domingo, 27 de mayo de 2012

Perder la compostura


Simplemente lo dejé caer; bueno, quizás lo empujé un poco... seamos sinceros, lo tiré con rabia. No suelo ser una persona que pierde los estribos, pero esta vez fue diferente. No fue nada escandaloso, no hizo demasiado ruido, pero lo que impresiona es ver la cantidad de añicos que quedaron esparcidos. Fue una explosión de rabia contenida materializada en una baratija de jarrón estampada contra el suelo, pero ese no es el súmmun de la cuestión. El punto álgido, y por otra parte concluyente de la actuación, fue la calma posterior al turbio espectáculo; porque, ¿quién lo diría?, tirar un jarrón calma. A pesar de los gritos de mi madre, de las injurias de mi padre, de la risa mofante de mi hermano, e incluso de los lejanos ladridos del famélico caniche de la vieja de mi vecina de arriba; "dejar caer" un jarrón calma. Todo lo que va después es pura satisfación: ir lentamente a tu habitación, coger la sudadera, los cascos del móvil, las llaves, y pegar un ligero pero notable portazo al salir de tu casa; y todo ello con una sonrisa que pareza decir: Por fin ha llegado este día...
    
    -¿Y después del portazo, que queda?
    -¿Después?, después vuelve la confusión

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