jueves, 28 de abril de 2016

Ambición es trascendencia

Un día le dije a mi madre que no soportaba a la gente sin ambiciones, a aquellos seres que no ven más allá de un canon, que no aspiran a más que ser un canon. Familia prototípica con una parejita de pequeños, veraneando todos los agostos en Santa Pola, con un monovolumen gris oscuro y un trabajo estándar de lunes a jueves pero increíblemente divertido los viernes. Y nada más, felices así, durante toda la vida. Yo no me lo creo.

Hay que desear, hay que esperar, hay que anhelar. Las metas que te pones dicen demasiado de ti. Todo esto trata sobre escalar una montaña para ver la cumbre que hay detrás, se trata de superar a tus padres, no en conformarte con ser como ellos. Se trata de la ambición, aunque a veces pueda matarte.

La ambición es trascendencia, romper con las puertas, ganar un Nobel o reforestar el Amazonas. Se trata de crear o de destruir, pero siempre de hacer y luchar. La ambición es despertarte todo jodido, lleno de ojeras, y echarte el macuto a la espalda, no pensando en un monovolumen gris oscuro sino en conseguir un sueño. Tú eres tus ambiciones, así que déjalas volar y hazlo tú tras ellas.

domingo, 10 de abril de 2016

Rec.

El cursor parpadea, como un latido, en la primera línea del documento vacío. Pensaba escribir algo nuevo sobre todo lo que apesta esta sociedad, lo hipócritas que somos o sobre cómo odio a la gente que planta el culo en el asiento de afuera del autobús para que nadie se siente a su lado. Pero nada de eso va a pasar. He venido a escribir que me acuerdo. Sí, me acuerdo, de casi todo, de lo bueno y de lo malo, me guste o no. Y necesito contarlo porque no debería. Mucho ha pasado ya, pero ahí sigue, como si fuese ayer y no hace ya tanto tiempo.  Me dije a mí mismo que esto no iba a pasar, que todo se acaba olvidando, pero no, resulta que me equivocaba. Aquí continúa, como los posos del vino, como si me lo hubiesen grabado a fuego y aún pudiera olerse el humo del cerebro chamuscado.

Me acuerdo del primer día, del último y del número ciento treinta y cinco, cuando no sé bien por qué acabamos en una fiesta de disfraces sin ir disfrazados, bebiendo cerveza negra y bailando charlestón en medio del salón de aquel tipo. También recuerdo el olor, a mantequilla, a aguacate o a sudor. Mis cavidades nasales se expanden, la piel de mi cuello se eriza y sin querer sonrío. Y lo hago porque me acuerdo, del verano sin parar por casa o del invierno sin salir de ella. No me olvido de mi portátil bloqueándose tras cuatro horas seguidas viendo series, ni de aquella tarde en que el grifó se rompió y pudimos hacer unos largos por todo el pasillo, esquivando el mueble bar. El seguro pagaría las goteras, daba igual. Lo importante era nadar, a mariposa o de espaldas, y chocarnos a mitad de camino. Te digo que me acuerdo del pueblo, de las espigas y de cuando me dejaste tirado en aquel bar de mala muerte. Ya había pedido dos chupitos de tequila, y me los bebí los dos. Recuerdo que luego me llamaste, un loco había amenazado con tirarse a las vías del tren. No me extraña, ese día hacía un frío de mil demonios. Sí, también me acuerdo del frío,  de las malas palabras y de los vacíos.

Como te digo, me acuerdo de casi todo, y no sé si eso es bueno. Me dije a mí mismo que esto no iba a pasar, que todo se acaba olvidando y que un día va detrás de otro. Y aquí estoy, viendo pasar las semanas mientras sigo sentándome en el lado de la ventanilla del interurbano, diciéndome que lo mismo no debería recordar tanto, que mi cerebro está ya suficientemente chamuscado.