sábado, 15 de abril de 2017

Tocadiscos y Spotify

Los grandes gerifaltes te dirán que esto de la postmodernidad es una chorrada pero a ti te dará igual. Seguirá importándote una mierda el tocadiscos de tu padre, la tele pública y los suplementos de los periódicos dominicales. Seguirás poniéndote un playlist de Spotify repleto de canciones tristes cada jueves a la hora de escribir. Porque así es toda esta nueva era de los milennials, de la generación Z y de toda esa panda de niñatos sobreprotegidos y mimados que se supone que somos. Spotify es tu tocadiscos, le dices a tu padre. Pero tu padre no entiende nada. Te dice que cómo va a ser igual el ordenador que los vinilos. Que no hay unión. Que se pierde el sonido rasgado del principio, cuando la aguja contacta. Le dices a tu padre que el sonido de la aguja ya no vale nada porque ahora todo está ya rasgado. Te dice tu padre que no, y le intentas explicar que sí, que no sois tan diferentes, que sigues teniendo los mismos problemas que él tenía. Lo de enamorar a mamá, lo de encontrar trabajo, lo de encontrarse a uno a mismo. Solo que ahora hay Spotify y te llevas el puto tocadiscos a cuestas a todos lados. Tu padre sigue sin comprender la metáfora, sin comprenderte a ti, pero sí que comprende qué fue eso de enamorar a mamá, lo de encontrar trabajo y lo de buscarse. Y entonces mira su tocadiscos desde la otra punta del salón. Mientras, tú te pones los auriculares y subes el sonido de lo que sea que esté sonando. Los dos estáis allí pasmados, os separa un muro invisible que vosotros os habéis construido sin ton ni son. Pero a los dos os pesan las mismas mierdas. Y eso ni la postmodernidad puede cambiarlo.