sábado, 28 de diciembre de 2013

Difuminando huellas

Humo perenne de cigarrillo,
en marcapáginas roídos,
ese es el olor de mis libros.

Libros multipersonales,
de divergentes manos pecaminosas,
que se ríen de su propiedad cambiante,
eternos, vagabundos, olvidados.

Meras sucesiones de tinta,
dispuesta de manera armoniosamente caótica,
en papel amarillento,
como sonrisa de Bukowski.

¡Ah, Henry Chinaski! ¡Ah, Leopoldo María Panero!,
que duro fuego quema mis ojos,
por culpa vuestra, ingratos,
por gracia mía, desagradecidos.

Tiempo dinámico es el dormir tras vuestras huellas,
apremiante prisa supone el diluirlas,
pero todo es diferente.

Ya no hay peleas en bares,
ni pensiones ruinosas;
ya no hay necesidad de drogas,
aunque sí de alcohol;
ya no hay luchas contra todo, ahora todo lucha contra ti.

Y en ese camino digno de fábula infantil,
en ese camino de detective hitchockiano,
descubres lo importante del olor a humo,
aún sin saber fumar.

Y con una cajetilla de cigarros sin encender,
vas caminando,
descubriendo huellas;
y borrándolas,
para dejar las tuyas.

Huellas de humo perenne,
huellas eternas, vagabundas, olvidadas.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Max Stirner en la foto familiar

Suelo mojado por la niebla,
hojas ocres amontonadas,
unas encima de otras, como follando,
como cosas de la Naturaleza.

Hojas que dictan el tránsito,
a dónde y cuándo, nadie elige,
¡tic-tac, tic-tac!,
las manecillas derritiéndose.

Limpiaparabrisas chirrían al son de los compases,
el abrir y cerrar de los paraguas,
el hacer daño de las miradas,
todo gime arrítmicamente.

¿Y qué es la decepción,
qué es sino sorpresa,
regalos de cumpleaños,
y un "sí quiero"?

Decepción,
desprendimiento de retina,
bajo la lupa de los clásicos,
enfocando las vanguardias olvidadas.

Espejos que te escupen,
gorriones observando,
el uno arrastrando al resto,
y Max Stirner en la foto familiar.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Felicidad en nuestro mapa curvilíneo


7 de Noviembre

Hoy, después de mucho tiempo, he tenido un buen día. Me he despertado, he desayunado lo mismo de siempre, he ido a la universidad, he vuelto, he cenado... y aquí me hallo, escribiéndole mi epopeya rutinaria a alguien sin nombre, sin rostro, y seguramente, sin rutina.

Es curiosa la definición de lo que hoy denominamos "un buen día". No son días de sorpresas, de alegrías inesperadas, ¡qué va! Los buenos días son los días, a secas. Días sin contratiempos, en los que lo más que puedes esperar es que problemas anteriores se vayan solucionando. En estos tiempos los buenos días equivalen al día menos malo de un asmático, aquel día en el que se regocija de no toser sangre; o el día en el que al  alienado butanero le arreglan el ascensor en un edificio. En resumidas cuentas, días de soluciones temporales a problemas intemporales. ¿Es ahora la felicidad lo mismo que la ausencia de su antónimo?, ¿es ahora la felicidad hacer menos empinada la cuesta arriba?.

Quizá, a día de hoy, el mayor conato de felicidad en el mapa curvilíneo de nuestros rostros sea aquella sonrisa espontánea, que se nos escapa en cada receso de nuestra subida jornalera. Quizá, hoy, mi felicidad se encuentre secuestrada entre barrotes paranoicos. Barrotes de nimiedades. Nimiedades en altares de oro y falsas importancias.

Quizá habría que dar la vuelta al rezo, y no pedir la inexistencia de días malos, si no la existencia de buenos. Rezar por la felicidad sine qua non. Felicidad sin condiciones que la arrastren a un lugar secundario.
¡Romped con los barrotes, fusilad las nimiedades!
Y al fin y al cabo, sed felices.

jueves, 17 de octubre de 2013

Cuando Nietzsche llevaba una Magnum 44

Cerré la puerta, volví a recorrer ese pasillo, el de mi casa, como tantas otras veces; y volví a tirar las llaves en la cama, como tantas otras veces. Sólo que estaba vez me sentía inquieto. Había pasado algo que me importase, una novedad. Y me desconcerté. Tanto que hasta corrí para coger el Metro en vez de esperar al siguiente, como hago tantas otras veces. Y corrí para llegar a casa, como si al cerrar la puerta lo extraño y temido desapareciese. Pobre infantilada mía. Aquí estoy, acojonado, dando vueltas en mi habitación como los familiares de un paciente terminal en la sala de espera del hospital. Habitación para arriba, habitación para abajo. Mirando cuadros, mirando fotos, mirando el techo, sin poder tocarlo. Mirando la librería, esa librería que voy llenando a velocidad increíble pero que nunca me paro a observar, a revisar. Mirando esa librería te das cuenta de tu progreso. Y saboreando con los ojos cada balda, llega un momento en que algo te llama la atención. Algo llamándome la atención, por segunda vez hoy... que día más raro.

Allí estaba, entre muchos otros libros similares, mi libro... el libro. Así habló Zaratustra me miraba, y le devolví la mirada. Me acerqué, lo acaricié por el lomo, y lo tomé en mis manos como el sacerdote coge el cáliz, creyendo que es algo sagrado. Lo abrí, por una página al azar, no recuerdo cual; no me sorprende, qué más dará. Hablaba del Übersmensch, el superhombre. ¡Cuánto llegué yo a admirar a Nietzsche por aquello!, por crear algo en lo que creer de verdad, una meta. El superhombre. Luché por llegar a ser el superhombre, a veces lo lograba, a veces desistía. En realidad, no sé en qué punto intermedio entre hombre y übermensch me encuentro. De todos modos, da igual. Lo que importa es que me construyó en su momento, que hizo lo que ahora soy, para bien o para mal. Y sin embargo, me asusté del sentimiento que el libro me trajo. No era indiferencia, tampoco desprecio. Era una especie de resentimiento mezclado con sentimiento de culpa. Culpa de no haber seguido la doctrina del libro, resentimiento hacia mi propia culpa. Y aceptación, de nuevo la aceptación. No hay pena, no hay autocompasión. Solamente hay culpa aceptada.

Dejé el libro en su sitio, parecía que el sólo hecho de leer el nombre del profeta Zaratustra valió para calmar mi inquietud inicial. Y decidí tomar un baño, aún con la imagen del übermensch en la cabeza, y con la culpa incluso mejor incrustada. Entré en el baño, como tantas otras veces, encendí el calefactor, y empecé a desnudarme, hasta quedarme en calzoncillos. Y, como tantas otras veces, me miré al espejo. A mi espejo,  a mi alter ego. Me miré al espejo como concepto. Concepto de lo qué se es, ni de lo que se fue, ni de lo que se será. Concepto del momento, concepto del ahora. Cada mañana me enfrento al concepto del ahora, cada mañana lucho con el espejo. Y es una pelea tan dura que las heridas se ven a simple vista. Moratones de depresión, heridas a medio abrir cosidas con cinco puntos de resignación. Heridas. Pero aquí sigo, partiéndome la cara con el espejo, sé que es lo que toca. Hasta que me canse.

¿Qué pasará cuando me canse? Seguramente le pida la Magnum 44 a Tyler. Esa Magnum 44, no sabes lo que es capaz de hacer con la cara de alguien. Esa Magnum 44 que llevaba De Niro en Taxi Driver. Cañón largo, como la vida, pero dispuesto a quitarla. Pedírsela a Tyler, eso haré cuando me canse. Algún día llegará ese día. Pronto o tarde, la verdad es que me es indiferente, estoy preparado. Ese día será el final. Siempre dije que sería yo quien eligiese mi punto final. Intenté controlar el pasado, no estoy controlando el presente, controlaré mi futuro, y el final de éste. Será rápido, veo mucho cine, entiendo de esto. Dejaré una nota, como Kurt Cobain.
No seré capaz. Lo sé yo, lo sabe el espejo. Tampoco controlaré mi futuro. Pero a veces es bueno fantasear, te hace sentirte vivo, existente. Vida descontrolada.

No entiendo por qué hablo de futuro con mi espejo... si Zaratustra me viese cogería una Magnum 44 y me pegaría un tiro.

jueves, 10 de octubre de 2013

No me gusta nada, me gusto yo

No me gusta la música bajita, casi sin volumen. Lo considero inútil, carente de sentido. Es como ver un cuadro con los ojos medio cerrados. Pierde la esencia. La música siempre alta, le moleste a quien le moleste. Se aprecian mejor los matices. Silenciar la música es matar la música. Contradicción en sí misma esto de silenciar la música. Música para que escuchen los demás, para jactarse de los gustos de uno mismo. Y sentirte mejor cuando alguien se queja. Simplemente música.

No me gusta la autocompasión. Es ridícula. Darse pena a uno mismo es lo más triste que te puede pasar. Si no te gustas, cambia, o acéptalo. Pero si te compadeces de ti mismo es por jactancia de lo que no te gusta de tu ser. Y en ese momento, en cuanto hay un resquicio de placer en lo que a uno no le gusta de sí mismo, la autocompasión cae por sí sola. Y solamente queda el masoquismo. El masoquismo, sin embargo, como concepto, sí me gusta.

No me gusta la apariencia, aunque caigo en ella. A día de hoy vivir es apariencia, o ser Diógenes... vivir es apariencia. Apariencia ante los demás, apariencia ante el espejo, qué más dará. Falsedad, maquillaje. Abrigos de piel falsos, perlas falsas. Aparentar. Y hacer teatro. No eres tú, eres tu personaje. Y te mientes diciendo "yo soy muy puro, muy real... soy lo que veis". Y sabes que no es cierto, pero hay que aparentar. Y te jode mentirte a ti mismo, y te sientes mal, y aquí entra de nuevo la autocompasión. Creo que ya dije que no me gusta la autocompasión.

No me gusta llevar paraguas, no hay explicación... ni metafísica, ni moral. Simplemente, lo detesto. Pero también detesto mojarme. En invierno lo paso mal. Los días lluviosos me gustan, quizá porque me hacen jaque, porque me plantan cara y ganan. Y pierdo... me mojo, o saco el paraguas. Pero durante el camino voy pensando sobre lo que detesto el paraguas y lo que detesto mojarme. Así es como una aparente victoria. Apariencia.

Por último, no me gusta pensar que no seré nadie. No ser nadie en el sentido de lo que yo pienso que es ser alguien. Por eso no me gustan otras cosas, por eso me encantan algunas. Por eso escribo. Para ser alguien. No ser alguien significaría no haber alcanzado nunca la realización, y eso es algo impensable. La realización es la meta, y no me gusta tumbar las metas a principio de carrera.

martes, 8 de octubre de 2013

Sueños encapuchados

— Joder, menudo frío hace.

— No es frío, es desesperanza. Llevamos sudadera para protegernos.

— Para protegernos de nosotros, me parece lamentable. ¿Qué broma es esta de nuestra propia autocompasión? Damos pena joder. Hay que luchar, siempre, hasta el final, cueste lo que cueste. Por mil heridas, por mil noches de mierda. Luchar.

— Pero es lo que hay, el luchar ya cansa, así que ponte la capucha, que corren vientos raros... La semana pasada soñé algo, y tú salías.

— ¿Sí?, ¿y cómo fue? ¿Un sueño premonitorio?

— Espero que no. Estábamos en un restaurante bueno, de estos que no huelen a panchitos rancios ni crujen pipas en el suelo cuando andas. Habíamos reservado mesa. Mesa para cuatro. Íbamos emparejados, tú con tu chica, yo con la mía. Los dos estábamos en la barra, pidiendo las bebidas, y hablando de ellas.
— ¿Tú y yo con chicas, con nuestras chicas?

— Hablábamos de ellas, de mujeres, como siempre, pero como nunca. Se nos veía felices, sonrientes. La tuya castaña, como tú de alta, y muy risueña. La mía morena, muy bajita, como siempre me han gustado, e increíblemente interesante. Nos picábamos sobre cual era mejor. Ecuación sin respuesta. Nos daba igual, parecíamos felices. Me alegraba por ti, te alegrabas por mí. Recordábamos estas épocas en las que creíamos en el karma, en las que lamentábamos cada día. Aquellos días tan rutinarios, días de sudaderas con capucha, de hablar de sueños, de bares donde crujían pipas. Días como hoy. Pero qué importaba, las teníamos a ellas. Parecíamos felices.

— ¿Y ahí acaba? Pues genial, ¿no?

— Ahí acaba, sí; pero no es genial. Chicas sin cara. Sin identidad. Chicas objetivadas. Fue una pesadilla, un reflejo. Siempre de espaldas, sin personalidad, meros maniquíes. Ahora tengo miedo, ¿y si en verdad es premonitorio? Una vida así, encapuchado, no puede ser buena. Llevo tres días buscando el restaurante, huyendo de nuestros bares, como si me persiguieran. Los días reales tumban a los días oníricos. No sé por qué busco, si tengo miedo de que voy a encontrar.

— Deberías dejar de soñar.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Remite a la hipocresía


Hipocresía. Condicionantes acondicionados. Vivir un momento,  traicionarlo en el siguiente. Y echarlo de menos. Y vivir otros momentos. Y así cada semana, rodeado de cachimbas. Todo por lo mismo, por esa jodida droga que todos queremos. Droga sin camello, la más adictiva, la menos existente, la más solicitada. Todo por dos gramos de vida.

Hipocresía. Promesas intrínsecamente imposibles de cumplir. Pero no queremos verlo. Y cerramos los ojos tan fuerte que aparecemos en un mundo utópico, con sol, nubes, y olor a hierba recién cortada. Pero los ojos se abren, y están las promesas llamándote al portero cual cartero comercial. No abres. Y se van acumulando. Promesas distópicas.

Hipocresía. Buzones a reventar, de propaganda que ignoras, pero que puede tener el secreto de la felicidad. Nunca lo sabrás, como tantas otras cosas, por mirar al suelo, verte reflejado en los charcos y no en el espejo, de manera deforme. No queremos saber, queremos ignorar, es sencillo, es gratificante. Que sepan otros. De todos modos, nunca abro al cartero comercial.

Hipocresía. Sábados y cerveza. Domingos y "baja esa persiana por favor". Mañana es lunes, otra vez. Queda demasiado para el sábado. Entra la luz cada mañana, suena la radio, se escuchan niños gritando camino al colegio. ¡Jodido sábado cuanto está tardando! Niños que aman los lunes, niños. Cervezas que aman los sábados.

Hipocresía. Dos gramos de ti. ¿Qué esperas que te diga, que me va bien, que sigo escribiendo? No esperes respuesta, me estoy desintoxicando. La llaman clínica "Los Tristes", sonrío al decirlo. Sonríes al escucharlo. Es perfecta la simbiosis. Y el café de sus tertulias. Tertulias sobre cómo nos va, sobre cómo queremos que vaya, sobre cómo sabremos que no irá.

Hipocresía es literatura. Literatura es la vida. La vida es droga. Y no hay camellos.

martes, 24 de septiembre de 2013

Generación dormida


¡Qué suaves son las sábanas! Con esa luz tenue que entra a través de las rendijas de las persianas, con ese olor a llevar quince horas encerrado, con esa sensación de que nada tiene sentido excepto permanecer, para siempre.

Que geniales serían las existencias estando arropados. Con una almohada de decepciones bien mullida. Lo que daría por pasar de la generación perdida a la generación dormida. De por vida. Y dar vueltas, como cuando intentas dormir, pero sin preocupaciones, sin sudores, sin mosquitos, sin nada, sin ser. Apelo por esa existencia de úlceras lumbares por exceso de recostamiento. Y no preocuparse por reír, o llorar, por gritar, por susurrar. Sólo por permanecer.

Pero no, esto no funciona así. De las sábanas te sacan, las persianas se suben, los cuartos y las mentes se ventilan. Y te preocupas por reír, por llorar, por gritar... Día a día la generación perdida se enciende. ¿Para qué? Ni lo sabemos, pero lo hacemos. Y no lo cuestionamos, simplemente retiramos el edredón cada mañana y decimos "buenos días", por costumbre, a otras camas perdidas, sin amo. Y el consuelo es saber "que mañana será otro día", dejando en entredicho que entre día y día hay una noche, con su luz que se cuela por las persianas, y sus sueños.
Que geniales serían las existencias estando arropados.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Si luchas, lucha.


... escribiendo...

¿Alguna vez has luchado por algo? Pero luchar en serio, de verdad. De estas veces que te da igual cómo va a acabar la pugna, pero que sabes que tienes que combatir. De estas veces que sabes que vas abocado al fracaso, sin frenos ni casco, pero aceleras. Y llegas al precipicio, y te caes... y gritas aleluya. De estas veces.

Pues me refiero a eso, a luchar con corazón, perdiendo la cabeza con cabeza. Dejarte tres capas de piel en el suelo y rechazar las tiritas. Luchas sin nudillos destrozados contra paredes aunque pierdas. Luchas de fracaso sin penuria, de derrota satisfactoria. Por el mero hecho de luchar, por la idea de estar.

Y, a veces, cuando luchas conociendo el fracaso, encuentras el desfracaso. Y todos los pensamientos de retrovisores ajenos destrozados, de vendas en las manos, de noches escuchando Nirvana... todos esos pensamientos, se van. Y sólo piensas en lo bonito que fue luchar, y en no tener que volver a hacerlo. Porque como en toda película de acción, la lucha es comienzo y final. Un final por mí, una lucha por ella.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Pozos de olor a gasolina


— ... pues así es. Es como un pozo, ancho, muy ancho, y oscuro. Más oscuro que ancho. Pero tiene fondo. Y siempre se cae por ese pozo, pero, ¿sabes qué?... cuando llegas al fondo, te crees que habrá una cuerda para subir, pero ¡qué va!. Cuando menos te lo esperas, el suelo se desquebraja, y caes por otro pozo, ancho; y más oscuro que ancho.
— ¿De verdad es necesario que me cuentes esta basura de metáfora para decirme que la vida es una mierda? ¿No sería más fácil decirlo sin más? Es lo que hacen los grandes escritores, esos a los que nadie lee hasta que se han muerto. La vida apesta, dicen ellos. Y por eso escriben. Luego estamos nosotros. Sabemos que la vida es una mierda, pero buscamos tu idiotez de cuerda para subir del pozo. ¿Por qué buscamos la cuerda en vez de escribir?
— Porque tenemos esperanza. Creemos en el kharma, en el destino, y en esas mierdas que salen por la televisión sobre que todo mejora con el tiempo. ¿Qué sentido tendría la existencia sin esperanza?
— ¿Quién habla de sentido, o de significado? Hablo de lo que es. Decadencia, prozac, lluvia en el asfalto, olor a gasolina.
— Siempre me ha gustado el olor a gasolina. Quizá por eso yo si tengo esperanza.
— Quizá por eso yo escribo.
— Tal vez, pero sigues levantándote cada mañana. Eso es esperanza.
— Esperanza por poder seguir escribiendo sobre decadencia y prozac. Esperanza por salir a la calle en día de lluvia. Esperanza de poder mostrar que no tiene por qué existir la cuerda.
— Esperanza, en todo caso.

jueves, 22 de agosto de 2013

Verde madurez

Se supone que soy maduro. Miento, soy maduro. No lo digo yo, lo dice todo el mundo. Reconocer que uno es maduro es síntoma de inmadurez. Para nada, soy maduro. Más maduro que la mayoría. Más maduro que... ¡no, un momento!, quizá no tanto. Las cosas han cambiado, y no sé como tomármelo.

Ha madurado mucho, o tal vez no, pero eso parece. Esa última conversación, allí sentados, fue distinta. Mi idea era llevar la iniciativa, y llevé la iniciativa. Pero la cosa no fue bien. Simplemente conversamos, de manera normal. Hablo yo, habla ella, hablo yo, habla ella... la interrumpo, se enfada, me río. No tenía que ser así, se supone que tenía que ser una conversación entre alguien que se las da de algo, y que hasta interrumpe; y alguien que interioriza una inferioridad falsa. Pero la cosa no fue bien. De igual a igual, así hablamos. Lo había superado, y me desconcertó.

Ya no me daba la razón, quería escuchar, pero no aprender, no lo necesitaba. Estaba cambiada, madura. Me asustaba. Acabamos de hablar, no recuerdo muy bien el final, ya no importaba. ¿Qué había pasado? Lo sé, pero no quiero reconocerlo.


Había madurado, o yo verdeado. Joder, que mal. Y se supone que sería fácil. Si lo sé no voy. Esto no puede sentarme así, debo alegrarme, ha avanzado, no sigue atascada. En parte me alegro... ¡qué va!, me cabrea. Ya no mando. Habrá que buscarse a otra, o quizá tenga yo que madurar... ¿madurar yo, qué estoy diciendo? Tengo que buscarme a otra. Pero no consigo olvidarlo. De hecho, aquí estoy, hablando con frases cortas, sin explicaciones, con la almohada. ¿Eso cuenta como madurez? Mañana le preguntaré.

domingo, 21 de julio de 2013

Equilibrantemente propio


Tú lo señalas con un círculo rojo, y ése también lo hace. Yo lo señalo con un círculo rojo, no soy un bicho raro, me gusta llevar un orden. A veces un número, a veces dos, pero una sola vez cada 365. Todos cumplimos años. Sin embargo, todos olvidan la noche de antes, quizá dada la emoción del momento, quizá por olvido; pero esa noche, te guste o no, hay que pasarla. Es el umbral entre lo que ya has vivido y lo que te queda. Es la primera noche del resto de tu calendario. Y que bien la aprovecho yo.

En esta era condicionada por balances de cuentas, informes retrospectivos y sucedáneos, qué tipo de ciudadanos cosmopolitas seríamos si cada año no hacemos un balance de nosotros. En la balanza, la propia concepción de un fracaso o de un triunfo. Para unos es el dinero, para otros sus amistades, o la pareja, o lo que sea que equilibre esa balanza. Para mí es lo "propio".

Mi balanza anual vive de lo "propio", de aquello que es tuyo completamente, tu fruto, tu producto, tu ronroneo de cabeza. Eso que no puedes atribuir a nadie excepto a ti mismo, de lo que quizá nunca hablas, o de lo que a todo el mundo le has contado. Son proyectos, experiencias particulares, noches. Es un libro, un tatuaje, un sueño. O la suma de todo.

Toda noche antes del día marcado en rojo hago repaso a lo "propio", ¿qué es mío y de nadie más? Nada material, tampoco necesariamente sentimental. Solamente mío. Si te das cuenta de que hay algo, por liviano que parezca, la balanza de esos 365 días gana un pequeño impulso a favor del equilibrio. En caso contrario, cumplir años no sería fecha de celebración, no por ser un día triste, sino por ser simplemente un día más.

Digo esto meses antes de que la noche de antes de soplar las velas (repito que no soy un bicho raro) llegue, quizá por miedo a pasar a una nueva frontera, a una balanza distinta; quizá por miedo al desequilibrio. Quién sabe, puede que no sea tan malo volver a cumplir los mismos años. O si no, siempre queda por lo que se suele optar, coger algo "propio" de alguien, adoptarlo y atribuírselo a uno mismo. Ya dije que somos ciudadanos cosmopolitas.

lunes, 27 de mayo de 2013

Como luciérnagas


Qué difícil es escribir sobre el amor. Lo de "historia de chico conoce a chica" está sobreutilizado, demasiado tópico, demasiado predecible. Lo inverosímil tampoco funciona dada su inverosimilitud. Lo pasteloso es detestable. Nada funciona al hablar de amor.

Historias de relaciones para los "sin relaciones". Desamor para desenamorados. ¿Es eso escribir sobre el amor? No lo sé. Cuando intento escribir sobre amor parto de mi voluntad para caer en mi voluntad, y así pasa. Palabras con olor a tinta quedan, de color asfalto, que cuentan cosas que revolotean cerca del amor como luciérnagas cerca de un farolillo, muriendo al tocarlo.

Yo creo que las historias de amor las escriben personas sin amor a las historias. O sin amor a sus historias. Las historias de amor son despersonalizadas, escritas en tercera persona, y no hablo del narrador. Las únicas historias de amor que valen la pena son aquellas en las que la mano ha tocado las palabras que escribe, en las que los ojos que leen han llorado por ellas.

Por eso es tan difícil escribir sobre el amor. Habrá que retomar lo de "historia de chico conoce a chica".

sábado, 11 de mayo de 2013

Ebrio testamento


Yo, único y exclusivo poseedor de mi existencia, siendo consciente y en plenas "capacidades intelectuales", decido en este documento dejar mi más importante pertenencia y (en)ser a aquellas existencias que han ido ligadas a la mía, en lo bueno y en lo malo, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad... hasta que la náusea sartreana me separe de vosotros, vivo o muerto.

Considero necesario explicar, desde un punto de vista meramente personal, a que se debe la siguiente repartición de lo que pretendo dejar.

Normalmente la gente decide dejar sus pertenencias (siempre las materiales) a sus hijos, si bien es cierto que un hijo puede ser desheredado (piensa que te sale drogadicto, o racionalmente crítico). De hecho, hay leyes aceptadas socialemente sobre quién se queda tus posesiones-poseedoras tras tu defunción.

Me opongo a esto radicalmente. Antes prefiero que me entierren con mis cosas, estilo antiguo Egipto; o algo aún peor, donarlas a la beneficiencia como todos aquellos ancianos no autorrealizados, que al hacer una autocrítica personal antes de morir observan que necesitan sentirse mejor con ellos mismos a través de la lástima ajena. Antes de que se queden las extensiones de mi ser personas atribuidas por la ley, haría cualquiera de estas locuras.

Por eso, y aún en una etapa lejana a mi (de)función, salvo sobredosis de vida, aclamo la idea de que tus pertenencias deben servir para algo tras tu partida, si no, que mueran contigo, o tú con ellas. Por eso veo necesaria una pronta atribución de los dichosos que tendrán la oportunidad de gozar de ti, de partes de ti; o al menos de venderlas en tiendas de empeños. Somos negocios en muerte, se nos vende para pagar televisores, automóviles. Quizá el mejor recuerdo de mi abuelo tenga ahora pulgadas, o la idealización de la belleza de mi antigua vecina sea ahora eléctrica.

La muerte material acarrea tu subasta material. Sin embargo, nadie venderá tu colección de llantos, o tu antología de sonrisas. ¿A quién vas a dejar todo eso, que te ha hecho como existencia y que ha modulado tantas otras? No me interesaba el reloj de mi abuelo, pero me interesaba aquella manera suya de cambiar de tema como si nada.

Sobre esto va este testamento, sobre quiénes deseo que se queden con una parte de mi inanatomía (y a veces tan presente en mí), de mi psique; para que la aprovechen o no, no es problema mío; pero que la lleven consigo.

Así pues, aquello que me gustaría regalar son mis borracheras, dividiéndolas antes en dos. Las borracheras buenas, aquellas que los cincuentones recuerdan una vez al año cuando ven a sus amigos de antaño, se las dejo a mis borrachos, a todas esas almas sedientas de embriaguez que han compartido conmigo noches de insomnio, de vómitos, de cachimbeo, de risas, de reflexiones... en fin, a aquellos que han compartido conmigo sus noches más espléndidas. A todos aquellos a quienes tengo que agradecer mi construcción interior y mi destrucción externa. Prometo que por vosotros será el chupito final antes del estertor de muerte.

Sin embargo, y no menos importantes, las borracheras "malas", las de nudillos destrozados, las borracheras que te empujan a escribir, os las dejo a vosotras, causantes de la mayoría. No es un castigo, sino un reconocimiento de lo que habéis conseguido. Mi corazón os da las gracias, mi cerebro os blasfema. Sois las causantes de mis torturas, de mis crisis,y de abrazarme al romanticismo (no de Romeo y Julieta, sino de Nietzsche) más amargo. A vosotras os dejo estas noches grises en las que las nubes de absenta están visibles a plena luz de luna llena. Por vosotras, adoradas parcas, me echaré cada chupito que me queda excepto el último, pues este significará que he logrado superaros (aunque aún falte para ello). Es para y por vosotras.

sábado, 13 de abril de 2013

El Rey, el elefante y el final del medievalismo


Juan Carlos I, símbolo de una institución medieval, matando elefantes, símbolo de la República. La República, símbolo de acabar con una institución medieval. Suena paradójico, y simbólico, pero es lo que hay. Ahora, me pregunto, ¿es lo que hay?.

Recuerdo aquellas clases de Historia hablando de la Revolución Francesa, del fin de una etapa, del comienzo de otra en principio menos oscura, de guillotinas. También recuerdo otra clase de Historia, con un motín, algo relacionado con el té, y un nuevo principio para todo un pueblo. Sin embargo, la clase de Historia que más recuerdo constituye una fecha clave, grabada a fuego en mi conciencia: 5 de Octubre de 1917. El fin de un sistema prorrogado durante siglos, el fin del zarismo en Rusia.

Todas estas clases de Historia se conjugan y entremezclan creando un principio único, la autodeterminación para saber cuando algo se vuelve inútil, y por tanto, sobra. Por aquí ya empieza a oler a monarquía. Franco lo dejó todo atado y bien atado dicen algunos... con cadenas de cocaína, prostitución y osos borrachos, añaden otros.

El Rey fue un gran pilar de la Transición española, me dicen. El Rey pasó por un 23-F y salió reafirmando la democracia, me dicen. El Rey es el mayor embajador de la marca España, me dicen. El Rey se ha bajado el sueldo, me dicen. El Rey fue el lacayo de Franco, les digo. El Rey es amigo de dictadores fascistas, les digo. El Rey manda callar a presidentes como si fuese Hernán Cortés, demostrando así lo que constituye la marca España, les digo. Lee la prensa, la Familia Real es una familia de corruptos, les digo. ¡Vete a Cuba! me dicen.

Se dice que el siglo XX se fundamentó en el miedo burgués al cambio, el siglo XXI se está fundamentando en esconder el cambio inminente. La opinión pública sabe que el Rey ha perdido su función, se sabe que ya no sirve al pueblo español. Se dice que el Rey nos representa a nivel internacional; como todos los embajadores, que cobre lo que ellos, aún sabiendo que éstos últimos cobran más de lo que aportan. Aún con todo, yo no quiero que alguien que representa la Edad Media, el sistema feudal, las burdas comilonas de la nobleza tan típicas de las películas, el poder tirarse a tu mujer en tu noche de bodas, represente mi país.

La rojigualda no me representa.

¡Viva el 14 de Abril! ¡Viva la República!

miércoles, 6 de febrero de 2013

Soñar, hasta que os cobren tasas

¿Te atreves a soñar? Así se titula el vídeo, de estos que son una sucesión de dibujos mientras una voz narra, que me pusieron en una clase de la Universidad. En realidad era de esperar, pues estando inmersos en está situación decadente de la educación, y del país en general, es comprensible que muchas asignaturas se hayan convertido en una interminable conferencia cuyo título podría ser perfectamente Cómo triunfar en 5 sencillos pasos. Ya no se motiva al alumnado para realizar algo digno y noble, algo que te realice a largo plazo, a hacer arte; ahora se motiva para "triunfar", para fabricar dinero. Sin ir más lejos, tenemos las recientes declaraciones de Wert, en las que ya avisa que lo importante es currar, de lo que sea y en la situación que sea.
 
La cuestión es que el vídeo, muy americano en el ámbito del mensaje "sí tío; si quieres, puedes", es una apología a esta forma de ver tu futuro y la vida en general. Lo primero que me llama la atención de este vídeo de autoayuda inocente es el término "zona de comfort". Según el vídeo se denomina zona de comfort a todo aquello que te resulta familiar, a lo que estás acostumbrado. ¿De verdad? Pues corre y dile a un niño refugiado de Sierra Leona que no se queje, que está en su zona de comfort. "No, no... pero nadie ha dicho que la zona de comfort tenga que ser agradable", se dice en el vídeo. Pues si ni siquiera la denominada zona de comfort es agradable, creo que no debería llamarse zona de comfort. Nunca entenderé los eufemismos de los optimistas.
 
Otra de las cosas que llaman la atención es la, para mí aún menos explicable, máxima de "el cambio es desarrollo". El cambio es desarrollo, por tanto, la reforma laboral es desarrollo, y la LOMCE será desarrollo. Iré llamando para que me hagan hueco en Sierra Leona. Estoy de acuerdo que cambiar interiormente a nivel individual es desarrollo, pero no creo que en un vídeo dirigido a los nuevos Rockefellers o Trumps, que viven en una situación digna de las novelas del realismo sucio, puedas decirles que el cambio es desarrollo.
 
Michi Panero dijo una vez que la vida es mucho más lineal y mucho más sórdida. Partiendo de esto, no triunfes, sobrevive. Atrévete a soñar, hasta que te cobren tasas por ello. Sigue soñando con una botella medio llena mientras ésta se va vaciando por el sumidero del realismo. 
 
Unos versos de Sule B resumirán mejor mi opinión acerca del "que nadie te impida soñar":
 
No es por joder, es la verdad;
tenéis que cambiar de mentalidad.
Vivir en las nubes no vale,
los pies en el suelo, dejad de soñar.
 
No es por joder, es la verdad;
tenéis que aprender de la realidad.
Vivir en las nubes no vale;
la droga ya no te deja pensar.
 
- Sule B -
 
 
 
 

domingo, 3 de febrero de 2013

Alfonso Moraleja hablando sobre la educación.


¿Qué opina acerca de la educación pública actual?

(Decepcionado a la par que indignado). Lamentablemente está bajo mínimos. Es lamentable que en España la educación no sea una cuestión de Estado, que las grandes fuerzas políticas del país no se pongan de acuerdo para hacer una ley de educación lo dice todo. Aquí la educación es un arma política, una moneda de cambio. Aquí la educación es un tema en discusión independiente de la cuestión realmente educativa. Independientemente de cuáles sean los idearios de los partidos, creo que podría haber unos mínimos educativos consensuados para que la educación no esté zarandeándose constantemente, ya que llevamos, si no recuerdo mal, siete cambios educativos importantes en pocos años. Por otra parte, ahora la educación está siendo maltratada en otro aspecto muy importante: la privatización supone realmente la supresión de la educación pública.

¿Ha estado relacionado con la educación privada? ¿Qué diferencias ve entre esta y la pública?

Tras el doctorado, tuve la suerte el primer año de ser profesor en un centro privado y en un concertado. Tengo que decir que en distintas instituciones, tanto privadas como concertadas y públicas he podido ejercer bien la docencia. Ahora bien, también tengo que decir, basándome solo en mi experiencia, que no me he encontrado nunca profesores mejor preparados que en la pública. El nivel de preparación que tiene un profesor de la pública, en términos generales, es incomparable.

¿Cree que los profesores han perdido su autoridad como fuente de conocimiento, y por consiguiente, el respeto del que gozaban años atrás?

Bueno, en esta sociedad en la que todo es cuestionado y cuestionable, la figura del profesor no iba a ser menos. En parte esto es una cosa que debería de ocurrir. Yo creo que el hecho de que ciertas comunidades hayan creado un estatuto de autoridad del profesor muestra hasta qué punto esa misma autoridad se ha perdido. Somos víctimas de u déficit democrático: este país ha vivido demasiados años en una dictadura, y hemos pasado después a creer que el autoritarismo y la autoridad es lo mismo. Hemos pasado de un autoritarismo férreo a una percepción de que todo vale, y por eso todas las figuras de autoridad son cuestionadas. En cualquier caso, es verdad que la figura del profesor como autoridad académica ha perdido en buena medida su sentido, ya que muchos de nuestros los alumnos cuestionan también la autoridad materna y paterna. Hoy parece que el profesor tiene que ser también una figura paternalista, no meramente académica. Estamos ante una manera totalmente distinta de entender el profesorado.

¿Qué opina acerca de las nuevas tecnologías en la educación?

Yo creo que son importantísimas, pero… las nuevas tecnologías traen consigo un problema: el creer que el medio es el fin. Las tecnologías deben ser un “medio para”, pero en este mundo hipertecnológico, la tecnología se ha convertido en un fin en sí mismo, lo que creo que es un grave error. La tecnología tiene que estar al “servicio de”, pero, como ya digo, la tecnología se ha convertido en un estilo de vida.

¿Qué opina acerca de la nueva propuesta de educación del gobierno de Mariano Rajoy?

De nuevo, volvemos a que es lamentable que un partido político sea el que tenga que imponer el sistema educativo. Lo suyo hubiera sido que se crease un proyecto educativo a través de un pacto de Estado. Es posible que si el PSOE gana las próximas elecciones, cambie de nuevo el sistema educativo. Para colmo, la privatización del sector educativo del país ha aumentado con el gobierno actual. Y… personalmente, hay dos cosas con las que, desde mi perspectiva de profesor de Filosofía, debo ser tremendamente crítico: por una parte, el hecho de que la Filosofía o la Ética estén asociadas a la palabra “ciudadanía” hacen que estén tremendamente cuestionadas, como si la “ciudadanía” fuera una categoría de izquierdas, algo que es absolutamente falso. Surge en el Renacimiento y se potencia en la Ilustración, y solo a fuerza de enfrentar la Ilustración al neoconservadurismo, podemos considerar a la filosofía como “progresista”. Por otra parte, es curioso que la Religión siga estando presente en los centros públicos; pero es uno de los datos que nos hacen ver que la Iglesia goza aún en nuestro país de unos privilegios que determinadas fuerzas políticas propician.

¿Ve lógica la fuga de cerebros que sufre España desde hace ya muchos años?

(Con gran convicción) La veo lógica, lamentable, pero lógica. Es decir, si chicos que salen bien preparados de la facultad y tienen conocimientos de idiomas o pueden adquirirlos pueden ganarse la vida en otro país, yo creo que, desde el punto de vista personal, es una decisión absolutamente lógica y válida. Es lamentable a nivel del país que ocurra esto, ya que el propio país ha invertido en la formación de estos chicos, y esto significa que esta inversión acaba en otros países.

viernes, 18 de enero de 2013

Con dos gramos de depresión

Mi sangre llora la ausencia,
absenta recorre mis venas,
vomitando en el crudo asfalto,
agonizo expulsando las penas.

Semáforos ya monótonos,
el nido de la ciudad me aburre,
y el ciego con la muerte distante,
mientras entono un himno misógino.

Solo es cierto que la morgue se acerca,
yo me rio con las pupilas dilatadas,
de aquellas voces que gritan extasiadas:
¡ la vida huele a mierda!.

Ya lo dijo Herman Hesse,
el sufrimiento es vida, compañero,
obetivo "Leaving Las Vegas"es,
morir borracho y follando espero.

La conciencia de clase me salva del abismo,
sábanas roídas me arropan cada noche,
Suite Soprano, cada fragmento en coche,
no se trata de ser sucio, sí de realismo.

La gente viene y va, como la embriaguez,
solo quedan las resacas dolorosas,
la vida es llanto, la vida es espina, la vida es rosa,
se me caerá el corazón por causa del estrés.

¡ Cirrosis ven a mí! te rezo más cada día,
el bolsillo no ayuda, ¡ viva la melancolía!
Grito con dos gramos de depresión en polvo blanco,
aullando al cielo cuando el sol salía.

jueves, 3 de enero de 2013

Aquila et serpens, más serpens que aquila.

Dos animales tenía Zaratustra, dos animales representan el Übermensch.

El águila, símbolo del orgullo, de valor; la serpiente, símbolo de ingenio, de la malicia. Aquila et serpens, juntos, son símbolo del eterno retorno. Aquila vuela en círculos, trazando una espiral en busca de la ascensión, queriendo avanzar. Serpens, llamada por muchos otros Uróboros, se muerde la cola, mostrando que el final es otra vez el principio. Dos serpens hacen un infinito, y aquí comienza el conflicto.

Nietzsche consideraba el eterno retorno primeramente como algo cósmico, cronológico; segundamente como un estilo de vida, basado en su "haz las cosas de tal manera que quisieras repetirlas infinitas veces". Considero que ambas ideas sobre el eterno retorno no se sostienen en esta sociedad actual basada tanto en la individuación como en la individualización. Ahora el destino es algo pasado de moda, y pensar que tus actos se repetirán toda la eternidad, un disparate.
 
Por esto defiendo otra visión del eterno retorno. Tú eres un eterno retorno, yo soy un eterno retorno. En ti vive un Uróboros, en mí vive otro. El amante de la soledad siempre amará la soledad, el inconformista nunca se conformará, el psicótico está jodido de por vida, el afortunado puede respirar hondo y darse las gracias. Por mucho que cambiemos, por mucho que se avance en el proceso de construcción interior; siempre quedará un resquicio, tú esencia, que nos haga decir "joder, me he echado de menos".