lunes, 22 de mayo de 2017

Un trabajo, un proyecto o los chavales sin dientes

Estoy sentado en medio de la plaza del Reina Sofía porque he quedado con un antiguo profesor de la universidad para ver si tiene algún trabajo que ofrecerme o algún proyecto en el que pueda involucrarme para no sentirme un acabado mierdaseca. Quedamos más o menos a las cuatro y son más o menos las tres, por lo que tengo una hora por delante para pensar cómo decirle que después de cinco años de carrera mi futuro y el de la gran parte de mi clase pinta amargo. Hay cuatro chavales talentosos que o lo están petando ya o no cabe duda que lo harán. Pero los demás vamos ciegos solo que sin piñata. Supongo que me las daré de tipo interesante y le diré que tengo un trabajo que en realidad son unas prácticas. Le diré que pretendo hacer un máster y, aunque eso sí es verdad, no le diré que si lo hago es totalmente obligado porque no hay más alternativas. Eso o tirar la toalla. A todo esto él seguramente me contestaría que los jóvenes somos muy fatalistas, que él pasó por lo mismo y que de toda mierda se acaba saliendo. Me diría que, aunque él no puede ofrecerme una mierda no debo tirar la toalla tan pronto. Yo pensaré entonces que eso mismo decían todos los camareros que por las noches sueñan con ser fotógrafos. O todos los copywriters que a veces echan de menos lo de escribir de verdad. Este profesor me dirá que todo talento tiene su recompensa y eso no hará más que joderme la vida porque yo no tengo recompensa y en verdad no quiero ni pensar en que igual lo que pasa es que no tengo talento. Creo que lo mejor sería que yo cogiese esa frase y la metiese en el cajón de los consejos repetidos por si algún día puedo revenderlos en algún mercadillo barato. A día de hoy estoy totalmente convencido de que nuestro cerebro tiene como una especie de almacén de consejos de mierda que se guardan y se almacenan allí cogiendo polvo porque tu cerebro tiene la esperanza de que algún día será tu turno. Tu turno para encasquetárselos a alguien con cara de puto amo que lo está petando en la vida en vez de la cara que se tiene de lunes a viernes, ese careto de matado que paga una hipoteca y las letras del coche según va pudiendo.

Queda una hora hasta que mi antiguo profesor aparezca por alguna parte, seguramente con mucha prisa y con gafas de sol, a medio despeinar y mirando un cuaderno mientras anda. Yo estaré apoyado en cualquier repisa a la sombra porque en verdad hace un puto calor de la hostia y se me está tostando el cráneo con tanto sol y tanto pensar en que la universidad sirve para muchas cosas pero no para labrarte una mierda según la acabas. Debería decirle a este profesor que de toda esta movida se avisa antes, que las universidades deberían mandarte un panfleto a tu buzón donde diga que esto de las carreras es como los que beben para ligar, que igual cuela pero que lo más seguro es que toque paja al llegar a casa. Tendría que decirle a este profesor que el primer día de clase debería llegar el rector y decirte cómo funciona todo esto en vez de esperar a que ya te hayas dado un hostión tremendo contra el suelo y estés buscando tus dientes mientras lloras en silencio porque, ¿qué cojones?, nadie te obligó a nada. Todo esto debería decirle al profe según llegue, pero ambos sabemos que me callaré la boca y le venderé la moto esperando que tenga algo interesante que ofrecerme. Como un trabajo. Como un proyecto. Como esperanza.