sábado, 28 de noviembre de 2015

Un baúl, una caja de cerillas y un escenario aleatorio

Un día abrió el baúl infinito y sacó todo lo que había dentro. Cogió las mantas, los libros, tu foto y aquel peluche desgastado y lo tiró todo al suelo. Arrojó cada cosa con la violencia típica de las niñas enrabietadas, sólo que tenía veintitrés años y vestía una camisa translúcida pero no ropa interior. Con un escenario desde luego aleatorio dibujado en el suelo de parquet de su habitación, se metió lentamente en el interior del baúl, descalza, con su pulsera de conchas blancas atada al tobillo y una caja de cerillas en la mano; y las fue encendiendo una a una, hasta que alguien se la llevara.