viernes, 26 de octubre de 2012

Vuelta a casa


Mi ciudad me esclaviza. Nunca antes había sido consciente de esta situación, tal vez porque nunca antes lo había sentido. Siempre he pensado que no tengo patria excepto mi barrio. Las cuatro o cinco manzanas que lo forman son mi patria sin bandera. Sin embargo, esta noche, volviendo a casa, me he dado cuenta de que ya detesto mi propio barrio. Detesto las verjas con alambre de espino de las propiedades privadas, detesto el cartel de cada colegio "público", detesto cada pintada... incluso detesto el fluorescente de la cruz de la farmacia, el cual dicta "abierto 24 horas" con un aire de tristeza inamovible. Mi barrio siempre me había inducido una sensación de tranquilidad, de pensar "todo esto es una mierda, pero es MI mierda". Pero ahora la sensación ha cambiado, el sentimiento que ahora predomina es el que todo es una mierda, pero no solo eso, dado que ya lo tenia asumido; sino que ahora estoy seguro de que mi barrio es una mierda alienante, una mierda en la que me siento ajeno. Y es perder esta idea de que pertenezco a algo, por muy patético que sea, la que hace que no soporte mi alrededor. Es esta perturbación de mí mismo la que hace que cada paso por las aceras que tantas veces he pateado me resulte pesado, casi un acto obligado. Intento reencontrarme con mi patria, dando paseos, buscando novedades que me llamen la atención; y las encuentro, pero me resultan mero maquillaje de lo que el concepto de mi barrio representa: una dialéctica constante entre pertenecer a algo para guardar el "innato humanismo" y saber que no quieres ser nada que signifique asfalto, metal, óxido.

Después el metafísico paseo termina; abro el portal, subo en el ascensor, entro en casa... y mi habitación me arropa.