jueves, 16 de enero de 2014

Hasta donde no existen los contornos


¡Qué duro es cruzar dos manzanas sin mirar el suelo! Cada noche me grito a mí mismo que debo hacerlo. Cuánto nos perdemos al no intentarlo, al ir resignados con la mirada gacha, fija en las baldosas cementosas. Una visión de chicles pegados, basura por todas partes, y desperfectos. Una visión de la vida postmoderna. ¡Cuánto olvidamos del trayecto por ir mirando el suelo!

Olvidamos lo banalmente importante, aquellos detalles grabados en luces de neón que hacen que recorrer dos manzanas supongan un desafío. Olvidamos las sirenas, que cantan en busca de la vida de la ciudad, muy a su pesar. Olvidamos la gente. Multiculturalidad, simbiosis, conflicto.  Y todo por nuestra voluntaria ceguera. Siempre se dice que uno mira al suelo cuando anda para no caerse. Yo digo miedo. ¿Miedo a qué? A no tropezarnos con nosotros mismos, a no poder esquivar todo aquello que encontramos en el suelo, y de lo que nos gusta recrearnos.

Olvidemos ese miedo, levantemos el cuello, y observemos cada nimio detalle que componen dos manzanas de ciudad. De mi casa a su casa. Y sorprendámonos de lo equitativamente viva y muerta que son dos manzanas cualquier día después de cenar. Pero primero hay que atreverse a mirar hacia arriba, donde los destellos de las farolas nos cobijan, donde una infinitud de humos se aúnan para dar un calor específico, agobiante y acogedor al mismo tiempo. Un calor que te hace querer huir, pero que te empuja al epicentro de todo aquello que suponga las raíces de una ciudad, las raíces del hombre que pasea con su pequeño caniche de mujer fumándose un puro, y cuyo olor invade tu intimidad.

Una ciudad, y por tanto dos manzanas, no es más que la suma de las raíces que la sostienen. Quizá por ello siempre vayamos mirando al suelo, olfateando las raíces. Pero olvidamos la flor, una flor de perfume contaminante, y de mil colores. Pero hay que mirar hacia arriba para poder llegar hasta allí.

La ciudad es más pura en la nocturnidad, permite apreciarla cuando parte de ella duerme, y cuando parte se despierta. Es tan fácil apreciarla, tan difícil no entretenerse. Tan simple como bajar al portal, abrir la puerta, y observar tu misma calle por la noche. Sin casi movimiento, excepto de algunos incautos que, ataviados en bata y zapatillas, tiran su basura; o la señora de arriba, que con sus rulos engarzados en la cabeza, decide hacer caso omiso de su perro, y deja sus heces en medio de la acera. Heces que alguien pisará mañana, cuando se quite los rulos. Me fijo en las farolas, que iluminan el camino, excepto una, que, titilante, parece llamarte a gritos. Y es ahora cuando ya no hay vuelta atrás, y en tu propia bata y zapatillas, empiezas a andar. Y la ciudad te acompaña.

Pasan las matrículas, pasan las papeleras, acontecen los semáforos, donde verde, rojo y ámbar se funden en una combinación que nadie respeta, en un caos provocado. Y me fascina cada detalle. La ciudad de noche es como una bronca  de restaurante asiático, donde el jefe grita y recrimina al repartidor, que calla esperando su turno para explicarse. La ciudad de noche es un tour por la desesperanza, pero no todo entristece. Hay tiendas abiertas, que a estas horas saben qué vender y a quién. Entro en una, y desde un pequeño refrigerador, una lata de cerveza mira a los compradores con cara de libertad. Y a esas horas de la noche, sin salir de tus dos manzanas, te crees un libertador.

Ya cerveza en mano, pagada previamente, continúo mi expedición por las dos manzanas que nunca había considerado tan vivas a la luz del día. Ya voy formando parte de ella, como si notase como unas raíces invisibles, y probablemente inexistentes, me aferrasen a ella. Como si un imán interno te empujase contra el suelo frío, para sentirlo, para besarlo. Pero sigo caminando, hasta donde no existan los contornos.

viernes, 10 de enero de 2014

Perdiendo los contornos


Y un día pierdes los contornos. Sin más, han desaparecido. Y la vida se vuelve acuarela. Comienzas a tener una visión de borracho feliz, de borracho antes de vomitar, sin principios ni finales, y todo se mezcla. Ves volcanes helados, niños viejos, incluso honesta hipocresía. Todo se junta en armonía, en esa armonía que crean las últimas gotas de leche al chocar contra el horizonte del café mañanero. Ya no distingues los colores del semáforo, solamente ves un tono que invita a cruzar los pasos que ya ni existen. No hay rojo, no hay verde, no hay ámbar. Hay contaminación de conceptos.

Los paseos se convierten en viajes astrales a relojes de Dalí, y el gris acontece humillando a blanco y negro. Todo es dislexia, ni izquierda ni derecha, y sin embargo, todo es descentrado. Vórtices convergentes divergiendo sin control. Fuga de tiempos para que el mañana se haga nunca, y eso siempre, sabiendo que ayer todo era distinto. Bolígrafos que se funden con la página, saturándola de un reguero indeciso y tembloroso de posibles certezas en una realidad incierta.

No hay contornos, no hay siluetas, no hay fronteras; no hay límites.

Todo es uno, uno es de nadie. A contenidos etéreos, formas inconclusas. Porque un día el mundo es caos, como sonatas de invierno. Sonatas que duermen niños, que avivan mentes. Acaboses que retornan a la matriz. Todo centrifugando, en ambas direcciones, desde siempre, y para siempre. Los periódicos se tornan ilegibles, las fotografías mezclan rostros, como empezar una tarde por Neruda y acabar en Pavese. Hablo de espirales, de símbolos de infinito, donde cada punto que forma una línea intercambia su puesto con otro, aportando simbiosis, abocados al conflicto. Lluvia que traspasa paraguas, pieles de arena de playas tostadas. Colonias que huelen a personas para no ser usadas por personas. Tan simple como un entrelazar de manos.

Hablo de abrir una puerta y quedarte con el pomo, de meter la llave en un baúl y abrirte a ti mismo, de besar unos labios y llevarte un cacho. Hablo de no encasillarse, de estar allí y acá, a la vez, indistintamente, sin perder tu ser, que es indefinible.