viernes, 29 de julio de 2016

Verano sin hielo.

Dos gotas de sudor te bajan por la frente, te recorren la patilla y caen en picado contra la almohada. Son las tantas de la madrugada y la cama huele a almizcle y a mezcla de perfumes. Ella está tumbada a tu lado, seguramente también sudando y con un brazo sobre tu pecho. Ninguno de los dos dormís, no hay quién duerma en pareja los veranos en Madrid. Al ventilador le falta potencia. Las sábanas se te pegan a los muslos. Pero aún así ella tiene su brazo sobre tu pecho. Lo mueve a veces, centímetros arriba, centímetros abajo. Cada vez que lo hace produce un sonido pegajoso. Como una tira de velcro ya desgastada. Mueve el brazo por temor a que el calor lo derrita y lo funda contra ti y jamás de los jamases nadie pueda separarlo. Tú quieres que lo quite, te estás asando. Intentas que ninguna de tus extremidades toque otra. Estás con un brazo debajo de la almohada y el otro en paralelo a tu costado, las piernas entreabiertas y con un brazo ajeno sujetándote el pecho como los cinturones de seguridad de los parques de atracciones.

No dormís pero pensáis. Los dos, mirando al techo, uno con un brazo debajo de la almohada y la otra con toda la melena desparramada por la cama, ambos desnudos, con una ligera sábana de lino que tapa lo justo para que se vean dos pelvis, una depilada y la otra no tanto. Los dos tenéis que estar pensando en algo. Tú seguramente pienses en que por mucho calor que haga, que lo hace, y por muy húmeda que esté la almohada, el hecho de que el brazo de ella te aprisione justamente el pecho y no otro lugar tiene que significar algo bueno. Algo fresco entre tanta bruma abrasadora. Empiezas a imaginar que ese brazo no está hecho de músculo y hueso sino de hielo macizo, y que con cada movimiento refresca cada poro de tu piel, dejando un rastro de agua congelada que se filtra por tu dermis como por la tierra caliza y va superando capas y capas hasta llegar al corazón, que arde. Y el contacto del agua con tu corazón hace que tu pecho humee como unos baños romanos, empañando toda la habitación de vapor. Piensas que deberías contarle este pensamiento onírico, que a lo mejor todo esto significa algo y que estaría bien que ella lo supiera. Pero decides que el silencio que reina esa madrugada es lo único que puede conseguir que la habitación no eche a arder de un momento a otro.

Ella, como si fuera una espía en plena Guerra Fría, parece intuir todos tus pensamientos y comienza a cambiar el ritmo de los movimientos de su brazo. Pone la palma de su mano justo en el centro de tu pecho y sube los dedos hasta que solamente el filo de sus uñas rozan tu piel. Ella empieza a moverse por todo tu pecho sobre la punta de sus dedos, con una caminata enérgica que eriza tus pezones en cuestión de segundos. Hace todo lo posible por no hacerte cosquillas. Poco a poco las idas y venidas se van tornando más rápidas y violentas, y en un frenético instante ella pellizca tu piel y te arranca de cuajo un pelo del pecho, justo donde se supone que debe estar tu corazón. Tú te muerdes el labio con rabia para no soltar un quejido. Ella sabe que te ha dolido. Le encanta cuando te duele, eso le da poder. Aunque conoce que su brazo no está hecho de hielo macizo y que no puede derretirse poco a poco para filtrarse hasta tu más profundo interior, también sabe de sobra que, poco a poco y pelo a pelo, se está abriendo paso. Pero tampoco piensa decírtelo a ti, suficiente calor hace ya en la habitación.





lunes, 25 de julio de 2016

Apagón

Te preguntan qué buscas y te encoges de hombros. Estás buscando, pero no sabes el qué, y por eso no encuentras.

Buscas alguien que responda las preguntas que no te atreves a realizar. Alguien que asienta y niegue, que te asienta y te niegue. Todo eso es lo que buscas, antes del apagón.