viernes, 28 de julio de 2017

Se le parecía

No era el mar pero se le parecía. Lo importante es que se podía navegar. Sin remos ni barca. Sin timón, todo descontrolado. No había babor ni estribor. La proa era la popa. Un caos absoluto. Y yo me lanzaba de cabeza, desde mi acantilado, una y otra vez. Me absorbían sus torbellinos, me picaban sus medusas y hasta descubrí a Poseidón sentado en su trono. Era casi como el océano. Tormentas también había. A mí me encantaba, pues en lo profundo de sus ojos yo sí podía respirar.

jueves, 29 de junio de 2017

Ya no quedan sitios dobles

Voy en el autobús medio dormido al curro cuando se sube un gordo. Un gordo de verdad. Un cetáceo, un mastodonte, un planeta. Camina lentamente por el pasillo central, rozando los codos de la gente a su paso. Su tripa está poseída por una especie de ritmo bailongo como si se hubiese independizado del resto de su ser y se montase la guerra por su cuenta. Le cuesta respirar. Recorre el autobús con ese típico bamboleo de obeso. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Va mirando a todos lados buscando un sitio doble. “Es hora punta, tío, no hay sitios dobles“. Va como en procesión, plantando sus manos en cada barra de apoyo, parándose cada tres pasos para coger aire. Logra llegar a mi sitio. Me he sentado al lado de la ventanilla. Grave error si hay un gordo buscando asiento. Si un gordo acecha el hecho de estar al lado de la ventanilla es como dispararse en un pie. Como hacerse un Froilán. Pongo mi mochila en el asiento vacío como hacen las viejas en las cosas gratis en las que luego vas tú y preguntas si esta silla está ocupada y te dicen que sí pero es mentira. Que asco de viejas y que asco de gordo.

El tipo me mira. Le miro. Lleva la típica camiseta de obeso. Las camisetas de gordo son indignantes porque en vez de poner XXXXL en las etiquetas ponen un cuatro con números normales más un XL y se quedan tan a gusto como si los gordos no se mereciesen una etiqueta normal y corriente. Suficiente tienen con lo de la diabetes, la falta de oxígeno en el miocardio y el no verse la polla, digo yo. Pues encima les discriminan las etiquetas. Solo hay una cosa peor que ser gordo y es ser un gordo calvo. Los gordos alopécicos son unos cabrones. Se les ve en la cara. Este gordo también es calvo, pero no parece mala gente. Cómo le cuesta respirar, cómo le brilla el cráneo. Me señala la mochila con un movimiento de cabeza. Le miro como mira Clint Eastwood y quito la mochila. Se sienta lo mejor que puede, saca su móvil y abre Whatsapp. Yo tengo el número de mi madre guardado el primero por si me pasa algo. Supongo que los gordos tienen  a su endocrino y a su pizzero de confianza. Me pregunto como chatea un gordo con esos dedos. Igual se dejan una uña más larga para usarla en las pantallas táctiles. Imagínate un gordo con una BlackBerry. Igual hay teclados especiales para gordos, o mejor, igual todos los obesos llevan en el bolsillo el dedo índice de un flaco muerto y lo sacan cuando chatean para suplir la falta de precisión de sus manos. Igual cuando llegas a cierto peso la Confederación de Gordos Unidos contra el Hambre secuestra a siete vagabundos y te preguntan que qué dedo quieres. Entonces el gordo elige y con unas tijeras de podar le cortan su índice al mendigo y se lo dan al gordo. Sería como una especie de ritual de iniciación en el mundo de la insuficiencia respiratoria. Vuelvo a mirar a este gordo. Estoy convencido de que este se ha comido su índide táctil. Tiene los ojos achinados y la frente arrugada. El tipo no deja de moverse en el asiento, como acomodándose. Media nalga le rebosa por fuera y tiene gran parte de su pierna pegada contra la mía y empieza a no molarme esto porque los gordos sudan y sudor de gordo es lo que menos quiero ahora mismo pegado en mi vaquero. Intento abrirme de piernas y bostezar exageradamente para recuperar algo de mi espacio vital invadido pero al gordo parece importarle tres cojones porque ni siquiera me mira. Empieza a mover su enorme barriga. “Está claro que no cabes, tío. Deja de intentarlo“. Pero si algo tiene un gordo calvo es constancia.

El tipo sigue meneando sus carnes como si así el asiento fuese a crecer de repente. De vez en cuando me mira desde arriba. Yo me siento como en un ascensor pequeño en el que van cuatro vecinos y llega un quinto y pregunta que si cabe y tú le dices que el máximo son cuatro pero el vecino te dice que somos todos flacos y que contamos como uno menos. Pero aquí no somos todos flacos y el gordo cuenta como más de diecisiete. Le miro a través del reflejo de la ventanilla. Está escribiendo mientras sonríe. Igual tiene familia. Igual está casado y hay alguien que le quiere. ¿Pueden ser felices los obesos? Supongo que sí. Pobre gordo, hace lo que puede. Lo mismo no es su culpa todo esto. Igual soy un gilipollas al que le ha dado por odiar esta mañana a los gordos así porque sí o porque estoy amargado. Igual los gordos deberían odiarme a mí por ser un gilipollas. Miro al tipo y le sonrío. Le vuelve a importar tres cojones. Sigue chateando. Igual está pidiendo pizza en Just Eat. Empiezo a imaginar que en la siguiente parada se subirá un repartidor y preguntará por Hugo. Imagino que el gordo se llama Hugo porque Hugo es nombre de gordo. Como Olga. Son nombres predestinados a la burla en las clases de educación física. De pequeño yo también era gordo. Todavía estoy ahí en el límite, pero no lo suficiente como para tener mi propio dedo índice de vagabundo.

Llegamos a la siguiente parada. El tipo se levanta lentamente, se mete el móvil en el bolsillo y se baja del bus. No hay ningún repartidor, solo una señora con un carrito de bebé. Desde fuera veo cómo el supuesto Hugo se pone las gafas de sol y besa a la mujer. Luego ya nada. Se nota que es feliz. Hugo el obeso es feliz. Le envidio con toda mi rabia. Soy casi flaco pero no me importa una mierda. No tengo colesterol pero y qué. Quiero ser un puto obeso con una mujer que me espere en la parada del bus. Quiero tener a mi endocrino grabado en el móvil y que cada viernes mi hijo me salte sobre la panza mientras se ríe. A lo mejor lo que quiero es ser gordo.

 Me quedo empanado mirando por la ventanilla un rato hasta que el autobusero pega un frenazo porque se ha saltado una parada en la que había gente esperando. El conductor frena unos metros más arriba y toca el claxon. La gente que esperaba empieza a correr para subirse. Yo sigo ahí, pensando en gordos y en la felicidad. Empiezo a mirar a los que se acaban de subir. Hay un enano muy gracioso. Los enanos son como las zanahorias baby pero sin gracia. Me pregunto si tendrá que saltar para subirse al asiento. Espero que sí. Esta vez no pongo la mochila en el asiento porque me pica la curiosidad. Me pregunto si será feliz. Me pregunto que se preguntará la gente cuando yo subo al autobús. No creo que se pregunten si soy feliz. Espero que no se lo pregunten.

lunes, 5 de junio de 2017

Tres cuervos en un cable de teléfono

Llegué y como se hace en estos casos me puse justo al borde del andén con los pies un poco salidos hacia fuera. Hacía un calor insoportable y yo iba con vaqueros oscuros. Llevaba el culo todo sudado y me daba cosa que me encontraran luego una mancha húmeda justo ahí, en el ojal. Miré a ambos lados y no había más que otro tipo, bien parecido, también en el borde. Parecíamos dos pajarillos cantarines en un cable de teléfono, pero ninguno silbábamos. El tipo empezó a acercarse, andando lateralmente por el filo del andén. Se puso a mi lado, a cosa de metro y medio, y me habló.

– Hola. Soy Alex Michele Parmentola.
– Hola. Alberto. Alberto y ya.
–  ¿Vienes a tirarte?
– Justamente.
– Ah, yo también.
– Me lo imaginaba. Por eso de estar en el borde.

Miré el cartelito electrónico que te dice lo que le queda al próximo tren. Seis minutos. Seis minutos y ya. Me toqué el culo. Seguía todo húmedo.

– ¿Y por qué te tiras? –me preguntó.
– Pues no sé. Era algo que se veía venir. Para qué ir dejándolo.
– Yo me tiro porque he tocado techo y para empezar a bajar pues mejor me quedo aquí ya. Irse como el rey de la pista, ¿sabes?
– Ah. Está guay.
– No vienes vestido muy de suicidio, ¿no?
– No sé cómo va uno para suicidarse. Supuse que no importaba nada. En verdad te va a pasar un tren por encima. No creo que importe demasiado.
– Pero yo que sé. Irse con estilo, con flow. Yo vengo en traje. Ya me ves. Todo chulo. Cuando quede un minuto me pondré las gafas de sol. Ya te dije, en todo lo alto.
– Me parece correcto. Yo tiraré así. No voy a darme ahora la vuelta, como verás.

Vuelvo a mirar el cartel. Cuatro minutos. Seguimos los dos ahí, como tartas contesas detrás del cristal de una pastelería, solos, esperando a que se nos lleven. De repente se acerca otro tipo. Anda dubitativo, como un turista. No va arreglado. Menos mal. Va normal, como yo. Camina hasta nosotros y me toca ligeramente el hombro.

– ¿Es aquí para tirarse, verdad?
– Sí, aquí es.
– Ah, joder. Pensaba que me había equivocado de estación.
– No, no. Es aquí. Estamos nosotros dos y tú. Yo soy Alberto, él es Alex Michele no sé qué.
– Parmentola…
– Eso.
– Yo soy Mario. Mario Arenas. Pero mejor solo Mario. Si total, para cuatro minutos mejor no hablar de más.
– Tres.
– ¿Cómo?
– Que tres minutos, no cuatro.
– Ah. ¿Y por qué os tiráis, si puede saberse?
– Parmentola dice que porque ya ha tocado techo y le asusta que ahora sea todo cuesta abajo. Yo porque se veía venir y para qué postergarlo.
– Yo no he dicho que me asusta. He dicho que no quiero.
– Eso.
– Ah. Guay. Pues encantado, a los dos.
– ¿Y tú por qué te tiras?
– Porque me fui quitando de todo lo malo y lo último pues es quitarme de la vida.
– Comprendo.
– Entonces pues me dije que dónde mejor que tirándome a las vías. Que ya que me mato y me jodo pues también jodo a los demás.
– Yo también pensé lo mismo.
– Y yo. Supongo que en verdad somos unos hijos de puta.
– De los gordos.
– Pues lo seréis vosotros. Parmentola pasa de mierdas y de rayarse. ¡Qué se joda la gente! ¡A chuparla!

Parmentola se da media vuelta y escupe en el suelo del andén, mirando desafiante a los tres viajeros que hay por ahí desperdigados. Queda un minuto. Ya se deberían ver las luces a lo lejos del túnel. Pienso que igual el tren viene con retraso. Qué ironía. El tercer tipejo, Mario, empieza a balancearse para delante y para atrás. Ahora somos los tres cuervos negros y mafiosos de Dumbo. Estamos para cuadro. Los tres de espaldas, con las manos en los bolsillos. Sigo teniendo el culo mojado, pero ya me da igual. Morirme a la vez que estos pringados me alivia. Nadie pensará en mi culo mojado de sudor. Hay un tío en traje al que mirar.

– Oye. ¿Aquí hay que pedir turno o algo?
– ¿Cómo que turno?
– Sí, para tirarse. Igual va uno después de otro. ¿O todos a la vez?
– ¡Qué más dará!
– No sé. Por llevar un orden. Las cosas, si se hacen, se hacen bien, ¿no?
– ¡Tírate cuando quieras, tío!
– Ooook… Por cierto, amigos…
– ¿Qué pasa?
– Digo yo que deberíamos hacernos una foto de recuerdo, ¿o qué? –dice Mario.
– Tío, te queda un minuto para morirte. ¿Para qué quieres una foto?
– Pues no sé, para inmortalizar la experiencia.
– Este tipo es idiota –dice Parmentola.
– Bueno tío pues no te pongas.  Me hacía ilusión, ¿sabes? Qué más dará, ¿no? Hacedlo por mí. Como última voluntad.
– Venga, va. Si total –contesto.
– Pues nada, hagámonos un selfie pre suicidio. Pero nada de subirlo a Instagram. No me jodáis.
– No, no. Nada de redes sociales. Cero espectáculo, que esto es un tema serio.
Mario saca su móvil del bolsillo y lo pone en perspectiva para que salgamos los tres. Parmentola me posa una mano sobre el hombro. Menudo panorama. En el encuadre parecemos hasta amigos y todo.
– A la de tres gritamos patata. Y sonreíd. Aunque sea por última vez.

Mario hace la cuenta atrás y los tres gritamos patata como si fuéramos gilipollas. Parmentola y Mario salen súper sonrientes como si el último deseo de su vida fuera hacerse una foto finish lamentable con dos desconocidos. Yo salgo guapete y lo de la sonrisa lo he intentado. De repente aparecen las luces del tren a lo lejos del túnel.

– Pues ya está. Supongo que esto ya es el final –digo.
– Pues sí, ha estado bien este rato, chicos.
– Diría de repetirlo pero vistas el panorama pues como que no –dice Parmentola.
– Igual en otra vida.
– ¿Crees en la reencarnación?
– Más como una pesadilla que como en algo bueno.
– Comprendo.
– Pues eso. Que un placer. Que os vaya bien.
– No parece.
– No.

Llega el tren y sin contar hasta tres ni gritar patata nos precipitamos a las vías, Mario quitándose por fin de todo lo malo, Parmentola muy arriba y con gafas de sol y yo, no sé, supongo que viéndolas venir.

lunes, 22 de mayo de 2017

Un trabajo, un proyecto o los chavales sin dientes

Estoy sentado en medio de la plaza del Reina Sofía porque he quedado con un antiguo profesor de la universidad para ver si tiene algún trabajo que ofrecerme o algún proyecto en el que pueda involucrarme para no sentirme un acabado mierdaseca. Quedamos más o menos a las cuatro y son más o menos las tres, por lo que tengo una hora por delante para pensar cómo decirle que después de cinco años de carrera mi futuro y el de la gran parte de mi clase pinta amargo. Hay cuatro chavales talentosos que o lo están petando ya o no cabe duda que lo harán. Pero los demás vamos ciegos solo que sin piñata. Supongo que me las daré de tipo interesante y le diré que tengo un trabajo que en realidad son unas prácticas. Le diré que pretendo hacer un máster y, aunque eso sí es verdad, no le diré que si lo hago es totalmente obligado porque no hay más alternativas. Eso o tirar la toalla. A todo esto él seguramente me contestaría que los jóvenes somos muy fatalistas, que él pasó por lo mismo y que de toda mierda se acaba saliendo. Me diría que, aunque él no puede ofrecerme una mierda no debo tirar la toalla tan pronto. Yo pensaré entonces que eso mismo decían todos los camareros que por las noches sueñan con ser fotógrafos. O todos los copywriters que a veces echan de menos lo de escribir de verdad. Este profesor me dirá que todo talento tiene su recompensa y eso no hará más que joderme la vida porque yo no tengo recompensa y en verdad no quiero ni pensar en que igual lo que pasa es que no tengo talento. Creo que lo mejor sería que yo cogiese esa frase y la metiese en el cajón de los consejos repetidos por si algún día puedo revenderlos en algún mercadillo barato. A día de hoy estoy totalmente convencido de que nuestro cerebro tiene como una especie de almacén de consejos de mierda que se guardan y se almacenan allí cogiendo polvo porque tu cerebro tiene la esperanza de que algún día será tu turno. Tu turno para encasquetárselos a alguien con cara de puto amo que lo está petando en la vida en vez de la cara que se tiene de lunes a viernes, ese careto de matado que paga una hipoteca y las letras del coche según va pudiendo.

Queda una hora hasta que mi antiguo profesor aparezca por alguna parte, seguramente con mucha prisa y con gafas de sol, a medio despeinar y mirando un cuaderno mientras anda. Yo estaré apoyado en cualquier repisa a la sombra porque en verdad hace un puto calor de la hostia y se me está tostando el cráneo con tanto sol y tanto pensar en que la universidad sirve para muchas cosas pero no para labrarte una mierda según la acabas. Debería decirle a este profesor que de toda esta movida se avisa antes, que las universidades deberían mandarte un panfleto a tu buzón donde diga que esto de las carreras es como los que beben para ligar, que igual cuela pero que lo más seguro es que toque paja al llegar a casa. Tendría que decirle a este profesor que el primer día de clase debería llegar el rector y decirte cómo funciona todo esto en vez de esperar a que ya te hayas dado un hostión tremendo contra el suelo y estés buscando tus dientes mientras lloras en silencio porque, ¿qué cojones?, nadie te obligó a nada. Todo esto debería decirle al profe según llegue, pero ambos sabemos que me callaré la boca y le venderé la moto esperando que tenga algo interesante que ofrecerme. Como un trabajo. Como un proyecto. Como esperanza.

sábado, 15 de abril de 2017

Tocadiscos y Spotify

Los grandes gerifaltes te dirán que esto de la postmodernidad es una chorrada pero a ti te dará igual. Seguirá importándote una mierda el tocadiscos de tu padre, la tele pública y los suplementos de los periódicos dominicales. Seguirás poniéndote un playlist de Spotify repleto de canciones tristes cada jueves a la hora de escribir. Porque así es toda esta nueva era de los milennials, de la generación Z y de toda esa panda de niñatos sobreprotegidos y mimados que se supone que somos. Spotify es tu tocadiscos, le dices a tu padre. Pero tu padre no entiende nada. Te dice que cómo va a ser igual el ordenador que los vinilos. Que no hay unión. Que se pierde el sonido rasgado del principio, cuando la aguja contacta. Le dices a tu padre que el sonido de la aguja ya no vale nada porque ahora todo está ya rasgado. Te dice tu padre que no, y le intentas explicar que sí, que no sois tan diferentes, que sigues teniendo los mismos problemas que él tenía. Lo de enamorar a mamá, lo de encontrar trabajo, lo de encontrarse a uno a mismo. Solo que ahora hay Spotify y te llevas el puto tocadiscos a cuestas a todos lados. Tu padre sigue sin comprender la metáfora, sin comprenderte a ti, pero sí que comprende qué fue eso de enamorar a mamá, lo de encontrar trabajo y lo de buscarse. Y entonces mira su tocadiscos desde la otra punta del salón. Mientras, tú te pones los auriculares y subes el sonido de lo que sea que esté sonando. Los dos estáis allí pasmados, os separa un muro invisible que vosotros os habéis construido sin ton ni son. Pero a los dos os pesan las mismas mierdas. Y eso ni la postmodernidad puede cambiarlo.