miércoles, 25 de junio de 2014

Tren de humo rojo


Cuando los martes llegan al ocaso las tazas de té se me abren de piernas. Es difícil tener que perderte el crepúsculo por culpa del subterráneo. Ventanas inútiles, como topos sin uñas, son aquellas de los vagones del Metro; y un proceso oscuro, casi kafkiano, supuso que me encontrase con el revelador. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, pensé al verle. El revelador era viejo, muy viejo, con ese principio te tembleque que sacude su realidad como un martillo percutor. Y el revelador martilleó mi sensibilidad cuando, sentándose a mi lado en la oruga mecánica a la que llamamos transporte público, desplegó un panfleto que segó mi idea inicial acerca de su persona, de su pasado, y de su porvenir. El viejo era comunista, portaba la estrella de cinco puntas en su corazón y en su boina. Aquel hombre era, y quién sabe si sigue siendo, el Revelador Rojo.

Sentado a su lado me atemoricé, pues el Revelador Rojo chasqueaba la lengua como chasquean los gatillos de los kaláshnikovs en Uganda. Cerré los ojos, y comencé a pensar lo que el Revelador Rojo sería capaz de construir hoy en cualquiera de las organizaciones no contaminadas por el reformismo. Maldigo cada noche a estos jóvenes modernos, que se han alejado del espíritu de Octubre para adentrarse en bosques de clases ahogadas bajo troncos que luego serán dólares. ¡Malditos ellos!

Se echaban de menos hombres comprometidos, consecuentes con lo que idealizan. Yo mismo echaba de menos verdaderos camaradas de cóctel incendiario y palestina, compañeros que chasqueasen la lengua en disconformidad con el rumbo tambaleante que tomaba nuestro barco, capitaneado por hombres que perdieron su hoz y su martillo hace tiempo, y que ahora buscan el norte de una tripulación que no distingue la proa de la popa.

En ese justo momento en el que la voz femenina del tren, ya mecanizada, anunciaba el nombre de la siguiente parada, yo fundí mis pensamientos con el olor a sudor proletario de la realidad. Y al abrir los ojos, los alrededores se tiñeron de las alucinaciones de un vagabundo ruso que llora por la vuelta del hombre de acero. En los asientos de enfrente se encontraban Lenin y Marx jugando al ajedrez, quienes miraban de soslayo a Ernesto Guevara, que recriminaba aquella horizontalidad pragmática que le proponía Rosa Luxemburgo. Y pude ver también a un decaído y grisáceo Víctor Jara rebuscando su lengua entre los asientos, con lágrimas en los ojos. Ramón Mercader, odiado por muchos, leía el periódico dos bancadas a mi derecha, mientras toqueteaba con sus dedos aún impolutos su ya afamado piolet, a la vez que Malcolm X y Ho Chi Minh discutían acaloradamente sobre la autodeterminación de los pueblos.

Todo este panorama de gerifantes cojos de la pierna izquierda era reflejado por el aura del Revelador Rojo, y yo, anhelando pasajes pasados e imágenes de 1917, me dejaba llevar en su corriente, hasta que, sin previo aviso, el viejo que había hecho de un trayecto de cuatro paradas un paseo por todo el siglo XX, volvió a plegar su panfleto y se lo guardó en el bolsillo, cerrando la puerta a hechos que no iban a ocurrir de nuevo, excepto en mi imaginación.