lunes, 31 de octubre de 2016

Rumiantes

Hay etapas que son días, semanas o incluso meses en los que la creatividad se impone a sí misma un 'stand by' que en realidad no lo es tanto pero molesta como si lo fuese. Es una etapa verdaderamente dura para el que crea, ya sean novelas o edificios.

La etapa comienza con la negación absoluta a crear cosas nuevas. Lo que en literatura se llama el "folio en blanco". El creador se sienta delante de la silla y no hace una mierda. Se pone listas de YouTube con temas inspiradores, toma tés verdes con frutos del bosque... pero sigue sin hacer una mierda. Y acaba tirando la toalla para ponerse series de Netflix como si no hubiera un mañana posible.

Cuando el sofá tiene marcada la forma del culo del creador y está inundado de palomitas que no han explotado y pelusas de mantas, alguien pulsa el interruptor de la segunda fase. El creador se torna en rumiante. Su cabeza rumia algo, una idea, un concepto, lo que sea. Lo masca y mastica como una vaca india. Lo centrifuga, incluso. Y la idea se va haciendo bola dentro del creador como un filete pasado. El creador empieza a hincharse por causa de la expansión sin límites de la idea. La idea le come todo el terreno al resto de ideas hasta el punto de que todo es superfluo.

Y un día el creador vomita, donde sea y como sea. Pero hasta que vomitas todo apesta menos Netflix y las mantas calentitas.

domingo, 23 de octubre de 2016

Abascal, héroe nacional

          Cuando Santiago Abascal montó en su Charizard, España entera cayó rendida a sus pies. Subido a su alado corcel sobrevoló el horizonte de las dos Castillas, las Vascongadas y las costas el Mediterráneo. Allá por donde pasaba subyugaba a todo aquel que osase hacerle frente. Ni siquiera el otrora afamado Frente Comunista Judeomasónico pudo plantarle cara. Pronto el largo y ancho del país se vio subsumido a un Santiago Abascal que solamente tenía una idea en la cabeza: devolver España al pasado más remoto. Refundada la Inquisición y reconstituidos los Tercios, Abascal determinó que la reconquista de Gibraltar sería su primer acto por el que pasaría a la historia con mayúsculas.

          En un tiempo récord logró reunir a la Legión, a la Armada Invencible y al resto de tropas, entre las que eligió personalmente a los soldados más valientes y atrevidos para que formasen parte de su guardia personal, a la que denominó Corazones de Viriato. Una mañana soleada el ejército partió hacia tierra extranjera, con el propio Abascal liderando la marcha montando en su llameante Charizard, con su media melena nada afeminada ondeando al viento y la Constitución del 78 debajo del brazo. Tal imperial efigie fue demasiado para las tropas gibraltareñas, que poco tardaron en huir despavoridas ante el poder de España, sollozando para poder seguir disfrutando de sus insípidos tés y su humor de mierda.

          Abascal, salvador de la patria y ya reconocido héroe nacional, decidió celebrar la victoria como solo a él podía ocurrírsele. Mandó a su Charizard que incendiase cualquier mínimo libro, biblioteca o signo de la cultura gibraltareña, porque no hay peor ataque para un pueblo que olvidarlo. Cuando su fiel montura acabó el trabajo, el propio Abascal, en un alarde de fuerza y valentía, se encomendó a sí mismo la tarea más ardua de todas: escalar hasta lo más alto del peñón y demostrar así al resto del planeta el poderío de nuestra nación. Aún los más ancianos, niños por el entonces, recuerdan con añoranza la bella imagen de un Abascal con el torso desnudo clavando la bandera de España en lo alto del peñón, con su Charizard alado sobrevolando el lugar entre llamaradas flamígeras, despertando el fuego de los corazones españoles. Porque todos sabemos lo que nos importa a nosotros Gibraltar.