sábado, 10 de diciembre de 2011

Porque aún te echo de menos.

   Éramos felices, muy muy felices diría yo, pero sin embargo, en una mañana otoñal cualquiera, de éstas con niebla en las que solamente te apetece un café caliente y volver a dormirte, ella me dejó. No es que rompiéramos de mutuo acuerdo, o que discutiéramos a diario, sólo me dejó; y además no me dijo nada. En aquella mañana otoñal yo me desperté como todos los días, pensando en ella, con su risita grabada a fuego en lo más hondo de mi cerebro. Salí de la cama a por el tan necesitado café, y fue cuando me dieron la noticia.
  - Carmen se ha ido- me dijeron
  - ¿Se ha ido?, ¿dónde?. ¿Cuándo volverá?
  - Se ha dio, te ha dejado. No tiene intención de volver.
  En ese momento fue cuando me importó una mierda el café, cuando me importó una mierda el volver a dormir, y la niebla, y el mismísimo otoño. Sólo quería verla, volver a escuchar su risita tan grabada a fuego en mí. Fui a buscarla donde había pasado los últimos meses, pero también allí me dijeron que se había marchado. Era como si hubiera hecho lo imposible para que jamás volviera a verla, era como un crimen con alevosía.
  Han pasado varios años de aquello, pero aún la sigo necesitando, aún la echo de menos. Qué si he vuelto a saber algo de ella me preguntan a veces, y yo les contesto que sí, que todos los años la llevo flores el 1 de noviembre, siempre en una mañana de niebla otoñal tras tomarme mi tan necesitado café.
  Carmen era mi prima.

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