jueves, 28 de noviembre de 2013

Felicidad en nuestro mapa curvilíneo


7 de Noviembre

Hoy, después de mucho tiempo, he tenido un buen día. Me he despertado, he desayunado lo mismo de siempre, he ido a la universidad, he vuelto, he cenado... y aquí me hallo, escribiéndole mi epopeya rutinaria a alguien sin nombre, sin rostro, y seguramente, sin rutina.

Es curiosa la definición de lo que hoy denominamos "un buen día". No son días de sorpresas, de alegrías inesperadas, ¡qué va! Los buenos días son los días, a secas. Días sin contratiempos, en los que lo más que puedes esperar es que problemas anteriores se vayan solucionando. En estos tiempos los buenos días equivalen al día menos malo de un asmático, aquel día en el que se regocija de no toser sangre; o el día en el que al  alienado butanero le arreglan el ascensor en un edificio. En resumidas cuentas, días de soluciones temporales a problemas intemporales. ¿Es ahora la felicidad lo mismo que la ausencia de su antónimo?, ¿es ahora la felicidad hacer menos empinada la cuesta arriba?.

Quizá, a día de hoy, el mayor conato de felicidad en el mapa curvilíneo de nuestros rostros sea aquella sonrisa espontánea, que se nos escapa en cada receso de nuestra subida jornalera. Quizá, hoy, mi felicidad se encuentre secuestrada entre barrotes paranoicos. Barrotes de nimiedades. Nimiedades en altares de oro y falsas importancias.

Quizá habría que dar la vuelta al rezo, y no pedir la inexistencia de días malos, si no la existencia de buenos. Rezar por la felicidad sine qua non. Felicidad sin condiciones que la arrastren a un lugar secundario.
¡Romped con los barrotes, fusilad las nimiedades!
Y al fin y al cabo, sed felices.