domingo, 29 de septiembre de 2013

Remite a la hipocresía


Hipocresía. Condicionantes acondicionados. Vivir un momento,  traicionarlo en el siguiente. Y echarlo de menos. Y vivir otros momentos. Y así cada semana, rodeado de cachimbas. Todo por lo mismo, por esa jodida droga que todos queremos. Droga sin camello, la más adictiva, la menos existente, la más solicitada. Todo por dos gramos de vida.

Hipocresía. Promesas intrínsecamente imposibles de cumplir. Pero no queremos verlo. Y cerramos los ojos tan fuerte que aparecemos en un mundo utópico, con sol, nubes, y olor a hierba recién cortada. Pero los ojos se abren, y están las promesas llamándote al portero cual cartero comercial. No abres. Y se van acumulando. Promesas distópicas.

Hipocresía. Buzones a reventar, de propaganda que ignoras, pero que puede tener el secreto de la felicidad. Nunca lo sabrás, como tantas otras cosas, por mirar al suelo, verte reflejado en los charcos y no en el espejo, de manera deforme. No queremos saber, queremos ignorar, es sencillo, es gratificante. Que sepan otros. De todos modos, nunca abro al cartero comercial.

Hipocresía. Sábados y cerveza. Domingos y "baja esa persiana por favor". Mañana es lunes, otra vez. Queda demasiado para el sábado. Entra la luz cada mañana, suena la radio, se escuchan niños gritando camino al colegio. ¡Jodido sábado cuanto está tardando! Niños que aman los lunes, niños. Cervezas que aman los sábados.

Hipocresía. Dos gramos de ti. ¿Qué esperas que te diga, que me va bien, que sigo escribiendo? No esperes respuesta, me estoy desintoxicando. La llaman clínica "Los Tristes", sonrío al decirlo. Sonríes al escucharlo. Es perfecta la simbiosis. Y el café de sus tertulias. Tertulias sobre cómo nos va, sobre cómo queremos que vaya, sobre cómo sabremos que no irá.

Hipocresía es literatura. Literatura es la vida. La vida es droga. Y no hay camellos.

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