miércoles, 27 de junio de 2012

Mi crimen y castigo


Por fin me iban a condenar. Llevo medio año encerrado en una maldita y cómoda celda, de paredes grises como el sentimiento que desprenden. Tengo televisión, radio, acceso a las instalaciones deportivas, e incluso me dejan ir a la biblioteca de vez en cuando. Muchos vagabundos matarían por vivir en mi celda, es más, esta celda es mejor de lo que era mi pequeño estudio en un barrio colmena de una gran urbe, asquerosa y a la vez amada.

Mi juicio es esta mañana, de hecho, en unas horas; y aquí estoy yo, dialogando conmigo mismo horas antes de mi sentencia de muerte, como hacía Raskolnikov antes de presentarse en casa de la vieja usurera. Siempre he admirado mi capacidad de hablar conmigo mismo; la capacidad de sacar conclusiones, en su mayoría paranoias, solamente preguntándome y autocontestándome. Mi madre decía que siempre he sido un chico cerrado, más centrado en sus pensamientos que en el mundo que lo rodea. Yo siempre he pensado que no es que me importase más mi mundo interior, sino que el cosmos que me rodeaba me la sudaba considerablemente; además, que iba a saber mi pobre madre, una mujer normal y corriente, sin ninguna virtud ni defecto que destacar... una señora más.

Pero nada de eso tenía ya importancia, pues mi último monólogo debía servirme para averiguar la manera de mostrar al tribunal lo poco que me importaba morir ejecutado, dejando a su vez como último recuerdo mío mi constante arrogancia y orgullo, dos virtudes o dos defectos que de una manera u otra me han acabado llevando a la tumba. Llevaba semanas preparándome mi discurso final ante el estrado que me iba a condenar. Para ser sincero, estaba escribiendo mis palabras en los folios en blanco que hay al final de la cuarta edición de El lobo estepario, de Herman Hesse. Siempre me ha encantado ese libro. La primera vez que lo leí fue en mi segundo año universitario estudiando Filosofía; la quinta y última, dos horas antes de comenzar a escribir mi epitafio final en él; pero es algo que no viene a cuento. Estaba dándole muchas vueltas a mis últimas palabras, pues quería que quedasen marcadas en la Historia como las declaraciones de Eichmann al ser juzgado por sus crímenes contra la Humanidad, aunque mi crimen sea presuntamente asesinar a mi “mejor amigo”, el puto griego Samaras, ojalá se pudra y yo pueda verlo. Tenía claro cual era el guión a seguir: primero debía hacerme escuchar y llamar la atención, para posteriormente sentirme ultrajado y terminar mostrando mi definible sarcasmo al tiempo que dejaba ver que todo estaba ya decidido y a mí me daba igual.

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-¿Tiene usted algo que argumentar al tribunal?

-No creo que un presunto asesino que sabe con suma certeza que será condenado tenga nada que decir.

-Como usted desee, solo le dábamos la oportunidad de dar una última explicación de los hechos.

-¿Quiere usted saber la verdad sobre los hechos? ¿Quiere usted que cuente lo que pasó? Que más dará, diga lo que diga de aquí a dos meses estaré muerto y enterrado en una lápida de mármol donde las pocas personas que aún me quieren simularán llorarme cuando sus vecinos les miren – dije haciendo parecer coherente, pero sabiendo que los allí presentes no eran tan fáciles de engañar -. Pero claro, usted quiere conocer los hechos; pues mire, los hechos no se pueden resumir en un tribunal inútil que busca colgar a alguien antes de cerciorarse de la verdad.

-Las pruebas indican que fue usted el asesino.

- Las pruebas indican lo que quieren que indiquen, pero si se quedan más tranquilos, reconoceré que le maté; y de hecho, lo volvería a hacer – y tras una pequeña pausa, concluí – pero ya da igual, ese cabrón está ya esperándome en ese sitio que llaman Infierno, pero que yo llamo redención.

Estas fueron mis últimas frases en público antes de ser ejecutado.

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