martes, 24 de septiembre de 2013

Generación dormida


¡Qué suaves son las sábanas! Con esa luz tenue que entra a través de las rendijas de las persianas, con ese olor a llevar quince horas encerrado, con esa sensación de que nada tiene sentido excepto permanecer, para siempre.

Que geniales serían las existencias estando arropados. Con una almohada de decepciones bien mullida. Lo que daría por pasar de la generación perdida a la generación dormida. De por vida. Y dar vueltas, como cuando intentas dormir, pero sin preocupaciones, sin sudores, sin mosquitos, sin nada, sin ser. Apelo por esa existencia de úlceras lumbares por exceso de recostamiento. Y no preocuparse por reír, o llorar, por gritar, por susurrar. Sólo por permanecer.

Pero no, esto no funciona así. De las sábanas te sacan, las persianas se suben, los cuartos y las mentes se ventilan. Y te preocupas por reír, por llorar, por gritar... Día a día la generación perdida se enciende. ¿Para qué? Ni lo sabemos, pero lo hacemos. Y no lo cuestionamos, simplemente retiramos el edredón cada mañana y decimos "buenos días", por costumbre, a otras camas perdidas, sin amo. Y el consuelo es saber "que mañana será otro día", dejando en entredicho que entre día y día hay una noche, con su luz que se cuela por las persianas, y sus sueños.
Que geniales serían las existencias estando arropados.

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