sábado, 28 de noviembre de 2015

Un baúl, una caja de cerillas y un escenario aleatorio

Un día abrió el baúl infinito y sacó todo lo que había dentro. Cogió las mantas, los libros, tu foto y aquel peluche desgastado y lo tiró todo al suelo. Arrojó cada cosa con la violencia típica de las niñas enrabietadas, sólo que tenía veintitrés años y vestía una camisa translúcida pero no ropa interior. Con un escenario desde luego aleatorio dibujado en el suelo de parquet de su habitación, se metió lentamente en el interior del baúl, descalza, con su pulsera de conchas blancas atada al tobillo y una caja de cerillas en la mano; y las fue encendiendo una a una, hasta que alguien se la llevara.

jueves, 1 de octubre de 2015

Serpientes y escaleras

Estábamos mi hermano, su novia y yo jugando a "Serpientes y Escaleras" cuando, de repente, caigo en la boca de una anaconda enorme que me hace retroceder medio tablero mientras que mi hermano me pregunta, sin ton ni son, que cómo puedo estar follándome tías habiéndolo dejado con Vanesa hace tres semanas. Y ante una situación tan sumamente tensa, lo único que se me ocurre es levantarme muy ofuscado de la mesa, darle un manotazo violento al tablero y marcharme enseñando a los presentes mi omnipotente dedo corazón; todo ello para dejar verdaderamente claro que paso de sus mierdas, del "Serpientes y Escaleras" y de Verónica. Todo para dejar verdaderamente claro que soy un cobarde busca atajos y que cuando el corazón está jodido siempre funciona el sacar un dedo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Maleta verde

En el mundo en el que toda la gente llevaba maletas grises, de esquinas redondeadas y asa multiposición, mis rodillas iban llenas de cardenales por culpa de las esquinas puntiagudas de mi maleta verde. Pero claro, en el mundo de las maletas grises redondeadas, yo tenía que fardar de maleta verde y de cardenales en las rodillas.

Paseaba cada domingo por el aeropuerto, que por aquel entonces se llenaba de gente amaletada, que venía de allí para ir a allá. Pues yo daba vueltas, en círculos, con mi maleta verde detrás y las miradas atónitas de los grises viajantes. Yo nunca había salido de Madrid, pero mi actitud decía que había viajado más que todos esos pasajeros. Asía con fuerza mi maleta, levantaba el asa para poder llevarla mejor, y nos paseábamos ambos, sacando pecho, de terminal en terminal, riéndonos de todos aquellos pobres infelices. Porque en el mundo gris, nosotros, mi maleta y yo, éramos la esperanza.

jueves, 2 de julio de 2015

Brócoli y tropezones en la soledad de un piso vacío

Cuatro meses viviendo solo. Cuatro putos meses, que son dieciséis semanas y un montón de días. Un enorme montón de días viviendo simplemente con una almohada, una televisión y un agujero en una de las baldosas de cerámica de la cocina, que hice hará algo mas de dos semanas, cuando intentaba arreglar el armario de las especias y se me cayó el martillo, haciendo un sonido como a moneda de cobre. Un puto agujero enorme que intento tapar con una alfombrilla por si viene el casero. Diría que han sido cuatro meses de aprender a cocinar musaka, de pintar cuadros en el salón los domingos soleados y de comprarlo todo en tamaño individual. Pero no, ¡qué va!.

Han sido cuatro meses de bajar en zapatillas de andar por casa al bar de Juanpe, que tiene un menú para llevar de la hostia, con pan y postre. Dieciséis semanas de barrer solo los domingos soleados, de oler los sobacos de cada camiseta para ver si toca lavarla ya o no. Cuatro meses de tirar la basura por la mañana, de acostarme tarde y levantarme temprano. Cuatro meses de ojeras. A veces a buenas, a veces malas. Pero hoy, hoy a muy malas.

Ayer cené brócoli con salsa césar. Resultó que el brócoli (o la salsa césar) estaba malo. Poco importa ya. El caso es que ese brócoli o esa salsa césar le sentó como el puto culo a mi tripa, acostumbrada a pizza fría y palomitas con mantequilla. Y vaya fiestón. Que si vomitar en el salón, que si vomitar en la papelera de la habitación. De verdad no sabéis el asco que puede dar vomitar en el fregadero y tener que quitar al día siguiente los tropezones de brócoli que el sumidero no puede tragarse. Echas litros y litros de agua, y nada, remueves con el tenedor... y nada. Acabas formando una especie de tapón que crea una piscina repleta de cachitos de brócoli flotante, que como no puede ser de otro modo, huele a mierda pura. . Que yo me acuerde fueron tres las veces que vomité, pero lo que no recuerdo tan bien es que a cuento de qué manché una sudadera blanca de vómito si yo en casa voy a pecho descubierto. Pues manché una manga, sólo una, con unas manchas que recreaban formas parecidas a cómo se ven los lagos en un mapa físico de colegio. Pues en esa manga de sudadera estaba Lozoya, Sanabria y hasta las lagunas de Ruidera. Y todavía me pregunto yo que a cuento de qué.



He lavado la sudadera, a mano, en la bañera, con un barreño rojo que utilizo para guardar el agua que se desperdicia en la ducha hasta que coge temperatura. He cogido un cacito de detergente, he llenado el barreño de agua, he metido la sudadera dentro, y me he sentado en un taburete que tengo en el baño (la verdad es que no sé muy bien el motivo de su existencia). La situación, como puede imaginarse, es ridícula. Yo, en pantalón corto de hacer deporte, sentado en un taburete con las piernas abiertas, agachado sobre la bañera, y frotando la puta manga contra otra parte de la sudadera, para quitar las manchas verdecillas que deja el brócoli vomitado. Pues así, mancha a mancha, media hora de mi vida. En cada segundo de esa media hora patética de mi vida he llegado a pensar en qué hago yo viviendo solo sin tener ni puta idea de nada, en que mi madre está deseosa de que vuelva a casa, que para ella es el único hogar que voy a tener. Durante esa media hora ha dejado de importarme la libertad de horarios, el hacer lo que me dé la real gana y el pasear desnudo por toda la casa. Durante esa media hora lo único en lo que pensaba era en lo mucho que echaba de menos mi casa. 

Poco después he tendido la sudadera en la terraza, he gastado medio ambientador de limón concentrado en el baño, me he puesto las zapatillas y he bajado al bar de Juanpe a ver qué tiene hoy de comer. Y rezo a Dios para que no sea brócoli.

lunes, 1 de junio de 2015

Ajedrez y alitas de pollo

Me pregunté qué sucede cuando disparas a alguien en las dos rótulas con una escopeta recortada, así que lo hice. El asombro es lo que pasa. No suena como el crujido que hacen las alitas de pollo al troncharlas. No suena a nada reconocible. Se parece a un jaque mate, cuando tu reina empuja la cruz que tiene el rey en la cabeza para que rebote contra el tablero. Y el rey rebota, gira sobre su base, y se queda mirando al horizonte, tumbado. Luego me pregunté qué pasaría si le disparaba con un revólver. Pero no tenía sentido.

miércoles, 20 de mayo de 2015

La tortuga de Irene

Ella no quería un novio, ella quería un perro. No, un perro no, que a veces lamen, que a veces ladran, y que a veces mueven el rabo como explícito síntoma de felicidad cuando ella abre la puerta después de un abandono premeditado. Los perros son demasiado cursis para ella. Ella quiere una tortuga. Sí, una tortuga es lo que busca, y no un novio. Una tortuga con un caparazón tan gigantesco y resistente que aguante golpes de yunque y martillo, atropellos de camiones y palabras con doble filo.