jueves, 27 de febrero de 2014

Discutiendo a mordiscos


Cuando la rutina irrumpió en sus vidas desearon no haberse casado. Y los roces se convirtieron en un canto de sirena que atraía a los más burdos marineros al fondo del mar. Jamás pensaron que se podía discutir tanto a lo largo del día, ni pensaron que se necesitaban tanto después de cada pelea, ni que los polvos de reconciliación proporcionaban tanto goce. Las discusiones acaloradas habían logrado que sudasen como nunca, hasta el punto de que Luis, antes de ir a trabajar, tomó la costumbre de tirar la toalla de la ducha al suelo, para recoger los frutos del enfado de Marisa a su vuelta, y correrse antes de cenar. Desde que dejaron las drogas, allá por la loca década de los setenta, no liberaban tantas dopaminas. Y para que cambiarlo, se podía sacar provecho a la autodestrucción de su amor. Darlo todo hasta el final, exprimir al otro al máximo, dejarle seco.

Y así duraron, entre sonidos de platos rotos y el salto de los muelles, más o menos cuatro meses, hasta que Marisa decidió discutir con otros. Luis se lo olía, se palpaba. Los ratos de goce posteriores a llamarla "puta" habían perdido intensidad. Pronto los vecinos empezaron a dejar de quejarse por los ruidos del cabecero, pronto dejaron de comprar todo aquello que rompían al discutir. Y volvieron a acariciarse y a morderse con la luz apagada. La perfección se les acababa, y era algo que a Luis le traía de cabeza. Intentó aumentar la gravedad de las discusiones, para ver si así Marisa reaccionaba y le tiraba de una vez el sujetador mientras se pasaba la lengua por los labios, como a él tanto le gustaba, pero nada. Ni meterse con su familia ni llamarla burguesa de mierda, nada funcionaba. Y comenzó a entenderlo, ella ya guardaba la rabia para otros. El descubrimiento le desató. Volvió a la cocaína y a la tele por cable. Dejó el gimnasio y comenzó a pasarse horas y horas escribiendo cartas póstumas sin dirección, que metía en buzones de desconocidos, como anunciando su desdén hacia la parca. Hasta que una tarde, y tras escribir su primera carta con destinatario al que enviársela, decidió que ya era hora de poner las cosas donde debían estar.

– Oye Marisa, ¿te has dado cuenta de que hace mucho que no discutimos? –le dijo, en un tono tan amable que rompía de lleno con lo que delataban sus ojeras–.

– Pues no sé Luis, se supone que eso es bueno, ¿no?.

– Nos estamos apagando. Tú ya no estás aquí más que en cuerpo y yo necesito un alma a la que poder gritar.

– ¿Qué dices, amor? Llevas unos días muy raro –le contestó con el brillo de los ojos de un criminal recién pillado–.

– Eres tú la diferente, la extraña. Ya no me follas.

– ¿Qué?, ¿qué ya no te follo?.

– Ya no follamos, Marisa. Y seguimos discutiendo. Sé que te follas a otros. Déjate de gilipolleces conmigo. Llevo un tiempo sabiéndolo, pero necesitaba las fuerzas necesarias que la coca me ha devuelto para soltarte todo esto sin llorar –le replicó Luis, con unas pupilas tan dilatadas que cabría la Luna en ellas–.

– ¿Qué has vuelto a meterte?

– ¡Qué no me cambies de tema! ¿A cuántos estás tirándote, eh? ¿A dos, o quizá tres? ¿Cómo puedes hacerme esto a mí, que te he querido siempre? ¿No soy lo suficientemente bueno para ti, es eso acaso? Siempre dije que eras una burguesa de mierda, puta.

Ahí terminó su última conversación. Nunca más volvieron a hablarse. Luis recogió sus cosas a la mañana siguiente, y se fue, dejando para el recuerdo solamente la carta que escribió el día anterior, justo antes de poner punto final a todo lo que le importaba. La carta estaba formada por un puñado de frases que salían directamente de su corazón, y que logró escribir con un pulso tambaleante que convertía ciertas palabras en la línea que marca el pulso vital de un enfermo terminal.

 Siempre supe que antes de marcharme acabaríamos sudando, tú encima mía. Que los próximos sepan cabrearte como yo.

 Para ti, burguesa de mierda,

Luis.

1 comentario:

  1. Está claro que la indiferencia es lo peor, cuando ya no se discute , o no te importa o hay alguien más. Mari-Sol

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