viernes, 20 de abril de 2012

Circo de muerte.

Los hospitales... casas de batas blancas, de camillas inertes, de un mundo aséptico donde no sientes, o intentas no sentir; pero sí padeces. El otro día fui a un hospital, y descubrí algo que nunca había imaginado: los hospitales son como un circo de muerte.

Puedes ver a las enfermeras, con su sonrisa bobalicona cual payaso, como si trabajasen en el paraíso en vez de en aquel agujero pandémico. Estoy seguro de que se dejan el corazón junto al bolso en su taquilla antes de comenzar su turno, solamente para poder sonreír hipócritamente al mismo hombre al que dos días antes le diagnosticaron cáncer. También me fijé en los celadores, quienes te miran amablemente mientras su sonrisa delata que el show que vas a presenciar te marcará, al igual que los vendedores de entradas del circo, quizá los más desprestigiados, no aptos para la función. Y que hablar de los médicos, los domadores, los jefes del espectáculo que dictan tu destino, que deciden cuánto te quedas dentro de la carpa. Los médicos sí que merecen todo el respeto, pues son los capataces de este espectáculo macabro, los que conocen lo duro de la función, y lo que es peor, los que han vivido infinitas veces el fin prematuro de una obra y su pérdida total, pues cada una de estas es única.  

Y por último, están los enfermos. A vista del que va a un hospital no como enfermo, éstos son como las atracciones del circo, están allí encerrados para la observación, para ser mirados hasta que su particular capacidad se desvanece, y es lo que realmente deprime de los hospitales. Los enfermos son objeto de debilidad, la gente los mira como a los perritos indefensos que vemos en los anuncios de maltrato animal, nos dan lástima, nos compadecemos de ellos, e incluso huimos cuando pasan demasiado cerca; pero sin embargo, no caemos que quizá mañana tú puedas ser la atracción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario