jueves, 17 de octubre de 2013

Cuando Nietzsche llevaba una Magnum 44

Cerré la puerta, volví a recorrer ese pasillo, el de mi casa, como tantas otras veces; y volví a tirar las llaves en la cama, como tantas otras veces. Sólo que estaba vez me sentía inquieto. Había pasado algo que me importase, una novedad. Y me desconcerté. Tanto que hasta corrí para coger el Metro en vez de esperar al siguiente, como hago tantas otras veces. Y corrí para llegar a casa, como si al cerrar la puerta lo extraño y temido desapareciese. Pobre infantilada mía. Aquí estoy, acojonado, dando vueltas en mi habitación como los familiares de un paciente terminal en la sala de espera del hospital. Habitación para arriba, habitación para abajo. Mirando cuadros, mirando fotos, mirando el techo, sin poder tocarlo. Mirando la librería, esa librería que voy llenando a velocidad increíble pero que nunca me paro a observar, a revisar. Mirando esa librería te das cuenta de tu progreso. Y saboreando con los ojos cada balda, llega un momento en que algo te llama la atención. Algo llamándome la atención, por segunda vez hoy... que día más raro.

Allí estaba, entre muchos otros libros similares, mi libro... el libro. Así habló Zaratustra me miraba, y le devolví la mirada. Me acerqué, lo acaricié por el lomo, y lo tomé en mis manos como el sacerdote coge el cáliz, creyendo que es algo sagrado. Lo abrí, por una página al azar, no recuerdo cual; no me sorprende, qué más dará. Hablaba del Übersmensch, el superhombre. ¡Cuánto llegué yo a admirar a Nietzsche por aquello!, por crear algo en lo que creer de verdad, una meta. El superhombre. Luché por llegar a ser el superhombre, a veces lo lograba, a veces desistía. En realidad, no sé en qué punto intermedio entre hombre y übermensch me encuentro. De todos modos, da igual. Lo que importa es que me construyó en su momento, que hizo lo que ahora soy, para bien o para mal. Y sin embargo, me asusté del sentimiento que el libro me trajo. No era indiferencia, tampoco desprecio. Era una especie de resentimiento mezclado con sentimiento de culpa. Culpa de no haber seguido la doctrina del libro, resentimiento hacia mi propia culpa. Y aceptación, de nuevo la aceptación. No hay pena, no hay autocompasión. Solamente hay culpa aceptada.

Dejé el libro en su sitio, parecía que el sólo hecho de leer el nombre del profeta Zaratustra valió para calmar mi inquietud inicial. Y decidí tomar un baño, aún con la imagen del übermensch en la cabeza, y con la culpa incluso mejor incrustada. Entré en el baño, como tantas otras veces, encendí el calefactor, y empecé a desnudarme, hasta quedarme en calzoncillos. Y, como tantas otras veces, me miré al espejo. A mi espejo,  a mi alter ego. Me miré al espejo como concepto. Concepto de lo qué se es, ni de lo que se fue, ni de lo que se será. Concepto del momento, concepto del ahora. Cada mañana me enfrento al concepto del ahora, cada mañana lucho con el espejo. Y es una pelea tan dura que las heridas se ven a simple vista. Moratones de depresión, heridas a medio abrir cosidas con cinco puntos de resignación. Heridas. Pero aquí sigo, partiéndome la cara con el espejo, sé que es lo que toca. Hasta que me canse.

¿Qué pasará cuando me canse? Seguramente le pida la Magnum 44 a Tyler. Esa Magnum 44, no sabes lo que es capaz de hacer con la cara de alguien. Esa Magnum 44 que llevaba De Niro en Taxi Driver. Cañón largo, como la vida, pero dispuesto a quitarla. Pedírsela a Tyler, eso haré cuando me canse. Algún día llegará ese día. Pronto o tarde, la verdad es que me es indiferente, estoy preparado. Ese día será el final. Siempre dije que sería yo quien eligiese mi punto final. Intenté controlar el pasado, no estoy controlando el presente, controlaré mi futuro, y el final de éste. Será rápido, veo mucho cine, entiendo de esto. Dejaré una nota, como Kurt Cobain.
No seré capaz. Lo sé yo, lo sabe el espejo. Tampoco controlaré mi futuro. Pero a veces es bueno fantasear, te hace sentirte vivo, existente. Vida descontrolada.

No entiendo por qué hablo de futuro con mi espejo... si Zaratustra me viese cogería una Magnum 44 y me pegaría un tiro.

jueves, 10 de octubre de 2013

No me gusta nada, me gusto yo

No me gusta la música bajita, casi sin volumen. Lo considero inútil, carente de sentido. Es como ver un cuadro con los ojos medio cerrados. Pierde la esencia. La música siempre alta, le moleste a quien le moleste. Se aprecian mejor los matices. Silenciar la música es matar la música. Contradicción en sí misma esto de silenciar la música. Música para que escuchen los demás, para jactarse de los gustos de uno mismo. Y sentirte mejor cuando alguien se queja. Simplemente música.

No me gusta la autocompasión. Es ridícula. Darse pena a uno mismo es lo más triste que te puede pasar. Si no te gustas, cambia, o acéptalo. Pero si te compadeces de ti mismo es por jactancia de lo que no te gusta de tu ser. Y en ese momento, en cuanto hay un resquicio de placer en lo que a uno no le gusta de sí mismo, la autocompasión cae por sí sola. Y solamente queda el masoquismo. El masoquismo, sin embargo, como concepto, sí me gusta.

No me gusta la apariencia, aunque caigo en ella. A día de hoy vivir es apariencia, o ser Diógenes... vivir es apariencia. Apariencia ante los demás, apariencia ante el espejo, qué más dará. Falsedad, maquillaje. Abrigos de piel falsos, perlas falsas. Aparentar. Y hacer teatro. No eres tú, eres tu personaje. Y te mientes diciendo "yo soy muy puro, muy real... soy lo que veis". Y sabes que no es cierto, pero hay que aparentar. Y te jode mentirte a ti mismo, y te sientes mal, y aquí entra de nuevo la autocompasión. Creo que ya dije que no me gusta la autocompasión.

No me gusta llevar paraguas, no hay explicación... ni metafísica, ni moral. Simplemente, lo detesto. Pero también detesto mojarme. En invierno lo paso mal. Los días lluviosos me gustan, quizá porque me hacen jaque, porque me plantan cara y ganan. Y pierdo... me mojo, o saco el paraguas. Pero durante el camino voy pensando sobre lo que detesto el paraguas y lo que detesto mojarme. Así es como una aparente victoria. Apariencia.

Por último, no me gusta pensar que no seré nadie. No ser nadie en el sentido de lo que yo pienso que es ser alguien. Por eso no me gustan otras cosas, por eso me encantan algunas. Por eso escribo. Para ser alguien. No ser alguien significaría no haber alcanzado nunca la realización, y eso es algo impensable. La realización es la meta, y no me gusta tumbar las metas a principio de carrera.

martes, 8 de octubre de 2013

Sueños encapuchados

— Joder, menudo frío hace.

— No es frío, es desesperanza. Llevamos sudadera para protegernos.

— Para protegernos de nosotros, me parece lamentable. ¿Qué broma es esta de nuestra propia autocompasión? Damos pena joder. Hay que luchar, siempre, hasta el final, cueste lo que cueste. Por mil heridas, por mil noches de mierda. Luchar.

— Pero es lo que hay, el luchar ya cansa, así que ponte la capucha, que corren vientos raros... La semana pasada soñé algo, y tú salías.

— ¿Sí?, ¿y cómo fue? ¿Un sueño premonitorio?

— Espero que no. Estábamos en un restaurante bueno, de estos que no huelen a panchitos rancios ni crujen pipas en el suelo cuando andas. Habíamos reservado mesa. Mesa para cuatro. Íbamos emparejados, tú con tu chica, yo con la mía. Los dos estábamos en la barra, pidiendo las bebidas, y hablando de ellas.
— ¿Tú y yo con chicas, con nuestras chicas?

— Hablábamos de ellas, de mujeres, como siempre, pero como nunca. Se nos veía felices, sonrientes. La tuya castaña, como tú de alta, y muy risueña. La mía morena, muy bajita, como siempre me han gustado, e increíblemente interesante. Nos picábamos sobre cual era mejor. Ecuación sin respuesta. Nos daba igual, parecíamos felices. Me alegraba por ti, te alegrabas por mí. Recordábamos estas épocas en las que creíamos en el karma, en las que lamentábamos cada día. Aquellos días tan rutinarios, días de sudaderas con capucha, de hablar de sueños, de bares donde crujían pipas. Días como hoy. Pero qué importaba, las teníamos a ellas. Parecíamos felices.

— ¿Y ahí acaba? Pues genial, ¿no?

— Ahí acaba, sí; pero no es genial. Chicas sin cara. Sin identidad. Chicas objetivadas. Fue una pesadilla, un reflejo. Siempre de espaldas, sin personalidad, meros maniquíes. Ahora tengo miedo, ¿y si en verdad es premonitorio? Una vida así, encapuchado, no puede ser buena. Llevo tres días buscando el restaurante, huyendo de nuestros bares, como si me persiguieran. Los días reales tumban a los días oníricos. No sé por qué busco, si tengo miedo de que voy a encontrar.

— Deberías dejar de soñar.