martes, 16 de diciembre de 2014

Nuestra camiseta

Son las nueve de la mañana, y ella abre los ojos mientras suelta un pequeño gemido para desperezarse. Yo me hago el dormido, siempre lo hago, siempre lo haré. Puede parecer una tontería, pero lo hago sencillamente para poder notar cómo me mira mientras duermo, esos cinco minutos, antes de que se levante para ir al baño. Esos cinco minutos parecen ser una hora, una hora de aplausos, una hora idílica, de ángeles llorando. El ambiente huele a sexo y sudor, se corresponde a la noche anterior, y sonrío para mí mismo. No hay mejor manera de despertarse un domingo que con la mezcla de olor a sexo y la presencia de una mirada que jamás querrías perder. Una mirada a la que deberían prohibirle el pestañeo. Una mirada perenne, pero solo intuida. Quizá en realidad no me está mirando, pero da igual, la sensación de calidez es notable simplemente con su respiración en mi cuello, respiración constante, a ritmo con mis sístoles, y dando envidia a mis diástoles.

Son las nueve y cinco de la mañana, y sigo haciéndome el dormido. Como el último suspiro de un convaleciente, su respiración en mi cuello se apaga, y me deja tal frío dentro de mí que ni mil sábanas polares podrían encender una llama en mi pecho. Es el momento de actuar. Son cinco minutos de preparación para dos segundos de redención. Noto como se levanta de la cama, como suena el colchón, y recuerdo como sonaba ayer. Anda de puntillas, con pisadas felinas sobre la alfombra, para no despertarme, como si yo estuviera durmiendo. ¡Pobre insensata, si supieras de mi artimaña de espionaje! Y va rodeando la cama, en busca de sus calcetines. Los encuentra, y llevándolos en las manos, se acerca a la puerta de salida, al límite entre el mundo y nuestro mundo. Y es en ese momento, cuando ella abandona nuestro mundo, cuando cruza la frontera entre el olor a sexo y el olor a ciudad; cuando yo, sin aguantarlo más, entreabro un ojo. Y obtengo la visión por la que cualquier condenado repetiría su crimen. Vale la pena privarte de sus ojos durante cinco minutos si después te aguarda lo que ahora observo. Y siempre haciéndome el dormido, así vale más la imagen. Es como ver a una pantera sin que ella lo note, como ver a un padre pobre dándole de comer a sus hijos pese al hambre del primero. Hay que estar allí para entenderlo, y notar que se siente, esa felicidad solamente equiparable a la de un niño que empieza a encontrarse con sus pies, y a regocijarse con ellos. Y es así cómo, con un ojo entreabierto y sabiendo que el domingo ya vale la pena, veo sus gemelos, su pelo moreno suelto, su descalcez, y nuestra camiseta.

Blanca, aparentemente inocente, pero ha presenciado momentos dignos de confesionario. Su precio no supera el puñado de euros, su valor es inestimable. Mi santo manto, su pecaminoso trapito. Esa camiseta, comprada hace años, abandonada no hace tantos, resucitada al tercero, el mismo año que llegó ella. No es gran cosa, la camiseta digo; totalmente blanca, pero para nada pulcra. Ancha para ella, que deja imaginar lo que cubre, con el cuello desgastado de tanto roce, roce con ella. Y sin embargo, esa camiseta lo representa todo en mi vida. Representa el compromiso, el sexo adolescente, los besos en el cuello, las risas en la cama. Representa lo que nosotros somos. Quizá por eso la miro con un ojo entreabierto solamente. Es una camiseta sacralizada, y ensuciada cada semana, ensuciada con los mismos actos que la sacralizan. Ella sabe el poder que esa camiseta tiene sobre mí, como también sabe el poder que tiene lo que guarda debajo, su desnudez, su espalda, sus senos. La guarda a ella. Es paradójico saber que algo tuyo protege a algo que quieres que sea tuyo. Y los dos sabemos que cuando se vaya, la camiseta no volverá a tener dueño. Quizá la entierre, como a ella cuando se vaya, o la enmarque, como se hace con los símbolos. No lo sé, no quiero pensar que se irá, ni que me dejará lo que ahora la protege, su caparazón de algodón.

En todo esto pienso mientras ella sale de la habitación rumbo al lavabo. Todo esto intento olvidar cuando sé que ella se irá, algún día, cuando encuentre otra camiseta más digna de ella. Y todo con un ojo entreabierto, como si no me creyese lo que veo. ¡Sólo me falta pellizcarme para saber que no es un sueño! Un sueño arrugado y desgastado, como la camiseta, claro. Pero en esos segundos en los que por mi cabeza solamente recorre la idea de sus gemelos, de su pelo, y de nuestra camiseta, todo da igual.

Suena el lavabo, el agua correr. Imagino que ella coge el agua con sus manos y la acerca a su cara, en un intento de limpiar los restos de la noche anterior, y por qué no, su conciencia. Tras esto, y cómo si fuera lo más natural que haya hecho en su vida, se dirige a la cocina, a prepararme el desayuno, con la camiseta puesta. Qué poco soporto ésto. No se puede mancillar nuestra camiseta mezclándola con olor a bollos recién hechos y café colombiano. Tiene que ser pura a su naturaleza, no adulterada. Pero bueno, siempre me queda el consuelo de que ahora hay que devolverla a su contexto. Y yo desde la cama, con el ojo entreabierto aún por miedo a que ella aparezca de golpe, me sonrío a mí mismo otra vez, reconociendo que mi paranoia mental respecto a ella y la camiseta es de lo más ridícula. Pero es mía, la paranoia digo. Y me encanta.

Ya llega el olor a desayuno, a mundo real. Y vuelvo a cerrar el ojo, y a reforzar los esfuerzos en parecer dormido. ¿Se creerá ella que estoy dormido, o conoce el mentiroso secreto y lo toma como un juego? No importa, mientras lleve la camiseta. Ya se escuchan sus pasos de gata, andando de puntillas, y dejando a la imaginación como sus gemelos se contraen en cada paso. Noto su presencia, en la puerta, mirándome, con el olor a desayuno inundando todo nuestro altar obsceno. Y, como si fuera lo más natural del mundo, ella deja escapar estas palabras suavemente, para despertarme de una manera muy dulce... ni que estuviera dormido:

­­­– Cariño, son las 9.30, y he hecho café.


Este relato se encuentra incluido en el libro El lápiz, el papel y las manzanas blancas. Recopilación de relatos editado por Editorial Clan Tintachina.



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