martes, 4 de febrero de 2014

Saltando disfunciones


Su madre y yo nos vamos a divorciar. No porque yo quiera, ni porque no la ame. Ojalá fuese algo de ese estilo. Tampoco porque ella, en un arrebato impulsivo de los suyos, se haya tirado a cualquiera. Para nada; simplemente, hace tres o cuatro días, cuando estábamos en la cama, leyendo cada uno lo nuestro antes de dormir, se quitó las gafas y me dijo:

–Esto no funciona, y lo sabes, mañana iré a pedir la carta de divorcio. Haz que esto sea sencillo, por favor.

–¿Qué?, ¿cómo?. No entiendo nada, ¿estás hablando en serio? –respondí yo haciéndome a la vez el sorprendido y el indignado.

–Pues claro que hablo en serio, Hugo –dijo, y sus mofletes, esos mofletes que tanto me gustaban, se tornaron rojos e hinchados –. El lunes que viene recogeré mis cosas y me iré a casa de mi hermano.

–Pero... así, de golpe. Sin explicaciones, solamente el tiro en el pecho. Estás siendo muy egoísta, Clara, y esto tú también lo sabes –logré balbucear. Intenté llorar, pero era tal mi sentimiento de sentirme perdido que solo conseguí parecer un niño emberrinchado.

–Me voy a Italia en tres semanas, te dejo al niño. Pienso venir una vez al mes a verle. Más te vale que no le pongas en mi contra.

 

Y aquí estoy hoy, con mi hijo Unai, en el sótano de casa, diciéndole que su madre se ha ido, pero que volverá a verle. Diciéndole que no se preocupe, que su madre le sigue queriendo, pero que tenía que cambiar de vida, porque lo necesitaba. ¡Cuántas preguntas, cuántas preguntas hace este niño! Que si cuándo volverá mamá, que si es por su culpa, que si es por la mía. No sé qué contestarle, y se me cae el mundo. Nunca he sido un padre charlador, eso era cosa de ella. A mí me gustaba jugar con Unai, hacerle reír, pasármelo bien. Lo de hablar era cosa de Clara. Pero este niño no quería jugar, quería hablar; y en esa batalla, yo tenía todas las de perder.

Decido echar un vistazo alrededor, para ver si había algo que me sirviese de escapatoria ante este interrogatorio digno de la CIA. La primera sensación fue de vacío. Yo nunca amontono cosas que no voy a utilizar, por lo que el sótano estaba invadido de cosas de Clara, de cajas y cajas ya embaladas para su mudanza. Poco mío hay aquí abajo. Mi saxofón, dos o tres cajas de cómics,  algunos cachibaches, y dos sacos. Dos sacos de tela, casi de esparto. Dos sacos que no recuerdo muy bien que contenían, pero que ahora estaban vacíos. Dos sacos que no sé ni si me pertenecían, o si eran de Clara.

Y sin pensármelo dos veces, me separo de Unai y me acerco a los sacos. Los inspecciono, por si estaban sucios o rotos, y me meto en uno de ellos. Unai me mira con cara de incredulidad ante mi respuesta a la situación que estábamos solventando. El pobre no entiende nada. Y yo, más infantil que él, me acerco a donde estaba antes, dando saltos con el saco, y le digo:

–Te echo una carrera, ¿o acaso eres un cobarde?

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