lunes, 26 de diciembre de 2016

En mi cama, tío.

–¿Recuerdas el otro día, el que estuvo lloviendo toda la tarde, que tardamos una vida en llegar a casa por el atasco que cogimos en el autobús?
–Sí, claro. El jueves.
–Pues cuando llegué a mi casa me encontré a Dani Rovira metido en mi cama.
–¿Qué dices, tío?
–Te lo juro. Dejé las llaves y tal y a la que me fui para mi cuarto allí estaba. Metido en la cama,  arropado y todo. Me miraba sonriente. Yo flipaba, ¿sabes?.
–¿Y qué le dijiste?
–Pues qué le voy a decir. Que qué coño hacía en mi cama.
–¿Sí?
–Y me contestó que qué me esperaba. Que está en todos lados.
–Hostia, tío, puto amo el Dani Rovira.
–Y una mierda, tío. Imagina que llegas esta tarde a tu casa y tienes a Dani Rovira en tu cama. No me jodas. Que está en todos lados dice. Menudo personaje. Le dije que se fuese antes de que llamase a la policía. Me dijo que le daba igual, que también estaba en la policía... y en la Cruz Roja, y en la biblioteca. Me dijo que lo sabía todo. Sabe cuando me hago las pajas, tío. Hasta qué comió ayer la Aurori, mi vecina esa que está tela de buena. Yo estaba acojonado. Y él se partía el culo, parecía un psicópata. Le pedí por favor que se fuese. Pero le daba igual. Empezó a quitarse las sábanas de encima.
–¿Qué dices?
–Sí tío. Lentamente, como muy sensual. Estaba sin camiseta, ¿sabes? Con el pecho mazo peludo ahí rozando mi cama. Y no paraba de reírse. Te juro que estaba todo cagado. ¿Y si me intentaba violar o algo?, que no había nadie en casa. Empezó a decirme que si sabía quién era. Que era un tío importante. Le dije que claro que sabía quién era. Un actor de la tele. Se cabreó que flipas. "¿Un actor de la tele? No, chico, no... yo soy Dios. Soy omnipresente. La gala de Nochevieja, ahí estoy yo y que le den por culo a Raphael. El telemaratón solidario, ahí me verás. Yo casaré a tu hermano, chaval. En la puta ceremonia estaré yo y partiré la tarta de bodas. Un actor de la tele, no me jodas chaval, más respeto".
–Pero tío, que es Dani Rovira. Si es majísimo. Mi madre le tiene mazo cariño. La peli esa de los apellidos vascos es genial, ¡cómo te ríes!. Buah, y ese acento andaluz es lo mejor, ¡qué salao es!
–Tío... en mi cama. Sin camiseta. Muy turbio todo.
–¿Y qué pasó? ¿Se fue, o sigue ahí en tu casa? Ey, ¿si te doy una foto le dices que se la dedique a mi madre?
–Sí, al final se fue. Pero no me apetece mucho contarlo.
–¿Te intentó besar o algo? Tío, a mí puedes decírmelo. Vamos y le denunciamos si quieres, aunque sea Dani Rovira.
–No... no fue eso. Como no conseguía echarle de ningún modo le dije que al menos se callase de una vez, que tenía cosas que hacer. Al principio me hizo caso. Se volvió a arropar y estuvo observándome todo el rato mientras pasaba apuntes. Luego empezó a aburrirse y quiso contarme un chiste. Era malísimo. No sé qué de un sevillano y un bilbaíno. Ni me acuerdo. Yo ya estallé. De impotencia. No pude más. Le empecé a gritar que se callase la puta boca. Que era un pesado. Que en este país le quería todo el mundo pero que hasta él sabía que no tenía ninguna gracia. Le dije que su película era una mierda.
–¿Y cómo reaccionó?
–Se echó a llorar, tío. Como una magdalena. Las lágrimas caían en mi almohada. A llanto vivo. Balbuceaba que ya lo sabía. Que no era tonto. Que estaba harto de ser el típico andaluz pesado, de las comedias lamentables y de caerle bien a la gente. Decía que aunque todo el mundo le pide fotos y las señoras le besan en todos los pueblos que pisa nadie le quiere de verdad. Estaba seguro de que todo el mundo le tenía lástima. Que era un juguete roto.
–Pobrecillo. En verdad está sometido a mucha presión. ¿Qué hiciste tío, le echaste así sin más, sin corazón?
–No. A mí en verdad no me importaba mucho. Pero tenía razón. Deber ser duro saber que eres como un dispensador de sonrisas. Le di un kleenex para los mocos. En realidad quería que dejase de llorar sobre mi almohada. En seguida se recompuso. Me pidió perdón mil veces, tío. Estaba muy compungido. Muerto de vergüenza. Le dije que daba igual, que seguramente no se lo contaría a nadie. Pero que tenía que irse. Se sonó los mocos y se levantó. Estaba en calzoncillos tío. Llevaba unos slips de estos blancos mazo apretados. Se le marcaba el paquete. Había tenido su culo en mi cama toda la tarde. Me dijo que sí, que yo tenía razón. Que ya se marchaba. Pero me pidió un favor.
–¿Dijiste que sí, no? Que es Dani Rovira, tío. Que ya ves lo mal que lo está pasando.
–Me pidió que si podía darle un abrazo antes de irse. Pero no un abrazo normal. Un abrazo por la espalda. Me preguntó que si yo podía abrazarle por detrás y apretar mis brazos contra su pecho. Seguía en calzoncillos, ahí de pie delante de mi cama, llorando a moco tendido. Me dio mucho miedo. Le eché de casa. Le agarré del brazo y fui empujándole por todo el pasillo hasta la puerta. Él no preguntó ni por su ropa. Simplemente lloriqueaba. Yo le cerré en la cara y eché el cerrojo.
–¿Qué dices, tío? Seguro que está destrozado. Hay que tener un poco de empatía. Andará por ahí, de parque en parque, pensando en hacerse daño.
–Hoy sale otra vez en El Hormiguero, a las nueve y media, creo.

martes, 1 de noviembre de 2016

Nos llamamos

– ¿Sí, dígame?
– Hola Chenoa… ¿puedo llamarte Chenoa... o mejor Laura?
– Chenoa está bien. ¿Quién eres?
– Soy Pedro. Pedro Sánchez.
– Pedro Sánchez… ¿el líder del PSOE?
– No, ya no. O sea, sí, soy Pedro Sánchez, pero ya no soy líder del partido.
– Ah, ya, mierda. Lo siento.
– Da igual, a mí también me cuesta acostumbrarme.
– Ya imagino. ¿Y qué quieres, Pedro? ¿Puedo ayudarte en algo?
– Solo llamaba para ver si estás bien. Le pedí a mi equipo de comunicación que me consiguiera tu número.
– Ah… pues sí, Pedro, estoy bien. ¿Tú que tal?
– ¿De veras que estás bien? Vi lo de ayer. ¡Qué falta de sensibilidad!
– No sé a qué te refieres, Pedro.
– Pues ya sabes… al tema de la cobra.
– No fue una cobra, somos amigos.
–Ya. Pero yo que sé, se me ocurrió llamarte, por si acaso estabas mal. Ya sabes que a mí últimamente tampoco me va bien.
– Eso he leído. Pero vamos, de verdad que estoy bien.
– ¿Sigues enamorada de él? Se te notaba desde el otro lado de la tele.
– Te digo que somos amigos. Y nada más.
– No quiero meterme demasiado, Chenoa. Córtame cuando quieras. Pero se comportó como un cabrón.
– No tiene importancia, estas cosas pasan.
– Tratarte así, después de lo vivido, en la tele pública. ¡Qué falta de respeto, qué falta de todo!
– Te digo que estas cosas pasan. Aunque claro, no con tanta gente mirándote.
– Por eso, no se puede humillar a alguien así.
– ¿Humillar, quién? ¿De veras piensas que estoy humillada?
– Pues, no sé Laura… digo Chenoa. Twitter está lleno de vídeos y memes sobre el tema. Ya sabes.
– ¡Humillado estarás tú!
– Ese no es el tema, Chenoa.
– Ya. ¿No te sientes utilizado, Pedro? No sé, si yo fuese tú…
– Si tú fueses yo…
– Pues no saldría de la cama. Con todo un partido en contra. Y encima con la imagen que diste en la entrevista.
– ¿Imagen, qué imagen?
– Le lloraste al presentador, Pedro. Delante de toda España.
– Eso no es cierto, Chenoa.
– No, Pedro… no. Una hora de sollozos. Como un ex novio rencoroso.
– ¿Cómo tú?
– ¡Vete a la mierda!
– … perdona Laura. Soy idiota. Es este estrés. No estoy bien.
– Y pretendes pagarlo conmigo.
– No, te juro que no. Pretendo que alguien me entienda. Me dejé la salud en el partido… para nada. Pues claro que me siento utilizado.
– Joder, Pedro. Lo siento. Tampoco quería ponerme gilipollas contigo.
– Da igual. Pensé que tú me entenderías.
– Supongo que nos parecemos en eso.
– ¿En qué?
– En ser el pasado de algo.
– Supongo que somos eso, sí… pasado. Oye, Laura.
– Dime.
– …
– ¿Pedro?
– …
– ¿Estás llorando?... estás llorando. No llores, Pedro. Está todo bien. Saldrás de esta, seguro. En la calle la gente te aprecia.
– Laura...
– Sí.
– ¿Te gustaría tomarte un café algún día de estos?
– Pues… no sé, Pedro. Esto es raro. Es la primera vez que hablamos. Es raro.
– Creo que necesito a alguien que me quiera.
– Pero Pedro… Yo…
– Da igual, entiendo. Tienes mi número...
– A ver, es que no sé... pfff... está bien. ¿Te parece bien este sábado? Y deja de llorar, por favor.
– ¿Este sábado?... genial. Tienes razón, ya paro de lágrimas. ¿Nos llamamos entonces?
– Nos llamamos.

lunes, 31 de octubre de 2016

Rumiantes

Hay etapas que son días, semanas o incluso meses en los que la creatividad se impone a sí misma un 'stand by' que en realidad no lo es tanto pero molesta como si lo fuese. Es una etapa verdaderamente dura para el que crea, ya sean novelas o edificios.

La etapa comienza con la negación absoluta a crear cosas nuevas. Lo que en literatura se llama el "folio en blanco". El creador se sienta delante de la silla y no hace una mierda. Se pone listas de YouTube con temas inspiradores, toma tés verdes con frutos del bosque... pero sigue sin hacer una mierda. Y acaba tirando la toalla para ponerse series de Netflix como si no hubiera un mañana posible.

Cuando el sofá tiene marcada la forma del culo del creador y está inundado de palomitas que no han explotado y pelusas de mantas, alguien pulsa el interruptor de la segunda fase. El creador se torna en rumiante. Su cabeza rumia algo, una idea, un concepto, lo que sea. Lo masca y mastica como una vaca india. Lo centrifuga, incluso. Y la idea se va haciendo bola dentro del creador como un filete pasado. El creador empieza a hincharse por causa de la expansión sin límites de la idea. La idea le come todo el terreno al resto de ideas hasta el punto de que todo es superfluo.

Y un día el creador vomita, donde sea y como sea. Pero hasta que vomitas todo apesta menos Netflix y las mantas calentitas.

domingo, 23 de octubre de 2016

Abascal, héroe nacional

          Cuando Santiago Abascal montó en su Charizard, España entera cayó rendida a sus pies. Subido a su alado corcel sobrevoló el horizonte de las dos Castillas, las Vascongadas y las costas el Mediterráneo. Allá por donde pasaba subyugaba a todo aquel que osase hacerle frente. Ni siquiera el otrora afamado Frente Comunista Judeomasónico pudo plantarle cara. Pronto el largo y ancho del país se vio subsumido a un Santiago Abascal que solamente tenía una idea en la cabeza: devolver España al pasado más remoto. Refundada la Inquisición y reconstituidos los Tercios, Abascal determinó que la reconquista de Gibraltar sería su primer acto por el que pasaría a la historia con mayúsculas.

          En un tiempo récord logró reunir a la Legión, a la Armada Invencible y al resto de tropas, entre las que eligió personalmente a los soldados más valientes y atrevidos para que formasen parte de su guardia personal, a la que denominó Corazones de Viriato. Una mañana soleada el ejército partió hacia tierra extranjera, con el propio Abascal liderando la marcha montando en su llameante Charizard, con su media melena nada afeminada ondeando al viento y la Constitución del 78 debajo del brazo. Tal imperial efigie fue demasiado para las tropas gibraltareñas, que poco tardaron en huir despavoridas ante el poder de España, sollozando para poder seguir disfrutando de sus insípidos tés y su humor de mierda.

          Abascal, salvador de la patria y ya reconocido héroe nacional, decidió celebrar la victoria como solo a él podía ocurrírsele. Mandó a su Charizard que incendiase cualquier mínimo libro, biblioteca o signo de la cultura gibraltareña, porque no hay peor ataque para un pueblo que olvidarlo. Cuando su fiel montura acabó el trabajo, el propio Abascal, en un alarde de fuerza y valentía, se encomendó a sí mismo la tarea más ardua de todas: escalar hasta lo más alto del peñón y demostrar así al resto del planeta el poderío de nuestra nación. Aún los más ancianos, niños por el entonces, recuerdan con añoranza la bella imagen de un Abascal con el torso desnudo clavando la bandera de España en lo alto del peñón, con su Charizard alado sobrevolando el lugar entre llamaradas flamígeras, despertando el fuego de los corazones españoles. Porque todos sabemos lo que nos importa a nosotros Gibraltar.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Tatuajes

La diferencia entre un valiente y un cobarde es que el valiente decide hacerse un tatuaje y se lo hace, mientras que el cobarde se tira una semana de verano pensando el diseño, buscando tatuadores en toda la Comunidad de Madrid y preguntando precios para luego simplemente mandarle un correo a la tatuadora con la que ya habías concertado una cita para decirle que se olvide, que te has echado atrás y que lo mismo un tatuaje es algo demasiado importante y que prefieres cambiarte de gafas. Y le escribes todo esto a la que iba a ser tu tatuadora después de tirarte media hora delante del espejo del baño, con el pantalón del pijama remangado y mirándote el cuádriceps derecho, con cara de si sí o si no, cagándote en tu cobardía y en tu indecisión. Y escribes el correo sabiendo que en el fondo dabas por hecho desde el principio del proceso que acabarías echándote atrás, como también sabes la más que segura reacción de tu tatuadora, leyendo el correo con indiferencia, borrando la conversación como borra otras tantas. Porque la tatuadora y tú sabéis, ambos lo sabéis, que aunque eres un verdadero cobarde, no eres el único; y que todo el tema del tatuaje va a tener que esperar.

viernes, 29 de julio de 2016

Verano sin hielo.

Dos gotas de sudor te bajan por la frente, te recorren la patilla y caen en picado contra la almohada. Son las tantas de la madrugada y la cama huele a almizcle y a mezcla de perfumes. Ella está tumbada a tu lado, seguramente también sudando y con un brazo sobre tu pecho. Ninguno de los dos dormís, no hay quién duerma en pareja los veranos en Madrid. Al ventilador le falta potencia. Las sábanas se te pegan a los muslos. Pero aún así ella tiene su brazo sobre tu pecho. Lo mueve a veces, centímetros arriba, centímetros abajo. Cada vez que lo hace produce un sonido pegajoso. Como una tira de velcro ya desgastada. Mueve el brazo por temor a que el calor lo derrita y lo funda contra ti y jamás de los jamases nadie pueda separarlo. Tú quieres que lo quite, te estás asando. Intentas que ninguna de tus extremidades toque otra. Estás con un brazo debajo de la almohada y el otro en paralelo a tu costado, las piernas entreabiertas y con un brazo ajeno sujetándote el pecho como los cinturones de seguridad de los parques de atracciones.

No dormís pero pensáis. Los dos, mirando al techo, uno con un brazo debajo de la almohada y la otra con toda la melena desparramada por la cama, ambos desnudos, con una ligera sábana de lino que tapa lo justo para que se vean dos pelvis, una depilada y la otra no tanto. Los dos tenéis que estar pensando en algo. Tú seguramente pienses en que por mucho calor que haga, que lo hace, y por muy húmeda que esté la almohada, el hecho de que el brazo de ella te aprisione justamente el pecho y no otro lugar tiene que significar algo bueno. Algo fresco entre tanta bruma abrasadora. Empiezas a imaginar que ese brazo no está hecho de músculo y hueso sino de hielo macizo, y que con cada movimiento refresca cada poro de tu piel, dejando un rastro de agua congelada que se filtra por tu dermis como por la tierra caliza y va superando capas y capas hasta llegar al corazón, que arde. Y el contacto del agua con tu corazón hace que tu pecho humee como unos baños romanos, empañando toda la habitación de vapor. Piensas que deberías contarle este pensamiento onírico, que a lo mejor todo esto significa algo y que estaría bien que ella lo supiera. Pero decides que el silencio que reina esa madrugada es lo único que puede conseguir que la habitación no eche a arder de un momento a otro.

Ella, como si fuera una espía en plena Guerra Fría, parece intuir todos tus pensamientos y comienza a cambiar el ritmo de los movimientos de su brazo. Pone la palma de su mano justo en el centro de tu pecho y sube los dedos hasta que solamente el filo de sus uñas rozan tu piel. Ella empieza a moverse por todo tu pecho sobre la punta de sus dedos, con una caminata enérgica que eriza tus pezones en cuestión de segundos. Hace todo lo posible por no hacerte cosquillas. Poco a poco las idas y venidas se van tornando más rápidas y violentas, y en un frenético instante ella pellizca tu piel y te arranca de cuajo un pelo del pecho, justo donde se supone que debe estar tu corazón. Tú te muerdes el labio con rabia para no soltar un quejido. Ella sabe que te ha dolido. Le encanta cuando te duele, eso le da poder. Aunque conoce que su brazo no está hecho de hielo macizo y que no puede derretirse poco a poco para filtrarse hasta tu más profundo interior, también sabe de sobra que, poco a poco y pelo a pelo, se está abriendo paso. Pero tampoco piensa decírtelo a ti, suficiente calor hace ya en la habitación.





lunes, 25 de julio de 2016

Apagón

Te preguntan qué buscas y te encoges de hombros. Estás buscando, pero no sabes el qué, y por eso no encuentras.

Buscas alguien que responda las preguntas que no te atreves a realizar. Alguien que asienta y niegue, que te asienta y te niegue. Todo eso es lo que buscas, antes del apagón.

jueves, 28 de abril de 2016

Ambición es trascendencia

Un día le dije a mi madre que no soportaba a la gente sin ambiciones, a aquellos seres que no ven más allá de un canon, que no aspiran a más que ser un canon. Familia prototípica con una parejita de pequeños, veraneando todos los agostos en Santa Pola, con un monovolumen gris oscuro y un trabajo estándar de lunes a jueves pero increíblemente divertido los viernes. Y nada más, felices así, durante toda la vida. Yo no me lo creo.

Hay que desear, hay que esperar, hay que anhelar. Las metas que te pones dicen demasiado de ti. Todo esto trata sobre escalar una montaña para ver la cumbre que hay detrás, se trata de superar a tus padres, no en conformarte con ser como ellos. Se trata de la ambición, aunque a veces pueda matarte.

La ambición es trascendencia, romper con las puertas, ganar un Nobel o reforestar el Amazonas. Se trata de crear o de destruir, pero siempre de hacer y luchar. La ambición es despertarte todo jodido, lleno de ojeras, y echarte el macuto a la espalda, no pensando en un monovolumen gris oscuro sino en conseguir un sueño. Tú eres tus ambiciones, así que déjalas volar y hazlo tú tras ellas.

domingo, 10 de abril de 2016

Rec.

El cursor parpadea, como un latido, en la primera línea del documento vacío. Pensaba escribir algo nuevo sobre todo lo que apesta esta sociedad, lo hipócritas que somos o sobre cómo odio a la gente que planta el culo en el asiento de afuera del autobús para que nadie se siente a su lado. Pero nada de eso va a pasar. He venido a escribir que me acuerdo. Sí, me acuerdo, de casi todo, de lo bueno y de lo malo, me guste o no. Y necesito contarlo porque no debería. Mucho ha pasado ya, pero ahí sigue, como si fuese ayer y no hace ya tanto tiempo.  Me dije a mí mismo que esto no iba a pasar, que todo se acaba olvidando, pero no, resulta que me equivocaba. Aquí continúa, como los posos del vino, como si me lo hubiesen grabado a fuego y aún pudiera olerse el humo del cerebro chamuscado.

Me acuerdo del primer día, del último y del número ciento treinta y cinco, cuando no sé bien por qué acabamos en una fiesta de disfraces sin ir disfrazados, bebiendo cerveza negra y bailando charlestón en medio del salón de aquel tipo. También recuerdo el olor, a mantequilla, a aguacate o a sudor. Mis cavidades nasales se expanden, la piel de mi cuello se eriza y sin querer sonrío. Y lo hago porque me acuerdo, del verano sin parar por casa o del invierno sin salir de ella. No me olvido de mi portátil bloqueándose tras cuatro horas seguidas viendo series, ni de aquella tarde en que el grifó se rompió y pudimos hacer unos largos por todo el pasillo, esquivando el mueble bar. El seguro pagaría las goteras, daba igual. Lo importante era nadar, a mariposa o de espaldas, y chocarnos a mitad de camino. Te digo que me acuerdo del pueblo, de las espigas y de cuando me dejaste tirado en aquel bar de mala muerte. Ya había pedido dos chupitos de tequila, y me los bebí los dos. Recuerdo que luego me llamaste, un loco había amenazado con tirarse a las vías del tren. No me extraña, ese día hacía un frío de mil demonios. Sí, también me acuerdo del frío,  de las malas palabras y de los vacíos.

Como te digo, me acuerdo de casi todo, y no sé si eso es bueno. Me dije a mí mismo que esto no iba a pasar, que todo se acaba olvidando y que un día va detrás de otro. Y aquí estoy, viendo pasar las semanas mientras sigo sentándome en el lado de la ventanilla del interurbano, diciéndome que lo mismo no debería recordar tanto, que mi cerebro está ya suficientemente chamuscado.

lunes, 22 de febrero de 2016

Enciende el flexo y sigue

Se sentaba delante del ordenador con unas ganas de escribir tremendas pero no escribía. Se había dicho que el propósito de año nuevo iba a ser lograr publicar por lo menos tres artículos en medios diferentes, pero no escribía. Sentado, allí delante de la pantalla, encendía el flexo, abría una documento de texto y pensaba. Se dejaba la cabeza, dándole vueltas al cómo y el dónde, pero olvidando el qué. Sabía que temas sobre los que hablar tenía demasiados, cada día más. Las ideas le venían como te vienen las facturas. Le inspiraba todo: el cine, los libros, la música y hasta la gastronomía... pero no escribía, y no lo hacía nadie sabe por qué. Se tiraba las horas sentado, escuchando música, con un documento de texto en blanco reflectando en su cara, con el ceño fruncido y los labios apretados. Y nada más.

A veces pensaba que si hacía repaso a sus revistas habituales sabría cómo enfocar la cuestión, dónde mandarlo y todo eso. Cerraba el documento y abría la mitad de la barra de favoritos de su buscador. Revistas de cine, de literatura y de pensamiento. Y las leía, una y otra vez. Abría la parte en la que las revistas te explican las normas para colaboraciones, y las leía. Una o dos veces por semana. Pero no escribía nada. Quería publicar en todas, para cada una tenía temática, concepto y propuesta. Él quería ser como aquellos que publican de vez en cuando, no siempre, sólo a veces. Él quería hablar de lo que le gustaba, que eran muchas cosas, y sobre lo que sabía, que también eran muchas cosas. Le encantaba repasar los perfiles de los redactores de sus artículos favoritos, hacer repaso a las novedades y atreverse a criticarlas. Le encantaba todo esto de la escritura, pero no escribía.

Quizá alguien le dijo algún día que para publicar hay que ser de los mejores, o que ahora mismo solamente salen en las revistas la gente conocida. Pero sabía que era mentira, porque de vez en cuando veía como amigos suyos colgaban en su muro de Facebook sus nuevos artículos, sus novedosas colaboraciones sobre la última película de turno o sobre una exposición en no sé dónde. Y él las leía, y algunas le gustaban, y se moría de envidia. Él también quería un trozo de ese pastel. Él estaba verdaderamente deseoso de entrar en ese mundo, de llenarse la cabeza de ideas. Seguro que había hueco para él, no era tonto, sabía de lo suyo, y escribía bien. Pero no lo hacía, prefería construirse una Arcadia particular en la que todas las revistas del país estaban esperando sus artículos, guardándoles las páginas centrales y contratando a los mejores fotógrafos para él. Fantaseaba con escribir sin presión, sabiéndose de una publicación segura, fuese donde fuese. Y aunque sabía que las cosas no son así, poco hacía para cambiarlo. Su música seguía sonando, su teclado intacto y su documento de texto aún en blanco, reflectando en su fantasiosa cara.


Pero un día algo le hizo cambiar, y escribió dos párrafos sobre algo de lo que sabía, algo que le había llenado y sobre lo que puso sentimiento y técnica a partes iguales. Y después vinieron otros cuatro párrafos, y luego un par más, y cerró su primer artículo sobre algo. Y desde entonces no ha parado, sigue ahí, dándole cera a las teclas, con el flexo a toda mecha y un cargamento de té negro, escribiendo sobre cosas, publicando en sitios y sintiéndose parte del pastel. 

domingo, 10 de enero de 2016

En Gran Vía o en Las Ramblas

Una calle adoquinada, digamos que la Gran Vía, las Ramblas o la que tú quieras. Una línea recta, trazada con escuadra y cartabón. Sin coches, sin gente, sin nada, solamente una ligera llovizna, las farolas encendidas y tú en el centro de la calzada, caminando lentamente, mirando al horizonte, con las mejillas llenas de gotas, el pelo empapado y las manos en los bolsillos. Andas y andas como si contigo no fuera la cosa, en esa calle vacía, escuchando el chapoteo de tus zapatillas; y lo haces sabiendo por qué. Mucho ha pasado desde entonces. ¿Quién te lo iba a decir, eh? Muchos meses que parecen tan pocos. ¿Cuántos van ya, siete? La última vez que estuviste en esa calle estaba repleta de gente, de coches, de ruido. Repleta.

¿Qué ha pasado en estos meses? La gente se ha ido evaporando paulatinamente, primero aquél, luego esos otros dos, luego él. Hasta quedar desierta. ¿Y de quién es la culpa? Seguramente sea tuya, ya te lo decían. "¿Pero qué culpa voy a tener yo?", preguntabas. "Pues bien deberías saberlo", contestaban. Y sí, que culpa ibas a tener tú, con tus mejillas, con tus zapatillas y esos andares de que contigo no iba la cosa. Pero en esas estás, trazando lentamente una línea divisoria, pasito a pasito, sin sacarte las manos de los bolsillos y pensando en qué pudo pasar, en quién tiene la culpa, si es que la tiene alguien. Las cosas son así y poco queda por hacer, bien lo sabes. ¿Lo sabes?, ¿hay acaso marcha atrás? Poco importa ya, poco te importa ya, por lo que parece. La última vez que estuviste en esa calle estaba yo contigo. ¿Dónde estaré ahora? Lo mismo me echas de menos, lo mismo piensas en mí mientras dejas las farolas encendidas tras tus pasos. Yo ya soy llovizna, yo ya soy recuerdos. Recuerdos que no sé si podrás olvidar, por mucho que andes.

La calle va a seguir estando vacía. Sécate las gotas de la cara, deja de andar y grita. Grita mirando al cielo estrellado, como si contigo sí fuese la cosa, como si te estuvieran destripando y como si quisieras que vuelva. Clávate las uñas en las palmas y patalea, hazlo sin más. Quizá yo te escuche. No lo creo, a saber dónde me hallo. Quizá en otra calle trazada con tiralíneas, viendo como la gente desaparece mientras yo camino. Lo mismo estoy gritando. O lo mismo no. Parece que arrecia, lo mejor será que sigamos andando, por si acabamos encontrándonos.