lunes, 22 de febrero de 2016

Enciende el flexo y sigue

Se sentaba delante del ordenador con unas ganas de escribir tremendas pero no escribía. Se había dicho que el propósito de año nuevo iba a ser lograr publicar por lo menos tres artículos en medios diferentes, pero no escribía. Sentado, allí delante de la pantalla, encendía el flexo, abría una documento de texto y pensaba. Se dejaba la cabeza, dándole vueltas al cómo y el dónde, pero olvidando el qué. Sabía que temas sobre los que hablar tenía demasiados, cada día más. Las ideas le venían como te vienen las facturas. Le inspiraba todo: el cine, los libros, la música y hasta la gastronomía... pero no escribía, y no lo hacía nadie sabe por qué. Se tiraba las horas sentado, escuchando música, con un documento de texto en blanco reflectando en su cara, con el ceño fruncido y los labios apretados. Y nada más.

A veces pensaba que si hacía repaso a sus revistas habituales sabría cómo enfocar la cuestión, dónde mandarlo y todo eso. Cerraba el documento y abría la mitad de la barra de favoritos de su buscador. Revistas de cine, de literatura y de pensamiento. Y las leía, una y otra vez. Abría la parte en la que las revistas te explican las normas para colaboraciones, y las leía. Una o dos veces por semana. Pero no escribía nada. Quería publicar en todas, para cada una tenía temática, concepto y propuesta. Él quería ser como aquellos que publican de vez en cuando, no siempre, sólo a veces. Él quería hablar de lo que le gustaba, que eran muchas cosas, y sobre lo que sabía, que también eran muchas cosas. Le encantaba repasar los perfiles de los redactores de sus artículos favoritos, hacer repaso a las novedades y atreverse a criticarlas. Le encantaba todo esto de la escritura, pero no escribía.

Quizá alguien le dijo algún día que para publicar hay que ser de los mejores, o que ahora mismo solamente salen en las revistas la gente conocida. Pero sabía que era mentira, porque de vez en cuando veía como amigos suyos colgaban en su muro de Facebook sus nuevos artículos, sus novedosas colaboraciones sobre la última película de turno o sobre una exposición en no sé dónde. Y él las leía, y algunas le gustaban, y se moría de envidia. Él también quería un trozo de ese pastel. Él estaba verdaderamente deseoso de entrar en ese mundo, de llenarse la cabeza de ideas. Seguro que había hueco para él, no era tonto, sabía de lo suyo, y escribía bien. Pero no lo hacía, prefería construirse una Arcadia particular en la que todas las revistas del país estaban esperando sus artículos, guardándoles las páginas centrales y contratando a los mejores fotógrafos para él. Fantaseaba con escribir sin presión, sabiéndose de una publicación segura, fuese donde fuese. Y aunque sabía que las cosas no son así, poco hacía para cambiarlo. Su música seguía sonando, su teclado intacto y su documento de texto aún en blanco, reflectando en su fantasiosa cara.


Pero un día algo le hizo cambiar, y escribió dos párrafos sobre algo de lo que sabía, algo que le había llenado y sobre lo que puso sentimiento y técnica a partes iguales. Y después vinieron otros cuatro párrafos, y luego un par más, y cerró su primer artículo sobre algo. Y desde entonces no ha parado, sigue ahí, dándole cera a las teclas, con el flexo a toda mecha y un cargamento de té negro, escribiendo sobre cosas, publicando en sitios y sintiéndose parte del pastel. 

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