martes, 16 de diciembre de 2014

Nuestra camiseta

Son las nueve de la mañana, y ella abre los ojos mientras suelta un pequeño gemido para desperezarse. Yo me hago el dormido, siempre lo hago, siempre lo haré. Puede parecer una tontería, pero lo hago sencillamente para poder notar cómo me mira mientras duermo, esos cinco minutos, antes de que se levante para ir al baño. Esos cinco minutos parecen ser una hora, una hora de aplausos, una hora idílica, de ángeles llorando. El ambiente huele a sexo y sudor, se corresponde a la noche anterior, y sonrío para mí mismo. No hay mejor manera de despertarse un domingo que con la mezcla de olor a sexo y la presencia de una mirada que jamás querrías perder. Una mirada a la que deberían prohibirle el pestañeo. Una mirada perenne, pero solo intuida. Quizá en realidad no me está mirando, pero da igual, la sensación de calidez es notable simplemente con su respiración en mi cuello, respiración constante, a ritmo con mis sístoles, y dando envidia a mis diástoles.

Son las nueve y cinco de la mañana, y sigo haciéndome el dormido. Como el último suspiro de un convaleciente, su respiración en mi cuello se apaga, y me deja tal frío dentro de mí que ni mil sábanas polares podrían encender una llama en mi pecho. Es el momento de actuar. Son cinco minutos de preparación para dos segundos de redención. Noto como se levanta de la cama, como suena el colchón, y recuerdo como sonaba ayer. Anda de puntillas, con pisadas felinas sobre la alfombra, para no despertarme, como si yo estuviera durmiendo. ¡Pobre insensata, si supieras de mi artimaña de espionaje! Y va rodeando la cama, en busca de sus calcetines. Los encuentra, y llevándolos en las manos, se acerca a la puerta de salida, al límite entre el mundo y nuestro mundo. Y es en ese momento, cuando ella abandona nuestro mundo, cuando cruza la frontera entre el olor a sexo y el olor a ciudad; cuando yo, sin aguantarlo más, entreabro un ojo. Y obtengo la visión por la que cualquier condenado repetiría su crimen. Vale la pena privarte de sus ojos durante cinco minutos si después te aguarda lo que ahora observo. Y siempre haciéndome el dormido, así vale más la imagen. Es como ver a una pantera sin que ella lo note, como ver a un padre pobre dándole de comer a sus hijos pese al hambre del primero. Hay que estar allí para entenderlo, y notar que se siente, esa felicidad solamente equiparable a la de un niño que empieza a encontrarse con sus pies, y a regocijarse con ellos. Y es así cómo, con un ojo entreabierto y sabiendo que el domingo ya vale la pena, veo sus gemelos, su pelo moreno suelto, su descalcez, y nuestra camiseta.

Blanca, aparentemente inocente, pero ha presenciado momentos dignos de confesionario. Su precio no supera el puñado de euros, su valor es inestimable. Mi santo manto, su pecaminoso trapito. Esa camiseta, comprada hace años, abandonada no hace tantos, resucitada al tercero, el mismo año que llegó ella. No es gran cosa, la camiseta digo; totalmente blanca, pero para nada pulcra. Ancha para ella, que deja imaginar lo que cubre, con el cuello desgastado de tanto roce, roce con ella. Y sin embargo, esa camiseta lo representa todo en mi vida. Representa el compromiso, el sexo adolescente, los besos en el cuello, las risas en la cama. Representa lo que nosotros somos. Quizá por eso la miro con un ojo entreabierto solamente. Es una camiseta sacralizada, y ensuciada cada semana, ensuciada con los mismos actos que la sacralizan. Ella sabe el poder que esa camiseta tiene sobre mí, como también sabe el poder que tiene lo que guarda debajo, su desnudez, su espalda, sus senos. La guarda a ella. Es paradójico saber que algo tuyo protege a algo que quieres que sea tuyo. Y los dos sabemos que cuando se vaya, la camiseta no volverá a tener dueño. Quizá la entierre, como a ella cuando se vaya, o la enmarque, como se hace con los símbolos. No lo sé, no quiero pensar que se irá, ni que me dejará lo que ahora la protege, su caparazón de algodón.

En todo esto pienso mientras ella sale de la habitación rumbo al lavabo. Todo esto intento olvidar cuando sé que ella se irá, algún día, cuando encuentre otra camiseta más digna de ella. Y todo con un ojo entreabierto, como si no me creyese lo que veo. ¡Sólo me falta pellizcarme para saber que no es un sueño! Un sueño arrugado y desgastado, como la camiseta, claro. Pero en esos segundos en los que por mi cabeza solamente recorre la idea de sus gemelos, de su pelo, y de nuestra camiseta, todo da igual.

Suena el lavabo, el agua correr. Imagino que ella coge el agua con sus manos y la acerca a su cara, en un intento de limpiar los restos de la noche anterior, y por qué no, su conciencia. Tras esto, y cómo si fuera lo más natural que haya hecho en su vida, se dirige a la cocina, a prepararme el desayuno, con la camiseta puesta. Qué poco soporto ésto. No se puede mancillar nuestra camiseta mezclándola con olor a bollos recién hechos y café colombiano. Tiene que ser pura a su naturaleza, no adulterada. Pero bueno, siempre me queda el consuelo de que ahora hay que devolverla a su contexto. Y yo desde la cama, con el ojo entreabierto aún por miedo a que ella aparezca de golpe, me sonrío a mí mismo otra vez, reconociendo que mi paranoia mental respecto a ella y la camiseta es de lo más ridícula. Pero es mía, la paranoia digo. Y me encanta.

Ya llega el olor a desayuno, a mundo real. Y vuelvo a cerrar el ojo, y a reforzar los esfuerzos en parecer dormido. ¿Se creerá ella que estoy dormido, o conoce el mentiroso secreto y lo toma como un juego? No importa, mientras lleve la camiseta. Ya se escuchan sus pasos de gata, andando de puntillas, y dejando a la imaginación como sus gemelos se contraen en cada paso. Noto su presencia, en la puerta, mirándome, con el olor a desayuno inundando todo nuestro altar obsceno. Y, como si fuera lo más natural del mundo, ella deja escapar estas palabras suavemente, para despertarme de una manera muy dulce... ni que estuviera dormido:

­­­– Cariño, son las 9.30, y he hecho café.


Este relato se encuentra incluido en el libro El lápiz, el papel y las manzanas blancas. Recopilación de relatos editado por Editorial Clan Tintachina.



miércoles, 25 de junio de 2014

Tren de humo rojo


Cuando los martes llegan al ocaso las tazas de té se me abren de piernas. Es difícil tener que perderte el crepúsculo por culpa del subterráneo. Ventanas inútiles, como topos sin uñas, son aquellas de los vagones del Metro; y un proceso oscuro, casi kafkiano, supuso que me encontrase con el revelador. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, pensé al verle. El revelador era viejo, muy viejo, con ese principio te tembleque que sacude su realidad como un martillo percutor. Y el revelador martilleó mi sensibilidad cuando, sentándose a mi lado en la oruga mecánica a la que llamamos transporte público, desplegó un panfleto que segó mi idea inicial acerca de su persona, de su pasado, y de su porvenir. El viejo era comunista, portaba la estrella de cinco puntas en su corazón y en su boina. Aquel hombre era, y quién sabe si sigue siendo, el Revelador Rojo.

Sentado a su lado me atemoricé, pues el Revelador Rojo chasqueaba la lengua como chasquean los gatillos de los kaláshnikovs en Uganda. Cerré los ojos, y comencé a pensar lo que el Revelador Rojo sería capaz de construir hoy en cualquiera de las organizaciones no contaminadas por el reformismo. Maldigo cada noche a estos jóvenes modernos, que se han alejado del espíritu de Octubre para adentrarse en bosques de clases ahogadas bajo troncos que luego serán dólares. ¡Malditos ellos!

Se echaban de menos hombres comprometidos, consecuentes con lo que idealizan. Yo mismo echaba de menos verdaderos camaradas de cóctel incendiario y palestina, compañeros que chasqueasen la lengua en disconformidad con el rumbo tambaleante que tomaba nuestro barco, capitaneado por hombres que perdieron su hoz y su martillo hace tiempo, y que ahora buscan el norte de una tripulación que no distingue la proa de la popa.

En ese justo momento en el que la voz femenina del tren, ya mecanizada, anunciaba el nombre de la siguiente parada, yo fundí mis pensamientos con el olor a sudor proletario de la realidad. Y al abrir los ojos, los alrededores se tiñeron de las alucinaciones de un vagabundo ruso que llora por la vuelta del hombre de acero. En los asientos de enfrente se encontraban Lenin y Marx jugando al ajedrez, quienes miraban de soslayo a Ernesto Guevara, que recriminaba aquella horizontalidad pragmática que le proponía Rosa Luxemburgo. Y pude ver también a un decaído y grisáceo Víctor Jara rebuscando su lengua entre los asientos, con lágrimas en los ojos. Ramón Mercader, odiado por muchos, leía el periódico dos bancadas a mi derecha, mientras toqueteaba con sus dedos aún impolutos su ya afamado piolet, a la vez que Malcolm X y Ho Chi Minh discutían acaloradamente sobre la autodeterminación de los pueblos.

Todo este panorama de gerifantes cojos de la pierna izquierda era reflejado por el aura del Revelador Rojo, y yo, anhelando pasajes pasados e imágenes de 1917, me dejaba llevar en su corriente, hasta que, sin previo aviso, el viejo que había hecho de un trayecto de cuatro paradas un paseo por todo el siglo XX, volvió a plegar su panfleto y se lo guardó en el bolsillo, cerrando la puerta a hechos que no iban a ocurrir de nuevo, excepto en mi imaginación.

miércoles, 21 de mayo de 2014

JUZZT CRAZY


 
–¿Quién es usted? – le pregunté, mientras él pedía un ron doble sin hielo.

Camisa blanca, con manchas de sudor en las axilas, como si viniese de correr una larga distancia; ésa fue la primera visión que me llevé. Llevaba ropa de camarero, con el cuello desgastado del roce, quizá por culpa de aquella barba. Su barba descendía desde sus patillas hasta la barbilla, cual estampida de intrépidos bisontes negros como el azabache. Su barba era poblada pero irregular, salpicada de algún remolino que llamaba a la rebelión. Remangado, dispuesto a faenar, y sin reloj. Con pantalones marrones, visiblemente utilizados, y unos zapatos habitados por unos pies que no dejaban de moverse al son de Miles Davis, aquel hombre no entonaba con el divergente ambiente del lugar.

Monóculos chocaban con el olor a carbón de la mina. Aquella disolución entre abundancia y necesidad era habitual cada viernes. El etilismo viajaba de boca en boca, y el estruendoso algarabío que formaba aquella panda de borrachos gritando a las bailarinas era tan atroz como un despertar sin sol. Y entre todo aquello, ese hombre me miraba, con unas ganas de hablar y tal cara de afligido que daba lástima no preguntarle el motivo de su tristeza. Por eso le hablé, en busca de una identidad. Él me contestó.

–Yo era Kyle, el saxofón de Juzzt Crazy. Ahora soy Kyle, el antiguo saxofón de Juzzt Crazy.

–¿Perdone?, no he entendido bien, ¿Juzzt Crazy? –continué.

–Era lo que todos quieren cuando lo tienen todo, era nada. Ahora es lo que todos quieren cuando no tienen nada, la muerte –me contestó, riendo y enseñándome sus dientes amarilleados por los habanos–. Juzzt Crazy era mi círculo esperpéntico, mi trabajo, mi casa de putas, mi nirvana. Pero también era todo lo banal, las Navidades, un paraguas sin abrir, mi periódico. Juzzt Crazy era Kyle.

–¿Quiere usted decirme que era su trabajo?

–En cierto modo. ¿Sabe usted lo que se siente cuando alcanza la realización personal? –preguntó. ¡Qué iba a saber yo!–. Pues en eso consistía mi trabajo, además de en beber whisky; y sudar, sobre todo en sudar –y un temblor frío le recorrió la espalda, como si hubiese sido invadido por un fantasma. 

Se terminó su copa, y le pedí otra. Decidí invitarle, aún no me he preguntado por qué. Es lo que tiene este tipo de conversaciones, esporádicas, que sorprenden a uno hasta el punto de promoverle un espíritu de camaradería que jamás había suscitado.

–Vale, quiere usted decir que es músico.

–¡No!, en absoluto. Yo no hacía música, yo interpretaba música. Bueno, no sólo yo –reflexionó mientras se rascaba la cabeza–, también Armando, Biggie y Agnese. Nosotros éramos los que hacíamos del Bombo Clap un sitio ideal para pedir un Hendrick's, hablar de la "Belle Époque", y olvidar los gritos de la vecina de tu apartamento de Chicago, o en dónde quiera que vivieses. Nosotros éramos Juzzt Crazy. Nosotros, ebrios, sudábamos y sudábamos cada viernes a partir de las diez, y hacíamos sudar, todo por cinco dólares.

 –Creo que comienzo a entender –le dije.

No entendía una mierda, nada de nada. ¿De qué iba este tipo?, tan pobre, con pintas de no tomar un baño en mucho tiempo, y tan interesante. Este individuo había logrado que una noche más de viernes en el Bombo Clap adquiriese una magnitud de interés muy poco habitual. Pero seguía sin entender nada de lo que me contaba. Estos borrachos baratos son tan incomprensibles. Me estaba quedando sin un centavo, era hora de irse a casa.

 –Usted tocaba en un grupo de música, aparentemente de jazz, tales son sus pintas. Pero no comprendo algo de usted, algo que me lleva llamando la atención desde que pregunté su nombre. ¿Por qué habla de sí mismo en pasado?

–La música es la borrachera del ayer, y yo soy un viejo que vive ebrio.

jueves, 10 de abril de 2014

Miradas ciegas

Observando y observando me di cuenta de que todos me observaban, y me colapsé. Las caras a las que miraba me miraban, más profundamente si cabe, como escudriñando cada facción de rostro y cada huella de posibles crímenes que hubiese podido cometer. Y observar miradas, que ahora apuntaban hacia mí, dejó de tener sentido. Yo soy el observado, el foco de miradas que han sido por mí espiadas. Yo soy Truman y este es mi show. Juego en casa, en un estadio en el que no me mira el público sino el rival, y en el que yo fagocito los focos con una mezcla de vergüenza y egoísmo. La gente pasa a mi lado, me lanza miradas de soslayo, se ríe, y me hacen fotos cuando no me doy cuenta. ¡Qué insensatos!, pues claro que me doy cuenta, ¿por quién me toman?. Son paparazzis, quieren que haga cosas, pero yo nunca hago nada. He empezado a salir a la calle con gorra y gafas de sol, soy una estrella de Hollywood sin película, el objetivo de una cámara sin objetivos... y empiezo a tener miedo.

¿Por qué me miran, qué quieren, quién soy? Tendré una cara canónica, estandarizada. He puesto mi nombre en Google por si he matado a alguien y no soy consciente, por si soy alguien importante. Veo las noticias por si se habla de mí, es todo en vano. ¿Me enaltecen o me odian?, no lo sé, pero me observan. Soy la cara del Che, una manzana mordida, la niña del napalm. Paseo con la cabeza gacha, que no me conozcan; pero oigo silbidos y murmullos, y cuando, con miedo y sabiendo lo que pasará, levanto la cabeza hacia ellos, no me pregunto si alguien me observa, sino cuántos lo hacen. Todos, todos me observan.

¿Por qué los observaba yo?, ¿qué buscaba en sus ojos? Yo miraba a todo el mundo, sin intención de nada, simplemente tal vez para inspirarme con unos ojos, una boca, una melena castaña oscura... sólo tal vez. Eran personas que iban de un sitio a otro, haciendo su vida, sin preocuparse por la mía. Era divertido y enriquecedor ser el narrador omnisciente. Ahora ya no me río. Estoy cansado de ser  Humphrey Bogart, no aguanto esta presión, no quier ser nadie. Sólo pido volver a observar sin que me devuelvan la mirada... porque me estoy quedando ciego.

martes, 18 de marzo de 2014

Te hace desaparecer


Hace ya tiempo que empecé a afeitarme, por ella. Hace ya tiempo que no fumo ni borracho, por ella.  Hace ya tiempo que sólo pienso en ella. Y no hace mucho que ella piensa en mí. Se hacen largas las vueltas en la cama cuando una imagen no se va de tu cabeza, una imagen simple como un colgante, un lunar, un iris. Imágenes que te cambian, y que te hacen desaparecer de manera que parece que todo tu pasado se ha diluido, y solamente existen dos puntos: el principio y el evitar el final.

Y deambulas entre ambos puntos, olvidando la integridad, las preocupaciones, y la inspiración. Te sientas en cualquier sitio y miras al suelo, observando una baldosa llena de grietas. Y piensas en grietas, en qué significan, qué metaforizan, qué hacen allí. Pero simplemente no estás, has desaparecido. Y entre pensamientos de grietas se cuela ella, se cuela su colgante, sus lunares, y su iris; y las grietas empiezan a desvanecerse. Ya no existen grietas ni suelos que valgan la pena mirar, ni paisajes, ni atardeceres. Ella lo eclipsa todo desde el principio, y yo evitaré que haya un final.

Porque la quiero.

domingo, 2 de marzo de 2014

Medias lunas

Mil medias lunas en la franja de Gaza lloran,
impostadas,
mostrando reflejos de lo que a sus pies ocurre;
mientras tú, impávido,
lees los versos de cualquier poema,
ambos indiferentes ante las horas sucesorias,
que no volverán,
y que no echarás de menos,
pues la luz es tu camino,
y hologramas de unas huellas que nadie más conoce
guían tu porvenir.

Pero es ese poema,
que desvirgas cuarenta veces como Mahoma,
el que ata tu cuello con hilos no tejidos,
sin llegar a ahogarte,
pero sin dejarte escapar de tu propio aliento.

Es ese poema el inocente culpable de que,
opresor de banalidades,
las pupilas pierdan brillo y los labios sangren,
las manos pierdan la huella que siempre tuvieron;
y es ese poema el culpable de que tú,
impávido ante todo,
te ahorques con la soga que las palabras no tejieron,
mientras sale el sol en Palestina.

jueves, 27 de febrero de 2014

Discutiendo a mordiscos


Cuando la rutina irrumpió en sus vidas desearon no haberse casado. Y los roces se convirtieron en un canto de sirena que atraía a los más burdos marineros al fondo del mar. Jamás pensaron que se podía discutir tanto a lo largo del día, ni pensaron que se necesitaban tanto después de cada pelea, ni que los polvos de reconciliación proporcionaban tanto goce. Las discusiones acaloradas habían logrado que sudasen como nunca, hasta el punto de que Luis, antes de ir a trabajar, tomó la costumbre de tirar la toalla de la ducha al suelo, para recoger los frutos del enfado de Marisa a su vuelta, y correrse antes de cenar. Desde que dejaron las drogas, allá por la loca década de los setenta, no liberaban tantas dopaminas. Y para que cambiarlo, se podía sacar provecho a la autodestrucción de su amor. Darlo todo hasta el final, exprimir al otro al máximo, dejarle seco.

Y así duraron, entre sonidos de platos rotos y el salto de los muelles, más o menos cuatro meses, hasta que Marisa decidió discutir con otros. Luis se lo olía, se palpaba. Los ratos de goce posteriores a llamarla "puta" habían perdido intensidad. Pronto los vecinos empezaron a dejar de quejarse por los ruidos del cabecero, pronto dejaron de comprar todo aquello que rompían al discutir. Y volvieron a acariciarse y a morderse con la luz apagada. La perfección se les acababa, y era algo que a Luis le traía de cabeza. Intentó aumentar la gravedad de las discusiones, para ver si así Marisa reaccionaba y le tiraba de una vez el sujetador mientras se pasaba la lengua por los labios, como a él tanto le gustaba, pero nada. Ni meterse con su familia ni llamarla burguesa de mierda, nada funcionaba. Y comenzó a entenderlo, ella ya guardaba la rabia para otros. El descubrimiento le desató. Volvió a la cocaína y a la tele por cable. Dejó el gimnasio y comenzó a pasarse horas y horas escribiendo cartas póstumas sin dirección, que metía en buzones de desconocidos, como anunciando su desdén hacia la parca. Hasta que una tarde, y tras escribir su primera carta con destinatario al que enviársela, decidió que ya era hora de poner las cosas donde debían estar.

– Oye Marisa, ¿te has dado cuenta de que hace mucho que no discutimos? –le dijo, en un tono tan amable que rompía de lleno con lo que delataban sus ojeras–.

– Pues no sé Luis, se supone que eso es bueno, ¿no?.

– Nos estamos apagando. Tú ya no estás aquí más que en cuerpo y yo necesito un alma a la que poder gritar.

– ¿Qué dices, amor? Llevas unos días muy raro –le contestó con el brillo de los ojos de un criminal recién pillado–.

– Eres tú la diferente, la extraña. Ya no me follas.

– ¿Qué?, ¿qué ya no te follo?.

– Ya no follamos, Marisa. Y seguimos discutiendo. Sé que te follas a otros. Déjate de gilipolleces conmigo. Llevo un tiempo sabiéndolo, pero necesitaba las fuerzas necesarias que la coca me ha devuelto para soltarte todo esto sin llorar –le replicó Luis, con unas pupilas tan dilatadas que cabría la Luna en ellas–.

– ¿Qué has vuelto a meterte?

– ¡Qué no me cambies de tema! ¿A cuántos estás tirándote, eh? ¿A dos, o quizá tres? ¿Cómo puedes hacerme esto a mí, que te he querido siempre? ¿No soy lo suficientemente bueno para ti, es eso acaso? Siempre dije que eras una burguesa de mierda, puta.

Ahí terminó su última conversación. Nunca más volvieron a hablarse. Luis recogió sus cosas a la mañana siguiente, y se fue, dejando para el recuerdo solamente la carta que escribió el día anterior, justo antes de poner punto final a todo lo que le importaba. La carta estaba formada por un puñado de frases que salían directamente de su corazón, y que logró escribir con un pulso tambaleante que convertía ciertas palabras en la línea que marca el pulso vital de un enfermo terminal.

 Siempre supe que antes de marcharme acabaríamos sudando, tú encima mía. Que los próximos sepan cabrearte como yo.

 Para ti, burguesa de mierda,

Luis.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Cuando jugábamos al amigo invisible

Y en la multisensorial dimensión de lo intangible,
en la red de la araña inmaterial,
en lo conceptual,
en el allá pero no en el aquí,
nosotros jugábamos al amigo invisible.

E invisibles éramos ante los ojos de nuestro tangente.
Y translúcidos éramos ante la atmósfera de la materia,
simplemente etéreos,
fumables.

Y consumados ascendíamos hacia algún lugar
en el que hormigas no eran capaces de levantarse a sí mismas,
donde el follador lleva alzacuellos,
donde el yo se diluye en un nosotros,
en un nosotros personalizado,
como una mezcla de rostros
en los que los ojos sobrantes se desprenden de la piel,
como pompas de jabón,
donde la nariz que no encuentra su hueco se olfatea a sí misma,
deshaciéndose en aromas turcos.

Pues en ese mundo,
nosotros jugábamos al amigo invisible,
y me tocó desesperanza.
Y yo llevé una corbata.

martes, 4 de febrero de 2014

Saltando disfunciones


Su madre y yo nos vamos a divorciar. No porque yo quiera, ni porque no la ame. Ojalá fuese algo de ese estilo. Tampoco porque ella, en un arrebato impulsivo de los suyos, se haya tirado a cualquiera. Para nada; simplemente, hace tres o cuatro días, cuando estábamos en la cama, leyendo cada uno lo nuestro antes de dormir, se quitó las gafas y me dijo:

–Esto no funciona, y lo sabes, mañana iré a pedir la carta de divorcio. Haz que esto sea sencillo, por favor.

–¿Qué?, ¿cómo?. No entiendo nada, ¿estás hablando en serio? –respondí yo haciéndome a la vez el sorprendido y el indignado.

–Pues claro que hablo en serio, Hugo –dijo, y sus mofletes, esos mofletes que tanto me gustaban, se tornaron rojos e hinchados –. El lunes que viene recogeré mis cosas y me iré a casa de mi hermano.

–Pero... así, de golpe. Sin explicaciones, solamente el tiro en el pecho. Estás siendo muy egoísta, Clara, y esto tú también lo sabes –logré balbucear. Intenté llorar, pero era tal mi sentimiento de sentirme perdido que solo conseguí parecer un niño emberrinchado.

–Me voy a Italia en tres semanas, te dejo al niño. Pienso venir una vez al mes a verle. Más te vale que no le pongas en mi contra.

 

Y aquí estoy hoy, con mi hijo Unai, en el sótano de casa, diciéndole que su madre se ha ido, pero que volverá a verle. Diciéndole que no se preocupe, que su madre le sigue queriendo, pero que tenía que cambiar de vida, porque lo necesitaba. ¡Cuántas preguntas, cuántas preguntas hace este niño! Que si cuándo volverá mamá, que si es por su culpa, que si es por la mía. No sé qué contestarle, y se me cae el mundo. Nunca he sido un padre charlador, eso era cosa de ella. A mí me gustaba jugar con Unai, hacerle reír, pasármelo bien. Lo de hablar era cosa de Clara. Pero este niño no quería jugar, quería hablar; y en esa batalla, yo tenía todas las de perder.

Decido echar un vistazo alrededor, para ver si había algo que me sirviese de escapatoria ante este interrogatorio digno de la CIA. La primera sensación fue de vacío. Yo nunca amontono cosas que no voy a utilizar, por lo que el sótano estaba invadido de cosas de Clara, de cajas y cajas ya embaladas para su mudanza. Poco mío hay aquí abajo. Mi saxofón, dos o tres cajas de cómics,  algunos cachibaches, y dos sacos. Dos sacos de tela, casi de esparto. Dos sacos que no recuerdo muy bien que contenían, pero que ahora estaban vacíos. Dos sacos que no sé ni si me pertenecían, o si eran de Clara.

Y sin pensármelo dos veces, me separo de Unai y me acerco a los sacos. Los inspecciono, por si estaban sucios o rotos, y me meto en uno de ellos. Unai me mira con cara de incredulidad ante mi respuesta a la situación que estábamos solventando. El pobre no entiende nada. Y yo, más infantil que él, me acerco a donde estaba antes, dando saltos con el saco, y le digo:

–Te echo una carrera, ¿o acaso eres un cobarde?

jueves, 16 de enero de 2014

Hasta donde no existen los contornos


¡Qué duro es cruzar dos manzanas sin mirar el suelo! Cada noche me grito a mí mismo que debo hacerlo. Cuánto nos perdemos al no intentarlo, al ir resignados con la mirada gacha, fija en las baldosas cementosas. Una visión de chicles pegados, basura por todas partes, y desperfectos. Una visión de la vida postmoderna. ¡Cuánto olvidamos del trayecto por ir mirando el suelo!

Olvidamos lo banalmente importante, aquellos detalles grabados en luces de neón que hacen que recorrer dos manzanas supongan un desafío. Olvidamos las sirenas, que cantan en busca de la vida de la ciudad, muy a su pesar. Olvidamos la gente. Multiculturalidad, simbiosis, conflicto.  Y todo por nuestra voluntaria ceguera. Siempre se dice que uno mira al suelo cuando anda para no caerse. Yo digo miedo. ¿Miedo a qué? A no tropezarnos con nosotros mismos, a no poder esquivar todo aquello que encontramos en el suelo, y de lo que nos gusta recrearnos.

Olvidemos ese miedo, levantemos el cuello, y observemos cada nimio detalle que componen dos manzanas de ciudad. De mi casa a su casa. Y sorprendámonos de lo equitativamente viva y muerta que son dos manzanas cualquier día después de cenar. Pero primero hay que atreverse a mirar hacia arriba, donde los destellos de las farolas nos cobijan, donde una infinitud de humos se aúnan para dar un calor específico, agobiante y acogedor al mismo tiempo. Un calor que te hace querer huir, pero que te empuja al epicentro de todo aquello que suponga las raíces de una ciudad, las raíces del hombre que pasea con su pequeño caniche de mujer fumándose un puro, y cuyo olor invade tu intimidad.

Una ciudad, y por tanto dos manzanas, no es más que la suma de las raíces que la sostienen. Quizá por ello siempre vayamos mirando al suelo, olfateando las raíces. Pero olvidamos la flor, una flor de perfume contaminante, y de mil colores. Pero hay que mirar hacia arriba para poder llegar hasta allí.

La ciudad es más pura en la nocturnidad, permite apreciarla cuando parte de ella duerme, y cuando parte se despierta. Es tan fácil apreciarla, tan difícil no entretenerse. Tan simple como bajar al portal, abrir la puerta, y observar tu misma calle por la noche. Sin casi movimiento, excepto de algunos incautos que, ataviados en bata y zapatillas, tiran su basura; o la señora de arriba, que con sus rulos engarzados en la cabeza, decide hacer caso omiso de su perro, y deja sus heces en medio de la acera. Heces que alguien pisará mañana, cuando se quite los rulos. Me fijo en las farolas, que iluminan el camino, excepto una, que, titilante, parece llamarte a gritos. Y es ahora cuando ya no hay vuelta atrás, y en tu propia bata y zapatillas, empiezas a andar. Y la ciudad te acompaña.

Pasan las matrículas, pasan las papeleras, acontecen los semáforos, donde verde, rojo y ámbar se funden en una combinación que nadie respeta, en un caos provocado. Y me fascina cada detalle. La ciudad de noche es como una bronca  de restaurante asiático, donde el jefe grita y recrimina al repartidor, que calla esperando su turno para explicarse. La ciudad de noche es un tour por la desesperanza, pero no todo entristece. Hay tiendas abiertas, que a estas horas saben qué vender y a quién. Entro en una, y desde un pequeño refrigerador, una lata de cerveza mira a los compradores con cara de libertad. Y a esas horas de la noche, sin salir de tus dos manzanas, te crees un libertador.

Ya cerveza en mano, pagada previamente, continúo mi expedición por las dos manzanas que nunca había considerado tan vivas a la luz del día. Ya voy formando parte de ella, como si notase como unas raíces invisibles, y probablemente inexistentes, me aferrasen a ella. Como si un imán interno te empujase contra el suelo frío, para sentirlo, para besarlo. Pero sigo caminando, hasta donde no existan los contornos.

viernes, 10 de enero de 2014

Perdiendo los contornos


Y un día pierdes los contornos. Sin más, han desaparecido. Y la vida se vuelve acuarela. Comienzas a tener una visión de borracho feliz, de borracho antes de vomitar, sin principios ni finales, y todo se mezcla. Ves volcanes helados, niños viejos, incluso honesta hipocresía. Todo se junta en armonía, en esa armonía que crean las últimas gotas de leche al chocar contra el horizonte del café mañanero. Ya no distingues los colores del semáforo, solamente ves un tono que invita a cruzar los pasos que ya ni existen. No hay rojo, no hay verde, no hay ámbar. Hay contaminación de conceptos.

Los paseos se convierten en viajes astrales a relojes de Dalí, y el gris acontece humillando a blanco y negro. Todo es dislexia, ni izquierda ni derecha, y sin embargo, todo es descentrado. Vórtices convergentes divergiendo sin control. Fuga de tiempos para que el mañana se haga nunca, y eso siempre, sabiendo que ayer todo era distinto. Bolígrafos que se funden con la página, saturándola de un reguero indeciso y tembloroso de posibles certezas en una realidad incierta.

No hay contornos, no hay siluetas, no hay fronteras; no hay límites.

Todo es uno, uno es de nadie. A contenidos etéreos, formas inconclusas. Porque un día el mundo es caos, como sonatas de invierno. Sonatas que duermen niños, que avivan mentes. Acaboses que retornan a la matriz. Todo centrifugando, en ambas direcciones, desde siempre, y para siempre. Los periódicos se tornan ilegibles, las fotografías mezclan rostros, como empezar una tarde por Neruda y acabar en Pavese. Hablo de espirales, de símbolos de infinito, donde cada punto que forma una línea intercambia su puesto con otro, aportando simbiosis, abocados al conflicto. Lluvia que traspasa paraguas, pieles de arena de playas tostadas. Colonias que huelen a personas para no ser usadas por personas. Tan simple como un entrelazar de manos.

Hablo de abrir una puerta y quedarte con el pomo, de meter la llave en un baúl y abrirte a ti mismo, de besar unos labios y llevarte un cacho. Hablo de no encasillarse, de estar allí y acá, a la vez, indistintamente, sin perder tu ser, que es indefinible.