lunes, 27 de mayo de 2013

Como luciérnagas


Qué difícil es escribir sobre el amor. Lo de "historia de chico conoce a chica" está sobreutilizado, demasiado tópico, demasiado predecible. Lo inverosímil tampoco funciona dada su inverosimilitud. Lo pasteloso es detestable. Nada funciona al hablar de amor.

Historias de relaciones para los "sin relaciones". Desamor para desenamorados. ¿Es eso escribir sobre el amor? No lo sé. Cuando intento escribir sobre amor parto de mi voluntad para caer en mi voluntad, y así pasa. Palabras con olor a tinta quedan, de color asfalto, que cuentan cosas que revolotean cerca del amor como luciérnagas cerca de un farolillo, muriendo al tocarlo.

Yo creo que las historias de amor las escriben personas sin amor a las historias. O sin amor a sus historias. Las historias de amor son despersonalizadas, escritas en tercera persona, y no hablo del narrador. Las únicas historias de amor que valen la pena son aquellas en las que la mano ha tocado las palabras que escribe, en las que los ojos que leen han llorado por ellas.

Por eso es tan difícil escribir sobre el amor. Habrá que retomar lo de "historia de chico conoce a chica".

sábado, 11 de mayo de 2013

Ebrio testamento


Yo, único y exclusivo poseedor de mi existencia, siendo consciente y en plenas "capacidades intelectuales", decido en este documento dejar mi más importante pertenencia y (en)ser a aquellas existencias que han ido ligadas a la mía, en lo bueno y en lo malo, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad... hasta que la náusea sartreana me separe de vosotros, vivo o muerto.

Considero necesario explicar, desde un punto de vista meramente personal, a que se debe la siguiente repartición de lo que pretendo dejar.

Normalmente la gente decide dejar sus pertenencias (siempre las materiales) a sus hijos, si bien es cierto que un hijo puede ser desheredado (piensa que te sale drogadicto, o racionalmente crítico). De hecho, hay leyes aceptadas socialemente sobre quién se queda tus posesiones-poseedoras tras tu defunción.

Me opongo a esto radicalmente. Antes prefiero que me entierren con mis cosas, estilo antiguo Egipto; o algo aún peor, donarlas a la beneficiencia como todos aquellos ancianos no autorrealizados, que al hacer una autocrítica personal antes de morir observan que necesitan sentirse mejor con ellos mismos a través de la lástima ajena. Antes de que se queden las extensiones de mi ser personas atribuidas por la ley, haría cualquiera de estas locuras.

Por eso, y aún en una etapa lejana a mi (de)función, salvo sobredosis de vida, aclamo la idea de que tus pertenencias deben servir para algo tras tu partida, si no, que mueran contigo, o tú con ellas. Por eso veo necesaria una pronta atribución de los dichosos que tendrán la oportunidad de gozar de ti, de partes de ti; o al menos de venderlas en tiendas de empeños. Somos negocios en muerte, se nos vende para pagar televisores, automóviles. Quizá el mejor recuerdo de mi abuelo tenga ahora pulgadas, o la idealización de la belleza de mi antigua vecina sea ahora eléctrica.

La muerte material acarrea tu subasta material. Sin embargo, nadie venderá tu colección de llantos, o tu antología de sonrisas. ¿A quién vas a dejar todo eso, que te ha hecho como existencia y que ha modulado tantas otras? No me interesaba el reloj de mi abuelo, pero me interesaba aquella manera suya de cambiar de tema como si nada.

Sobre esto va este testamento, sobre quiénes deseo que se queden con una parte de mi inanatomía (y a veces tan presente en mí), de mi psique; para que la aprovechen o no, no es problema mío; pero que la lleven consigo.

Así pues, aquello que me gustaría regalar son mis borracheras, dividiéndolas antes en dos. Las borracheras buenas, aquellas que los cincuentones recuerdan una vez al año cuando ven a sus amigos de antaño, se las dejo a mis borrachos, a todas esas almas sedientas de embriaguez que han compartido conmigo noches de insomnio, de vómitos, de cachimbeo, de risas, de reflexiones... en fin, a aquellos que han compartido conmigo sus noches más espléndidas. A todos aquellos a quienes tengo que agradecer mi construcción interior y mi destrucción externa. Prometo que por vosotros será el chupito final antes del estertor de muerte.

Sin embargo, y no menos importantes, las borracheras "malas", las de nudillos destrozados, las borracheras que te empujan a escribir, os las dejo a vosotras, causantes de la mayoría. No es un castigo, sino un reconocimiento de lo que habéis conseguido. Mi corazón os da las gracias, mi cerebro os blasfema. Sois las causantes de mis torturas, de mis crisis,y de abrazarme al romanticismo (no de Romeo y Julieta, sino de Nietzsche) más amargo. A vosotras os dejo estas noches grises en las que las nubes de absenta están visibles a plena luz de luna llena. Por vosotras, adoradas parcas, me echaré cada chupito que me queda excepto el último, pues este significará que he logrado superaros (aunque aún falte para ello). Es para y por vosotras.