martes, 8 de octubre de 2013

Sueños encapuchados

— Joder, menudo frío hace.

— No es frío, es desesperanza. Llevamos sudadera para protegernos.

— Para protegernos de nosotros, me parece lamentable. ¿Qué broma es esta de nuestra propia autocompasión? Damos pena joder. Hay que luchar, siempre, hasta el final, cueste lo que cueste. Por mil heridas, por mil noches de mierda. Luchar.

— Pero es lo que hay, el luchar ya cansa, así que ponte la capucha, que corren vientos raros... La semana pasada soñé algo, y tú salías.

— ¿Sí?, ¿y cómo fue? ¿Un sueño premonitorio?

— Espero que no. Estábamos en un restaurante bueno, de estos que no huelen a panchitos rancios ni crujen pipas en el suelo cuando andas. Habíamos reservado mesa. Mesa para cuatro. Íbamos emparejados, tú con tu chica, yo con la mía. Los dos estábamos en la barra, pidiendo las bebidas, y hablando de ellas.
— ¿Tú y yo con chicas, con nuestras chicas?

— Hablábamos de ellas, de mujeres, como siempre, pero como nunca. Se nos veía felices, sonrientes. La tuya castaña, como tú de alta, y muy risueña. La mía morena, muy bajita, como siempre me han gustado, e increíblemente interesante. Nos picábamos sobre cual era mejor. Ecuación sin respuesta. Nos daba igual, parecíamos felices. Me alegraba por ti, te alegrabas por mí. Recordábamos estas épocas en las que creíamos en el karma, en las que lamentábamos cada día. Aquellos días tan rutinarios, días de sudaderas con capucha, de hablar de sueños, de bares donde crujían pipas. Días como hoy. Pero qué importaba, las teníamos a ellas. Parecíamos felices.

— ¿Y ahí acaba? Pues genial, ¿no?

— Ahí acaba, sí; pero no es genial. Chicas sin cara. Sin identidad. Chicas objetivadas. Fue una pesadilla, un reflejo. Siempre de espaldas, sin personalidad, meros maniquíes. Ahora tengo miedo, ¿y si en verdad es premonitorio? Una vida así, encapuchado, no puede ser buena. Llevo tres días buscando el restaurante, huyendo de nuestros bares, como si me persiguieran. Los días reales tumban a los días oníricos. No sé por qué busco, si tengo miedo de que voy a encontrar.

— Deberías dejar de soñar.

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