jueves, 3 de enero de 2013

Aquila et serpens, más serpens que aquila.

Dos animales tenía Zaratustra, dos animales representan el Übermensch.

El águila, símbolo del orgullo, de valor; la serpiente, símbolo de ingenio, de la malicia. Aquila et serpens, juntos, son símbolo del eterno retorno. Aquila vuela en círculos, trazando una espiral en busca de la ascensión, queriendo avanzar. Serpens, llamada por muchos otros Uróboros, se muerde la cola, mostrando que el final es otra vez el principio. Dos serpens hacen un infinito, y aquí comienza el conflicto.

Nietzsche consideraba el eterno retorno primeramente como algo cósmico, cronológico; segundamente como un estilo de vida, basado en su "haz las cosas de tal manera que quisieras repetirlas infinitas veces". Considero que ambas ideas sobre el eterno retorno no se sostienen en esta sociedad actual basada tanto en la individuación como en la individualización. Ahora el destino es algo pasado de moda, y pensar que tus actos se repetirán toda la eternidad, un disparate.
 
Por esto defiendo otra visión del eterno retorno. Tú eres un eterno retorno, yo soy un eterno retorno. En ti vive un Uróboros, en mí vive otro. El amante de la soledad siempre amará la soledad, el inconformista nunca se conformará, el psicótico está jodido de por vida, el afortunado puede respirar hondo y darse las gracias. Por mucho que cambiemos, por mucho que se avance en el proceso de construcción interior; siempre quedará un resquicio, tú esencia, que nos haga decir "joder, me he echado de menos".

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