahí, pensando en gordos y en la felicidad. Empiezo a mirar a los que se acaban de subir. Hay un enano muy gracioso. Los enanos son como las zanahorias baby pero sin gracia. Me pregunto si tendrá que saltar para subirse al asiento. Espero que sí. Esta vez no pongo la mochila en el asiento porque me pica la curiosidad. Me pregunto si será feliz. Me pregunto que se preguntará la gente cuando yo subo al autobús. No creo que se pregunten si soy feliz. Espero que no se lo pregunten.

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