miércoles, 21 de mayo de 2014

JUZZT CRAZY


 
–¿Quién es usted? – le pregunté, mientras él pedía un ron doble sin hielo.

Camisa blanca, con manchas de sudor en las axilas, como si viniese de correr una larga distancia; ésa fue la primera visión que me llevé. Llevaba ropa de camarero, con el cuello desgastado del roce, quizá por culpa de aquella barba. Su barba descendía desde sus patillas hasta la barbilla, cual estampida de intrépidos bisontes negros como el azabache. Su barba era poblada pero irregular, salpicada de algún remolino que llamaba a la rebelión. Remangado, dispuesto a faenar, y sin reloj. Con pantalones marrones, visiblemente utilizados, y unos zapatos habitados por unos pies que no dejaban de moverse al son de Miles Davis, aquel hombre no entonaba con el divergente ambiente del lugar.

Monóculos chocaban con el olor a carbón de la mina. Aquella disolución entre abundancia y necesidad era habitual cada viernes. El etilismo viajaba de boca en boca, y el estruendoso algarabío que formaba aquella panda de borrachos gritando a las bailarinas era tan atroz como un despertar sin sol. Y entre todo aquello, ese hombre me miraba, con unas ganas de hablar y tal cara de afligido que daba lástima no preguntarle el motivo de su tristeza. Por eso le hablé, en busca de una identidad. Él me contestó.

–Yo era Kyle, el saxofón de Juzzt Crazy. Ahora soy Kyle, el antiguo saxofón de Juzzt Crazy.

–¿Perdone?, no he entendido bien, ¿Juzzt Crazy? –continué.

–Era lo que todos quieren cuando lo tienen todo, era nada. Ahora es lo que todos quieren cuando no tienen nada, la muerte –me contestó, riendo y enseñándome sus dientes amarilleados por los habanos–. Juzzt Crazy era mi círculo esperpéntico, mi trabajo, mi casa de putas, mi nirvana. Pero también era todo lo banal, las Navidades, un paraguas sin abrir, mi periódico. Juzzt Crazy era Kyle.

–¿Quiere usted decirme que era su trabajo?

–En cierto modo. ¿Sabe usted lo que se siente cuando alcanza la realización personal? –preguntó. ¡Qué iba a saber yo!–. Pues en eso consistía mi trabajo, además de en beber whisky; y sudar, sobre todo en sudar –y un temblor frío le recorrió la espalda, como si hubiese sido invadido por un fantasma. 

Se terminó su copa, y le pedí otra. Decidí invitarle, aún no me he preguntado por qué. Es lo que tiene este tipo de conversaciones, esporádicas, que sorprenden a uno hasta el punto de promoverle un espíritu de camaradería que jamás había suscitado.

–Vale, quiere usted decir que es músico.

–¡No!, en absoluto. Yo no hacía música, yo interpretaba música. Bueno, no sólo yo –reflexionó mientras se rascaba la cabeza–, también Armando, Biggie y Agnese. Nosotros éramos los que hacíamos del Bombo Clap un sitio ideal para pedir un Hendrick's, hablar de la "Belle Époque", y olvidar los gritos de la vecina de tu apartamento de Chicago, o en dónde quiera que vivieses. Nosotros éramos Juzzt Crazy. Nosotros, ebrios, sudábamos y sudábamos cada viernes a partir de las diez, y hacíamos sudar, todo por cinco dólares.

 –Creo que comienzo a entender –le dije.

No entendía una mierda, nada de nada. ¿De qué iba este tipo?, tan pobre, con pintas de no tomar un baño en mucho tiempo, y tan interesante. Este individuo había logrado que una noche más de viernes en el Bombo Clap adquiriese una magnitud de interés muy poco habitual. Pero seguía sin entender nada de lo que me contaba. Estos borrachos baratos son tan incomprensibles. Me estaba quedando sin un centavo, era hora de irse a casa.

 –Usted tocaba en un grupo de música, aparentemente de jazz, tales son sus pintas. Pero no comprendo algo de usted, algo que me lleva llamando la atención desde que pregunté su nombre. ¿Por qué habla de sí mismo en pasado?

–La música es la borrachera del ayer, y yo soy un viejo que vive ebrio.

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