lunes, 5 de junio de 2017

Tres cuervos en un cable de teléfono

Llegué y como se hace en estos casos me puse justo al borde del andén con los pies un poco salidos hacia fuera. Hacía un calor insoportable y yo iba con vaqueros oscuros. Llevaba el culo todo sudado y me daba cosa que me encontraran luego una mancha húmeda justo ahí, en el ojal. Miré a ambos lados y no había más que otro tipo, bien parecido, también en el borde. Parecíamos dos pajarillos cantarines en un cable de teléfono, pero ninguno silbábamos. El tipo empezó a acercarse, andando lateralmente por el filo del andén. Se puso a mi lado, a cosa de metro y medio, y me habló.

– Hola. Soy Alex Michele Parmentola.
– Hola. Alberto. Alberto y ya.
–  ¿Vienes a tirarte?
– Justamente.
– Ah, yo también.
– Me lo imaginaba. Por eso de estar en el borde.

Miré el cartelito electrónico que te dice lo que le queda al próximo tren. Seis minutos. Seis minutos y ya. Me toqué el culo. Seguía todo húmedo.

– ¿Y por qué te tiras? –me preguntó.
– Pues no sé. Era algo que se veía venir. Para qué ir dejándolo.
– Yo me tiro porque he tocado techo y para empezar a bajar pues mejor me quedo aquí ya. Irse como el rey de la pista, ¿sabes?
– Ah. Está guay.
– No vienes vestido muy de suicidio, ¿no?
– No sé cómo va uno para suicidarse. Supuse que no importaba nada. En verdad te va a pasar un tren por encima. No creo que importe demasiado.
– Pero yo que sé. Irse con estilo, con flow. Yo vengo en traje. Ya me ves. Todo chulo. Cuando quede un minuto me pondré las gafas de sol. Ya te dije, en todo lo alto.
– Me parece correcto. Yo tiraré así. No voy a darme ahora la vuelta, como verás.

Vuelvo a mirar el cartel. Cuatro minutos. Seguimos los dos ahí, como tartas contesas detrás del cristal de una pastelería, solos, esperando a que se nos lleven. De repente se acerca otro tipo. Anda dubitativo, como un turista. No va arreglado. Menos mal. Va normal, como yo. Camina hasta nosotros y me toca ligeramente el hombro.

– ¿Es aquí para tirarse, verdad?
– Sí, aquí es.
– Ah, joder. Pensaba que me había equivocado de estación.
– No, no. Es aquí. Estamos nosotros dos y tú. Yo soy Alberto, él es Alex Michele no sé qué.
– Parmentola…
– Eso.
– Yo soy Mario. Mario Arenas. Pero mejor solo Mario. Si total, para cuatro minutos mejor no hablar de más.
– Tres.
– ¿Cómo?
– Que tres minutos, no cuatro.
– Ah. ¿Y por qué os tiráis, si puede saberse?
– Parmentola dice que porque ya ha tocado techo y le asusta que ahora sea todo cuesta abajo. Yo porque se veía venir y para qué postergarlo.
– Yo no he dicho que me asusta. He dicho que no quiero.
– Eso.
– Ah. Guay. Pues encantado, a los dos.
– ¿Y tú por qué te tiras?
– Porque me fui quitando de todo lo malo y lo último pues es quitarme de la vida.
– Comprendo.
– Entonces pues me dije que dónde mejor que tirándome a las vías. Que ya que me mato y me jodo pues también jodo a los demás.
– Yo también pensé lo mismo.
– Y yo. Supongo que en verdad somos unos hijos de puta.
– De los gordos.
– Pues lo seréis vosotros. Parmentola pasa de mierdas y de rayarse. ¡Qué se joda la gente! ¡A chuparla!

Parmentola se da media vuelta y escupe en el suelo del andén, mirando desafiante a los tres viajeros que hay por ahí desperdigados. Queda un minuto. Ya se deberían ver las luces a lo lejos del túnel. Pienso que igual el tren viene con retraso. Qué ironía. El tercer tipejo, Mario, empieza a balancearse para delante y para atrás. Ahora somos los tres cuervos negros y mafiosos de Dumbo. Estamos para cuadro. Los tres de espaldas, con las manos en los bolsillos. Sigo teniendo el culo mojado, pero ya me da igual. Morirme a la vez que estos pringados me alivia. Nadie pensará en mi culo mojado de sudor. Hay un tío en traje al que mirar.

– Oye. ¿Aquí hay que pedir turno o algo?
– ¿Cómo que turno?
– Sí, para tirarse. Igual va uno después de otro. ¿O todos a la vez?
– ¡Qué más dará!
– No sé. Por llevar un orden. Las cosas, si se hacen, se hacen bien, ¿no?
– ¡Tírate cuando quieras, tío!
– Ooook… Por cierto, amigos…
– ¿Qué pasa?
– Digo yo que deberíamos hacernos una foto de recuerdo, ¿o qué? –dice Mario.
– Tío, te queda un minuto para morirte. ¿Para qué quieres una foto?
– Pues no sé, para inmortalizar la experiencia.
– Este tipo es idiota –dice Parmentola.
– Bueno tío pues no te pongas.  Me hacía ilusión, ¿sabes? Qué más dará, ¿no? Hacedlo por mí. Como última voluntad.
– Venga, va. Si total –contesto.
– Pues nada, hagámonos un selfie pre suicidio. Pero nada de subirlo a Instagram. No me jodáis.
– No, no. Nada de redes sociales. Cero espectáculo, que esto es un tema serio.
Mario saca su móvil del bolsillo y lo pone en perspectiva para que salgamos los tres. Parmentola me posa una mano sobre el hombro. Menudo panorama. En el encuadre parecemos hasta amigos y todo.
– A la de tres gritamos patata. Y sonreíd. Aunque sea por última vez.

Mario hace la cuenta atrás y los tres gritamos patata como si fuéramos gilipollas. Parmentola y Mario salen súper sonrientes como si el último deseo de su vida fuera hacerse una foto finish lamentable con dos desconocidos. Yo salgo guapete y lo de la sonrisa lo he intentado. De repente aparecen las luces del tren a lo lejos del túnel.

– Pues ya está. Supongo que esto ya es el final –digo.
– Pues sí, ha estado bien este rato, chicos.
– Diría de repetirlo pero vistas el panorama pues como que no –dice Parmentola.
– Igual en otra vida.
– ¿Crees en la reencarnación?
– Más como una pesadilla que como en algo bueno.
– Comprendo.
– Pues eso. Que un placer. Que os vaya bien.
– No parece.
– No.

Llega el tren y sin contar hasta tres ni gritar patata nos precipitamos a las vías, Mario quitándose por fin de todo lo malo, Parmentola muy arriba y con gafas de sol y yo, no sé, supongo que viéndolas venir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario