lunes, 26 de diciembre de 2016

En mi cama, tío.

–¿Recuerdas el otro día, el que estuvo lloviendo toda la tarde, que tardamos una vida en llegar a casa por el atasco que cogimos en el autobús?
–Sí, claro. El jueves.
–Pues cuando llegué a mi casa me encontré a Dani Rovira metido en mi cama.
–¿Qué dices, tío?
–Te lo juro. Dejé las llaves y tal y a la que me fui para mi cuarto allí estaba. Metido en la cama,  arropado y todo. Me miraba sonriente. Yo flipaba, ¿sabes?.
–¿Y qué le dijiste?
–Pues qué le voy a decir. Que qué coño hacía en mi cama.
–¿Sí?
–Y me contestó que qué me esperaba. Que está en todos lados.
–Hostia, tío, puto amo el Dani Rovira.
–Y una mierda, tío. Imagina que llegas esta tarde a tu casa y tienes a Dani Rovira en tu cama. No me jodas. Que está en todos lados dice. Menudo personaje. Le dije que se fuese antes de que llamase a la policía. Me dijo que le daba igual, que también estaba en la policía... y en la Cruz Roja, y en la biblioteca. Me dijo que lo sabía todo. Sabe cuando me hago las pajas, tío. Hasta qué comió ayer la Aurori, mi vecina esa que está tela de buena. Yo estaba acojonado. Y él se partía el culo, parecía un psicópata. Le pedí por favor que se fuese. Pero le daba igual. Empezó a quitarse las sábanas de encima.
–¿Qué dices?
–Sí tío. Lentamente, como muy sensual. Estaba sin camiseta, ¿sabes? Con el pecho mazo peludo ahí rozando mi cama. Y no paraba de reírse. Te juro que estaba todo cagado. ¿Y si me intentaba violar o algo?, que no había nadie en casa. Empezó a decirme que si sabía quién era. Que era un tío importante. Le dije que claro que sabía quién era. Un actor de la tele. Se cabreó que flipas. "¿Un actor de la tele? No, chico, no... yo soy Dios. Soy omnipresente. La gala de Nochevieja, ahí estoy yo y que le den por culo a Raphael. El telemaratón solidario, ahí me verás. Yo casaré a tu hermano, chaval. En la puta ceremonia estaré yo y partiré la tarta de bodas. Un actor de la tele, no me jodas chaval, más respeto".
–Pero tío, que es Dani Rovira. Si es majísimo. Mi madre le tiene mazo cariño. La peli esa de los apellidos vascos es genial, ¡cómo te ríes!. Buah, y ese acento andaluz es lo mejor, ¡qué salao es!
–Tío... en mi cama. Sin camiseta. Muy turbio todo.
–¿Y qué pasó? ¿Se fue, o sigue ahí en tu casa? Ey, ¿si te doy una foto le dices que se la dedique a mi madre?
–Sí, al final se fue. Pero no me apetece mucho contarlo.
–¿Te intentó besar o algo? Tío, a mí puedes decírmelo. Vamos y le denunciamos si quieres, aunque sea Dani Rovira.
–No... no fue eso. Como no conseguía echarle de ningún modo le dije que al menos se callase de una vez, que tenía cosas que hacer. Al principio me hizo caso. Se volvió a arropar y estuvo observándome todo el rato mientras pasaba apuntes. Luego empezó a aburrirse y quiso contarme un chiste. Era malísimo. No sé qué de un sevillano y un bilbaíno. Ni me acuerdo. Yo ya estallé. De impotencia. No pude más. Le empecé a gritar que se callase la puta boca. Que era un pesado. Que en este país le quería todo el mundo pero que hasta él sabía que no tenía ninguna gracia. Le dije que su película era una mierda.
–¿Y cómo reaccionó?
–Se echó a llorar, tío. Como una magdalena. Las lágrimas caían en mi almohada. A llanto vivo. Balbuceaba que ya lo sabía. Que no era tonto. Que estaba harto de ser el típico andaluz pesado, de las comedias lamentables y de caerle bien a la gente. Decía que aunque todo el mundo le pide fotos y las señoras le besan en todos los pueblos que pisa nadie le quiere de verdad. Estaba seguro de que todo el mundo le tenía lástima. Que era un juguete roto.
–Pobrecillo. En verdad está sometido a mucha presión. ¿Qué hiciste tío, le echaste así sin más, sin corazón?
–No. A mí en verdad no me importaba mucho. Pero tenía razón. Deber ser duro saber que eres como un dispensador de sonrisas. Le di un kleenex para los mocos. En realidad quería que dejase de llorar sobre mi almohada. En seguida se recompuso. Me pidió perdón mil veces, tío. Estaba muy compungido. Muerto de vergüenza. Le dije que daba igual, que seguramente no se lo contaría a nadie. Pero que tenía que irse. Se sonó los mocos y se levantó. Estaba en calzoncillos tío. Llevaba unos slips de estos blancos mazo apretados. Se le marcaba el paquete. Había tenido su culo en mi cama toda la tarde. Me dijo que sí, que yo tenía razón. Que ya se marchaba. Pero me pidió un favor.
–¿Dijiste que sí, no? Que es Dani Rovira, tío. Que ya ves lo mal que lo está pasando.
–Me pidió que si podía darle un abrazo antes de irse. Pero no un abrazo normal. Un abrazo por la espalda. Me preguntó que si yo podía abrazarle por detrás y apretar mis brazos contra su pecho. Seguía en calzoncillos, ahí de pie delante de mi cama, llorando a moco tendido. Me dio mucho miedo. Le eché de casa. Le agarré del brazo y fui empujándole por todo el pasillo hasta la puerta. Él no preguntó ni por su ropa. Simplemente lloriqueaba. Yo le cerré en la cara y eché el cerrojo.
–¿Qué dices, tío? Seguro que está destrozado. Hay que tener un poco de empatía. Andará por ahí, de parque en parque, pensando en hacerse daño.
–Hoy sale otra vez en El Hormiguero, a las nueve y media, creo.

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