jueves, 22 de agosto de 2013

Verde madurez

Se supone que soy maduro. Miento, soy maduro. No lo digo yo, lo dice todo el mundo. Reconocer que uno es maduro es síntoma de inmadurez. Para nada, soy maduro. Más maduro que la mayoría. Más maduro que... ¡no, un momento!, quizá no tanto. Las cosas han cambiado, y no sé como tomármelo.

Ha madurado mucho, o tal vez no, pero eso parece. Esa última conversación, allí sentados, fue distinta. Mi idea era llevar la iniciativa, y llevé la iniciativa. Pero la cosa no fue bien. Simplemente conversamos, de manera normal. Hablo yo, habla ella, hablo yo, habla ella... la interrumpo, se enfada, me río. No tenía que ser así, se supone que tenía que ser una conversación entre alguien que se las da de algo, y que hasta interrumpe; y alguien que interioriza una inferioridad falsa. Pero la cosa no fue bien. De igual a igual, así hablamos. Lo había superado, y me desconcertó.

Ya no me daba la razón, quería escuchar, pero no aprender, no lo necesitaba. Estaba cambiada, madura. Me asustaba. Acabamos de hablar, no recuerdo muy bien el final, ya no importaba. ¿Qué había pasado? Lo sé, pero no quiero reconocerlo.


Había madurado, o yo verdeado. Joder, que mal. Y se supone que sería fácil. Si lo sé no voy. Esto no puede sentarme así, debo alegrarme, ha avanzado, no sigue atascada. En parte me alegro... ¡qué va!, me cabrea. Ya no mando. Habrá que buscarse a otra, o quizá tenga yo que madurar... ¿madurar yo, qué estoy diciendo? Tengo que buscarme a otra. Pero no consigo olvidarlo. De hecho, aquí estoy, hablando con frases cortas, sin explicaciones, con la almohada. ¿Eso cuenta como madurez? Mañana le preguntaré.

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